jueves, 13 de julio de 2017

50 años de Magnificat: la historia de nuestra Asociación (segunda parte)

Les ofrecemos hoy la segunda parte de la crónica histórica escrita por nuestro Presidente, el Dr. Julio Retamal Favereau, con ocasión del quincuagésimo aniversario de la Asociación Magnificat celebrado en 2016.


Julio Retamal Favereau lee un discurso durante un almuerzo en homenaje del P. Osvaldo Lira (2° de der. a izq.). En la foto también Mons. Ramón Munita Eyzaguirra (3° de der. a izq.)  y Julio Philippi Izquierdo (1° de der. a izq.)
(Foto: Asociación Litúrgica Magnificat)

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Breve relación histórica de la Asociación Magnificat

Julio Retamal Favereau

En la capilla de las Verónicas estuvimos hasta 1984. El 3 de octubre de ese año apareció una circular del proprefecto de la Congregación del Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos a los presidentes de las Conferencias Episcopales, intitulada Quattuor abhinc annos. Este documento confería a los ordinarios del lugar la posibilidad de conceder un indulto a los sacerdotes que deseasen celebrar según la edición típica del misal romano de 1962 y a los fieles que seguían vinculados al llamado “rito tridentino” de poder participar en esa celebración, con el solo cuidado de que este permiso no ocasionase perjuicio a la reforma litúrgica en la vida de cada una de las comunidades eclesiales. Este texto, avalado por el papa Juan Pablo II, fue muy importante porque autorizaba oficialmente la celebración de la Misa tradicional. A la vez, se recomendaba a los obispos que no fueran desfavorables a los fieles que reclamaban el derecho a usar la Misa antigua, ya que ésta jamás había sido abolida, ni por el Concilio ni por los Papas sucesivos. Este fue un importante respaldo a nuestra causa, ya que ahora teníamos un deseo expreso del Papa de apoyarnos. Sin embargo, salvo excepciones, sobre todo en Europa, nuestra situación en torno a la Misa de siempre no mejoró ostensiblemente.

En esas circunstancias y gracias a la intervención de uno de nuestros antiguos adherentes, Claudio Ferrari Peña, que había sido decano de la Facultad de Arquitectura de la Pontificia Universidad Católica de Chile entre 1975 y 1976, conseguimos el uso de la Capilla del Campus Lo Contador de dicha Universidad, situado en una antigua casona del barrio de Pedro de Valdivia Norte, a los pies del Cerro San Cristóbal. Comenzamos las celebraciones en 1985, con el permiso tanto del Cardenal Juan Francisco Fresno (1914-2004) dado verbalmente como de las autoridades de la Universidad. Desde entonces y hasta 2008 estuvimos ahí, funcionando solamente una vez al mes, cada tercer domingo, por falta de sacerdotes. A esto se agregó, después de la salida de Claudio Ferrari de su Facultad, un cobro en dinero por parte de la Universidad por el uso de la capilla, que fue subiendo con los años hasta llegar a estabilizarse el último lustro en 60.000 pesos cada vez. Ese gasto se sumaba a los otros propios de la celebración y al aviso que se publicaba en el diario El Mercurio para recordar a la gente cuándo había Misa.

 Grupo de jóvenes junto al sacerdote celebrante luego de la Misa en la capilla de Lo Contador
(Foto: Asociación Litúrgica Magnificat)

En el intertanto, en junio de 1988 y a raíz de las consagraciones episcopales que realizó monseñor Lefebvre, vino una nueva tensión entre la Sede Apostólica y la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X. El arzobispo celebrante, el asistente Obispo de Campos (Brasil), monseñor Alfredo de Castro Mayer (1904-1991), y los cuatro obispos consagrados, fueron excomulgados. La disputa en tomo a estos hechos se agudizó en el mundo del tradicionalismo católico. Magnificat decidió mantenerse en la plena unidad canónica con la Sede Romana y se benefició de un nuevo motu propio, el cual nos permitió hacer conocer y mantener abiertamente el culto antiguo. El motu pontificio, de Juan Pablo II, por supuesto, titulado Ecclesia Dei afflicta, creaba una Comisión Pontificia con el mismo nombre para ayudar a la mantención de la Misa tradicional en el mundo. Si bien la reacción de los obispos no fue muy acogedora en muchos lugares, lentamente se autorizó el uso de la Misa antigua con mayor liberalidad. De esta manera, se fueron creando otras asociaciones nacionales destinadas a este fin en más de 40 países, incluyendo los Estados Unidos, Australia y países que giraban en la órbita de —a la sazón ya difunta— Unión Soviética, como Estonia, Polonia y la República Checa. También comenzaron a aparecer institutos religiosos tradicionales y se regularizaron otros ya existentes, como ciertas comunidades benedictinas y dominicanas.

