domingo, 24 de septiembre de 2017

Sobre el hábito religioso, las prendas de abrigo y los tocados clericales

Muchos consideran la capucha como una prenda privativa de los monjes. Sin embargo, la indumentaria específica de ellos era (y es) el escapulario o la cogulla. Conviene, entonces, contar algo de la historia del hábito religioso y su evolución, en especial en relación con la capucha y otros tocados clericales, además de las prendas de abrigo.
 
Monje benedictino (grabado de Wenceslao Hollar, S. XVII)

Como no podía ser de otra manera, el hábito religioso proviene de la vestimenta usada por la sociedad civil cristiana de los primeros siglos, compuesto de túnica, manto o capa. Reducido a la mayor sencillez, constituyó el hábito de las personas que se consagraban a la vida ascética, retirada, y aún se prescindió del manto (distintivo de los filósofos) en la vida doméstica u ordinaria. Al abrazar algunos la vida común, reunidos en monasterios ya desde el siglo IV, y, sobre todo, al establecerse con más regularidad la vida monacal bajo la regla de san Benito en el siglo VI, quedó constituido el hábito religioso o hábito regular de los monjes con las siguientes piezas:

(a) La túnica o hábito propiamente dicho, que es la vestidura talar (que llega hasta los talones) de lana derivada del antiguo traje secular. 


 Hábito cartujo (grabado de Wenceslao Hollar, S. XVII). En la ilustración se aprecian la túnica, el escapulario y la capucha como componentes del hábito

(b) El escapulario (con o sin capuchón para la cabeza), nombre con el que se denomina una prenda rectangular que cae por delante y por la espalda, hasta casi el borde de la túnica. Recuerda el paño que se solía poner sobre los hombros para llevar cargas, pues representa el yugo de Cristo. En algunas órdenes, el escapulario forma parte de la indumentaria de trabajo. 
 
 Escapulario cisterciense (sin capucha)

(c) La correa o cíngulo para sujetar la túnica, sobre todo en las marchas y en el trabajo, del que deriva aquel que ciñe el alba del sacerdote cuando se reviste para celebrar la Santa Misa.
 

(d) La cogulla o colobio, amplia túnica, con pliegues longitudinales y provista de grandes mangas y de capuchón que se lleva en los actos de vida comunitaria, tales como las reuniones capitulares y el rezo de la liturgia de las horas, vistiéndola sobre las demás piezas y que parece provenir de la penula viatoria o del capote de los campesinos. De estas vestimentas, el uso religioso evolucionó hacia dos direcciones. La una llevó, en parte, a la casulla litúrgica, mientras que la otra desembocó en el hábito del coro de los monjes. La cogulla es un signo de libertad que tiene el religioso respecto de la esclavitud del demonio.

Cogulla de un monje benedictino

Con el trascurso de los siglos, la Iglesia fue disciplinando la indumentaria eclesiástica. Ella quedó así dividida en tres grupos: el hábito religioso, el traje eclesiástico y los ornamentos sagrados. Los primeros son peculiares de las personas consagradas al divino servicio en los monasterios o conventos; el segundo comprende las vestiduras usuales y propias del clero secular en la sociedad, con mayor o menor grado de solemnidad, y los últimos pertenecen a éste cuando actúa como ministro del culto en sus funciones sagradas. Del traje eclesiástico y de los ornamentos hemos tratado ya en anteriores entradas.

Pero volvamos a la capucha. Ella era habitual entre las ropas de los laicos y, por tanto, fue también un elemento característico entre el clero secular. Dichos clérigos llevaban la capucha no en el hábito talar, sino en la muceta (sobre esta prenda, véase la entrada que sobre ella publicamos en su momento). La muceta sobre los hombros era una prenda de abrigo, que podía usar cualquier clérigo y solía tener una capucha. Esta costumbre de la capucha en el clero secular llegó hasta el siglo XX. De ahí que la muceta de los cardenales tuviese capucha, así como la de los Papas, y que unos y otros la llevasen aunque no pertenecieran al clero secular. Pero es verdad que, más allá de la Edad Media, muchas mucetas muestran unas capuchas exiguas que ya no hubiera sido posible ponerlas sobre la cabeza. 


 S.E.R. Mons. Ángel Suquía con una museta con capucha

El deseo de que las vestiduras de los sacerdotes fueran enteramente clericales, trajo consigo que los sombreros tuvieran formas y hechuras propias. La forma de cubrirse la cabeza los eclesiásticos siempre había sido por antonomasia la capucha, tanto entre el clero regular como secular. Pero ya en la Edad Media se abrieron paso los gorros académicos o los civiles entre los eclesiásticos, frente a la capucha que parecía demasiado monástica y primitiva. Pero siempre se luchó por parte de las diócesis para que los gorros eclesiásticos tuvieran una hechura propia y no fueran iguales que los usados por los laicos. Aunque siempre había clérigos a los que les gustaba ponerse gorros que fueran más con la moda civil porque les parecían más elegantes. 