El 30 de marzo de 1990, el papa Juan Pablo II nombró como arzobispo de Santiago a monseñor Carlos Oviedo Cavada (1927-1998), un mercedario que hasta ese momento era arzobispo de Antofagasta. Su gobierno corresponde a la última década del siglo y del milenio y fue nuestro mejor momento como Asociación, pues monseñor Oviedo nos dio bastante apoyo. Apareció más de una vez espontáneamente en nuestras celebraciones y nos autorizó para celebrar la Misa tradicional, una vez al mes, en la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, antigua iglesia del Seminario de Santiago, además de darnos el permiso para celebrar semanalmente en otros lugares si así lo deseábamos.

Durante el mismo año en que asumió el gobierno de la arquidiócesis recibimos una visita sorpresiva de su parte en plena celebración de la Misa mensual en Lo Contador. Era el mes de diciembre y el arzobispo venía de una celebración en el santuario de la Inmaculada Concepción del Cerro San Cristóbal. Cuando bajaba, y enterado por los avisos que publicamos El Mercurio de que había Misa en el campus, quiso pasar a saludar a los fieles reunidos en torno a la Misa tradicional. El celebrante, el P. Antonio Grill sdb., estaba pronunciando la homilía cuando llegó nuestro arzobispo. Después de unos minutos, monseñor Oviedo tomó la palabra y dirigió una breve pero afectuosa alocución exhortando a todos a continuar con este hermoso apostolado de preservación del tesoro litúrgico de la Iglesia.

 S.E.R. el Cardenal Carlos Oviedo Cavada
(Foto: Arzobispado de Santiago)

Hacia fines de 1991 comenzamos a celebrar la Misa, autorizados por monseñor Oviedo, en la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, situada en el corazón de la comuna de Providencia. El propio arzobispo celebró ahí para nosotros, si bien según la forma prelaticia y no pontifical del antiguo rito romano, por falta de sacerdotes y monaguillos que conocieran el elaborado ceremonial. La Misa fue oficiada el 10 de noviembre de 1991 y tuvimos una muy buena asistencia de fieles. El arzobispo celebró con gran decoro y corrección y, al finalizar, se detuvo en la puerta de la iglesia para saludar a cada uno de los asistentes. Después nos acompañó a un almuerzo con la directiva de la época, el que fue servido en la casa parroquial. 

Al año siguiente, el 12 de octubre de 1992, cantamos un solemne Te Deum para celebrar los 500 años de la llegada del cristianismo a este nuevo continente, gracias a la cual recibimos la Misa que tantos santos ha dado a la Iglesia.

La Misa en la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios duró algo más de un año. En un comienzo fue bien acogida por el párroco de la época, Pbro. Juan Díaz. De hecho, era habitual que mientras se cantaba la Misa el párroco confesara, algunas veces en compañía de monseñor Ramón Munita Eyzaguirre (1901-1992), quien falleció hacia mediados de 1992. La situación cambió radicalmente cuando el P. Juan Díaz debió ser reemplazado por graves motivos de salud. Su sucesor, el P. Marcial Umaña Ávila, antiguo rector del Instituto de Humanidades Luis Campino, de inmediato adoptó una actitud opuesta. El Domingo de Ramos de 1993 correspondía cantar la primera Misa del año, pero semanas antes había tomado posesión el nuevo párroco, quien nos impidió continuar con la celebración, tal y como había ocurrido quince años antes en el Monasterio de la Visitación. Ese día quedamos en la puerta de la iglesia sin poder ni siquiera ingresar. Para subrayar su mala disposición, el nuevo párroco levantó el altar exento hasta ocultar la visión del antiguo altar mayor, como manera de impedir algún nuevo intento de reponer la Misa tradicional en esa iglesia. Desde entonces seguimos celebrando la Misa de siempre en la Capilla del Campus Lo Contador de la Pontificia Universidad Católica de Chile una vez al mes. 


 Fachada e interior de la iglesia de los Ángeles Custodios

En 1994, con la ayuda de monseñor Cristián Caro Cordero, entonces Obispo Auxiliar de Santiago, obtuvimos permiso para celebrar la Santa Misa en la Iglesia San Pedro de Alcántara en la céntrica calle Mac-Iver. Reunía muy buenas condiciones, aunque resultaba un tanto pequeña para nuestra feligresía. Sin embargo, las religiosas del Buen Pastor, propietarias de la iglesia, me escribieron una carta al mes siguiente de la concesión dada por el arzobispado, denegando la autorización para utilizar ese templo. 

El 8 de septiembre de ese mismo año, poco antes de ser creado cardenal por San Juan Pablo II, don Carlos Oviedo publicó una carta pastoral intitulada Un solo rebaño, un solo pastor dedicada a los fieles católicos vinculados a la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, que desde hacía una década contaban con un creciente apostolado en nuestra ciudad cuya sede era una iglesia comprada en 1986 y situada en Avenida Chile-España, en la comuna de Ñuñoa. Si bien sus palabras resultan hoy superadas por los acontecimientos posteriores, allí invitaba a los fieles a permanecer en comunión con la Iglesia jerárquica, viviendo según la Tradición viva, como ya había exhortado en 1988 el Cardenal Ratzinger durante su visita a Chile. En dicha carta existe una referencia a nuestra Asociación a propósito de la Misa de San Pío V:

También hay fieles católicos atraídos por el rito romano de la antigua Misa llamada de San Pío X, y en latín, tal como la celebrábamos antes de la reforma litúrgica originada en el Concilio Vaticano II (el nuevo rito comenzó entre nosotros el 7 de junio de 1964). A este respecto debe advertirse que la Santa Misa es una sola y la misma, tal como la instituyó Nuestro Señor Jesucristo en la Última Cena: “Haced esto en memoria mía” (cfr. Lc 22, 19-20). ¿Cómo celebran la Eucaristía los Apóstoles, cómo los cristianos de los primeros siglos? Ciertamente su rito era distinto del que formalizara San Pío V después del Concilio de Trento, y del que estableciera San Pío X a comienzos de este siglo, y del que instituyera la reforma postconciliar del Vaticano II.

En la tradición latina también se han tenido diversos ritos, por ejemplo, el ambrosiano, el mozárabe y el de algunas órdenes religiosas, como también son muy variados los ritos en la Iglesia católica oriental aún hoy en día. Pero, la Santa Misa es, en todos esos casos, esencialmente la misma, la que instituyera Nuestro Señor. ¿Por qué, entonces, privilegiar hoy 
un solo rito y hacer una cuestión de principios algo que obviamente no lo es?

Ahora bien, la Santa Sede, con el ánimo de allanar todos los obstáculos en materias que no fueran estrictamente doctrinales, autorizó que, según la petición del Ordinario del lugar, se celebrara la Santa Misa del rito de San Pío X. Mi antecesor, el Cardenal Fresno, autorizó esa Misa en un lugar determinado una vez al mes; y yo, aconsejado por la Santa Sede, extendí ese permiso a todos los domingos del año. No ha sido fácil para los fieles agrupados en la asociación “Magníficat”, que se encarga de dicha celebración, mantener esa frecuencia, por la falta de sacerdote oficiante. Para apoyar esa iniciativa y expresar mi comprensión hacia ella, yo mismo les celebré una vez la Santa Misa en ese rito, porque soy Pastor de todos y a todos debo hacer crecer en la comunión de la Iglesia.

En agosto de 1996, celebramos modestamente los treinta años de existencia de la Asociación con una Misa en la Parroquia de Santa Ana, la que tuvo por oficiante a monseñor Polidoro Van Vlierberghe, obispo-prelado emérito de Illapel. En aquella ocasión el Nuncio de la época, monseñor Piero Biggio, hizo llegar una afectuosa felicitación. Ese mismo año visitó Chile el P. Josef Bisig, a la sazón Superior General de la Fraternidad de San Pedro, quien celebró una Misa también en la Iglesia de Santa Ana y dictó una interesante conferencia.

 El P. Josef Bisig durante una conferencia en Sarasota, Florida (EE.UU.)