 Misa solemne en el rito dominicano, en el cual los ministros, en lugar de birreta, se cubren la cabeza con la capucha del hábito
(Foto: To God, about God/Latin Mass Society of San Francisco)

Los sombreros eclesiásticos evolucionaron a raíz de dos modelos diversos. Un modelo procedía de las gorras académicas, y de allí surgió la birreta, el birrete o bonete (sobre la birreta, véase lo que en su momento dijimos de ella aquí y aquí). Otro modelo procedía de tipos de sombreros más parecidos a los civiles, y de ahí surgieron diversos tipos de sombreros con ala plana, redonda o rectangular, tales como la teja o saturno y el galero (también había otros, como el tricornio o la gorra). El solideo (véase aquí la entrada respectiva) es la evolución de un gorro que cubría la cabeza desde la frente a la nuca. La función era preservar del frío, como todavía el camauro papal (caído en completo desuso luego de San Juan XXIII, pero rescatado brevemente por Benedicto XVI), pero poco a poco se hizo de él una prenda constante. Al llevarlo en toda estación, con el pasar de las generaciones, se fue haciendo más ligero para que no diera tanto calor, llevándolos de lana en invierno.

 S.S. Benedicto XVI llevando la teja o saturno

 S.S. Benedicto XVI llevando el camauro

La vestidura de abrigo por excelencia era la muceta sobre los hombros, pero si hacía más frío se llevaba la capa. Cuando los abrigos aparecieron, muchos fueron arrinconando la capa. Pero para que el abrigo no fuera igual que el de los laicos, se diseñó de forma que llegara hasta el borde de la sotana, llamándose este abrigo dulleta. Sin embargo, la capa y la dulleta coexistieron. En España, la capa daba una vuelta colocándose sobre el hombro, y podía vestirse sobre la dulleta. Esta capa más larga se designaba con el nombre de manteo, la cual se confecciona con paño fino sin forro, ruedo de circunferencia completa, sin cuello ni gancho, atado con fiador de borlas o cintas de seda, con vistas de seda o satinadas. El ferraiolo, ferraiuolo o ferraiuolone se parece mucho al manteo, aunque no es tan amplio, no lleva fiador sino cintas, y tiene un amplio cuello duro rectangular que se abate sobre la espalda. No encaja exactamente con el uso del manteo español, pues si bien ambos son prendas de etiqueta, el manteo puede vestirse también como prenda de calle.
 
 Sacerdote español de dulleta

 Sacerdotes españoles de manteo 

Como fuere, en España la esclavina (sobre esta prenda, véase aquí lo que sobre ella dijimos en su momento) era muy común y reemplazaba ventajosamente al manteo durante el tiempo estival. Fuera de España, por el contrario, era poco común. Los franceses llevaban una muceta corta, con botones. En Italia es desconocida, salvo para los clérigos del Instituto de Cristo Rey Sumo Sacerdote. En los Estados Unidos se conoce como shoulder cape, más parecida a la esclavina de la zimarra y desde luego sin la amplitud, el largo, el fiador y las vueltas de raso que ennoblecen a la esclavina hispana. Aparte de ser elegante y fresca, cubría las inevitables manchas de transpiración y también ocultaba el bulto que la billetera hacía en el bolsillo del pecho y permitía llevar discretamente al cuello la bolsa con el Santísimo para visitar a los enfermos.

Sacerdote español con esclavina sobre la sotana
 
En toda esta evolución de los trajes eclesiásticos, la costumbre era que cuando una persona se ordenaba como clérigo, a partir de ese momento, todas sus vestiduras eran clericales. Manifestando de forma externa y visible la consagración total a Dios del propio ser, de la propia vida, de todos los pensamientos y deseos. Por eso, desde la recepción de la orden menor de la tonsura todas las vestiduras debían ser clericales, cambiando incluso la fisonomía del nuevo clérigo. La tonsura era el signo de esta mentalidad. El sacerdote no sólo llevaba ropas sacerdotales, sino que incluso sus cabellos llevaban el signo de la consagración (por ejemplo, se afeitaba la barba y el bigote).

viernes, 22 de septiembre de 2017

50 años de Magnificat: S.E.R. Francisco Valdés, nuestra Asociación y la música sagrada

S.E.R. Francisco Valdés Subercaseux (1908-1982) nace en el seno de una familia profundamente católica (entre sus hermanos se cuenta Gabriel, destacado político de la Democracia Cristiana chilena). Con 17 años viaja con sus padres a Europa, donde descubre  el llamado de Dios. En Roma ingresa al Pontificio Colegio Pío Latino Americano. En 1929 recibe el grado de Doctor en Filosofía por la Pontificia Universidad Gregoriana. Al año siguiente ingresa a la orden de los Hermanos Menores Capuchinos en Baviera, convirtiéndose con su primera profesión de votos (1931) en el primer capuchino chileno. Recibe la formación en Alemania e Italia. Obtiene el grado de doctor en teología y, luego de su profesión religiosa perpetua y solemne el 2 de febrero de 1934, es ordenado sacerdote en Venecia el 17 de marzo del mismo año.