El 4 de enero de 1997 fue ordenado sacerdote Milan Tisma Díaz, un joven que participaba de nuestra corporación desde 1987 cuando acababa sus estudios secundarios en el tradicional Colegio San Ignacio de calle Alonso de Ovalle. Fue la última ordenación sacerdotal de don Carlos Oviedo. El cardenal le concedió autorización verbal e inmediata para celebrar la Santa Misa y los demás sacramentos con los libros litúrgicos de 1962 cada vez que hubiera necesidad pastoral. Pocos días después, el P. Milan celebró su primera Misa de siempre en la Parroquia de Santa Ana, en compañía de varios fieles de la Asociación. Desde entonces ha permanecido como nuestro capellán prestando un servicio invaluable por unas ya largas dos décadas. Un año después, el cardenal Carlos Oviedo presentó su renuncia como arzobispo de Santiago debido a la grave enfermedad que lo aquejaba. Falleció el 7 de diciembre de 1998, víspera de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción, cuya imagen preside nuestra ciudad desde las alturas del Cerro San Cristóbal.

Durante toda la siguiente década seguimos celebrando la Santa Misa en el Campus Lo Contador de la Pontificia Universidad Católica sin mayores novedades. Así las cosas, llegamos al 7 de julio de 2007. En aquella fecha el Papa del momento, S.S. Benedicto XVI, proclamó el motu proprio Summorum Pontificum, mediante el cual reconoció la igualdad de los ritos nuevo y antiguo de la Misa —llamados ahora formas ordinaria y extraordinaria respectivamente— y autorizó el uso libre de ambos a todos los sacerdotes católicos. Los fieles tienen derecho a pedir la celebración de la Misa tradicional y las autoridades eclesiásticas no se lo pueden negar. Mi primera manifestación como dirigente de Magnificat por este texto fue la publicación de una carta en el diario El Mercurio, la que apareció en su edición del día jueves 12 de julio de ese año. En ella explicaba el significado y la alegría que la restauración de la Misa tradicional debía tener para todo católico.

Inmediatamente, fuimos en grupo a saludar al Cardenal Francisco Javier Errázuriz a nombre de Magnificat, quien nos recibió en audiencia el 31 de julio de 2007. El grupo estaba compuesto por el R.P. Milan Tisma, Augusto Lecaros, Miguel Zauschkevich, Claudio López, a la sazón estudiante de medicina y representante del grupo Juventutem, que por entonces funcionaba, y por mí. Monseñor Errázuriz nos recibió con gran sencillez y simpatía y le explicamos nuestro proyecto de futuro, a saber, conseguir una iglesia o capilla en la cual pudiéramos celebrar la Misa tradicional de manera regular, todos los domingos del año. El Cardenal quedó de ayudamos en este propósito.

 Misa solemne celebrada con ocasión de la entrada en vigencia del motu proprio (7-IX-2007)
(Foto: Asociación Litúrgica Magnificat)

La siguiente actividad fue la celebración de la Misa solemne que presidió el P. Milan Tisma el día 14 de septiembre de aquel año de 2007, en la iglesia del Colegio de los Sagrados Corazones (vulgo: Padres Franceses) de la Alameda. Esto resultó un éxito, acudiendo a la iglesia alrededor de 400 personas, pese a que ese mismo día se celebró una Misa pontifical con monseñor Bernardino Piñera Carvallo, arzobispo emérito de La Serena, en la Iglesia de San Isidro donde asistió más de un centenar de fieles, incluidos algunos de quienes frecuentan nuestro apostolado. A la vez, en distintos lugares se logró recoger más de 400 firmas para elevar un mensaje de agradecimiento al papa Benedicto XVI por su motu proprio sobre la liturgia tradicional. Por desgracia, si bien se redactó la carta dirigida a Su Santidad, nunca pudimos entregarla al Nuncio Apostólico, monseñor Aldo Cavalli, porque éste estaba terminando su misión en Chile y no tuvo tiempo de recibimos. De esta manera se perdió ese primer efecto positivo de parte nuestra.

Enseguida comenzó la búsqueda de una iglesia que pudiéramos usar en permanencia, ofreciéndose entonces tres posibilidades: (i) la Capilla del Liceo Alemán, antigua iglesia de las Clarisas de la Victoria, en Bellavista, cerca de Pío Nono, donde habíamos comenzado nuestras actividades públicas hacía más de 41 años, sin culto desde ese año debido a la desaparición del colegio, reemplazado por el nuevo Colegio del Verbo Divino de Chicureo; (ii) la Capilla de la Congregación de las Monjas de la Providencia, sita en la avenida del mismo nombre, entre Condell y Salvador; y (iii) la Capilla de la Congregación de las monjas de La Visitación, también sede nuestra hacía varios años. En los tres casos hubo gestiones y buena disposición por parte de quienes nos recibirían. Pero se produjeron algunas dilaciones por razones de redecoración y acondicionamiento de los templos. Al final, mediante el apoyo que nos dio el propio Cardenal Errázuriz, a comienzos de 2008 pudimos instalarnos en la capilla de las Hermanas de la Providencia. En el intertanto, continuábamos celebrando una Misa al mes en la Capilla del Campus Lo Contador. Cuando nos instalamos en La Providencia, esa Misa se suspendió y no ha vuelto a celebrarse allí la liturgia tradicional.

En 2008 participamos, como en varias otras ocasiones, de la tradicional procesión de la Virgen del Carmen que se celebra, desde hace algún tiempo, el último domingo de septiembre. Ella recorre las principales calles del centro de nuestra ciudad acompañando la imagen de Nuestra Señora que alguna vez estuvo en la Basílica del Salvador, destruida por el terremoto de 1985, y que hoy se venera en una restaurada Capilla del Sagrario, a un costado de la Catedral metropolitana. Esa vez fue muy especial por la cantidad de gente —sobre todo jóvenes— que logramos congregar bajo nuestro estandarte y por el decidido canto de la Salve que entonamos en latín cuando avanzábamos por calle Agustinas en dirección a la Iglesia de San Agustín, en la esquina con Estado.   

 Misa cantada en la capilla de las hermanas de la Providencia
(Foto: Asociación Litúrgica Magnificat)

Durante nuestra permanencia en la capilla de las hermanas de la Providencia, tuvimos la suerte de realizar una Misa Pontifical, que celebró el 14 de septiembre de 2009, a petición nuestra, el Cardenal Jorge Medina Estévez, Prefecto emérito de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, para dar gracias por el segundo aniversario del motu proprio Summorum Pontificum. Resultó un acontecimiento mayor, de gran ayuda espiritual para la buena cantidad de fieles que asistió. Esta forma de celebración solemne no se llevaba a cabo casi nunca en Chile, por lo que fue una feliz excepción para todos.

Nuestra “congregación” ha oscilado mucho a lo largo de sus 50 años de existencia. En sus épocas de esplendor hemos contado con unos 300 fieles, y en las épocas de receso, sólo con algunas decenas o incluso menos, como en esa primera Misa de 1966. En la actualidad, el promedio se sitúa alrededor de las 100 a 120 personas. Además, gracias al P. Milan Tisma se ha ido desarrollando un grupo juvenil importante, que ha mostrado bastante dedicación a la causa y que permite contar con un cuerpo estable de monaguillos que asegure el servicio del altar. De ahí han salido incluso algunas vocaciones al sacerdocio. En la medida en que disminuye sensiblemente el número de fieles católicos en Chile, algunos encuentran en Magnificat un refugio seguro frente al caos de la fe en general y a la crisis del catolicismo en particular. Siempre hay jóvenes que aprecian lo sacral, lo mistérico (en el mejor sentido de la palabra) y lo bello. Sobre la dimensión cultural de este fenómeno, que comporta un verdadero suicidio anunciado de nuestro entorno, he tratado en mi libro Y después de Occidente, ¿qué?, publicado por primera vez en 1983, y en su secuela intitulada ¿Existe aún Occidente?, aparecida en 2007. 

 Misa pontifical celebrada por S.E.R. el Cardenal Jorge Medina Estévez (14-IX-2009)
(Foto: Asociación Litúrgica Magnificat)

Esta es la razón por la cual siempre hemos defendido como Asociación la celebración de la Misa antigua, no como una mera defensa del latín y el canto gregoriano, sino como una expresión integral y plena de la fe católica. Pero, al mismo tiempo, nunca acusamos a la nueva Misa de ser inválida. De hecho, la inmensa mayoría de los sacerdotes que nos ayudaron han celebrado siempre las dos Misas, buscando poner en el rito reformado toda la piedad que rezuma el antiguo. Siempre hemos querido transmitir la idea de que la Santa Misa, declarada por el Concilio como la fuente y culmen de toda la vida cristiana, es como una sinfonía, donde no hay improvisaciones ni variantes.

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