En 1935 es enviado de regreso a Chile como misionero en el Vicariato Apostólico de la Araucanía (actualmente, Diócesis de Villarrica). Fue párroco y misionero en Pucón entre los años 1943 y 1956. Solía recorrer a pie largas distancias por llanos y cordilleras, destacándose por su cercanía con el pueblo mapuche. En 1955 el papa Pío XII crea la Diócesis de Osorno, nombrando a fray Francisco como obispo de ésta, siendo consagrado obispo el 16 de septiembre de 1956 en la iglesia del Sagrado Corazón de Providencia (Santiago). Entre 1962 y 1965 participó en las cuatro sesiones del Concilio Vaticano II. En 1977 inaugura la nueva Catedral de San Mateo de Osorno, que reemplazó a  la anterior destruida por el terremoto de Valdivia en 1960. 


 Mons. Francisco Valdés Subercaseaux

A los dos meses de celebrar su jubileo de 25 años de episcopado, se le detecta un cáncer incurable. Monseñor Valdés pide pasar sus últimos días con sus hermanos capuchinos en la Araucanía, donde había iniciado su trabajo misionero. Muere el 4 de enero de 1982 en el Hospital San Francisco de Pucón. En el momento de su muerte manifestó: “Ofrezco mi vida por el Papa, por la Iglesia, por la diócesis de Osorno, por los pobres, por la paz entre Chile y Argentina (en aquél tiempo en medio de un conflicto limítrofe), y por el triunfo del amor”. Sus restos reposan en la cripta de la Catedral de Osorno. En 1998 se inició su proceso de beatificación, y con fecha 7 de noviembre de 2014 ha sido declarado Venerable por el Papa Francisco.


Además de su obra como párroco en Pucón, misionero de la Araucanía y Obispo de Osorno, monseñor Valdés realizó una profunda labor en el campo de la música sagrada. Proveniente de una familia de artistas (fuera de la familia Llona Valdés, de la que enseguida se hablará, tenían parentesco político con los hermanos Sylvia y Gastón Soublette Asmusssen), y siendo él un hombre de evidentes cualidades como pintor, dibujante y músico, amante de la Iglesia y de su inmenso y profundo patrimonio musical y artístico, no escatimó esfuerzos en cultivar, enseñar y fomentar la verdadera música sagrada.

Corrían los convulsionados años de la década de 1960. Lamentablemente, la Iglesia no se vio libre de la convulsión mundial al punto que, en un dramático discurso, el beato Pablo VI llegó a decir que el humo de Satanás había entrado en ella. Monseñor Valdés participó en las cuatro etapas del Concilio Vaticano II (1962-1965). Sus más cercanos colaboradores y familiares atestiguan haberlo visto llorar en medio de tanta agitación y confusión. Su espíritu contemplativo, expresión de su amor por la paz y la belleza terrena, reflejo de la Suma Belleza, se estremecía al ver cómo se despojaba a la Iglesia, entre otras cosas, de uno de sus tesoros, bienes, ofrendas y apostolados más grandes: la música sagrada y litúrgica, siendo reemplazada por música popular, a menudo irrespetuosa y siempre inepta para la Santa Misa y otras celebraciones sagradas.

  (Foto: Iglesia.cl)

Su preocupación fue en crecida, hasta que en 1966, siendo presidente de la Comisión Episcopal de Liturgia, publicó el libro Concilio y música sagrada, compendio de las enseñanzas de la Iglesia en materia de música litúrgica y guía para el correcto desempeño y desarrollo de este ministerio, el que fue prologado por su cuñado, Alfonso Letelier Llona (1912-1994), primer Presidente de nuestra Asociación. Lamentablemente, el prurito de la novedad pudo más y se hizo caso omiso de sus enseñanzas (que no eran otras que las de la Iglesia, reflejadas en los propios textos conciliares y en la contemporénea instrucción Musica Sacra de 1967). El libro nunca más se volvió a editar y ningún otro obispo ha vuelto a emprender algún trabajo similar. Tampoco se ha conocido ningún tipo de directriz o guía en esta materia por parte de la Conferencia Episcopal chilena o de algún obispo en particular, habiendo casi desaparecido la música sagrada de las iglesias. 

La historia de este obispo chileno, que pronto podría ser venerado en los altares, está estrechamente ligada con los orígenes de nuestra Asociación. Corría el año 1966 y nuestra actual Presidente, el Dr. Julio Retamal Favereau, hacía esfuerzos para conseguir la celebración habitual de una Misa que conservara las antiguas formas litúrgicas de la Iglesia, cuando en ella todo parecía novedad, provocación y creatividad. Pese a los intentos, las primeras aproximaciones resultaron infructuosas. Sin embargo, ese grupo, compuesto entre otros por Carlos José Larraín, Laurence Azaïs y Patricio Garreaud, no se desanimó y comenzó a ensayar la Misa según el Kyriale VIII (conocida popularmente como de Angelis) en la casa del entonces joven historiador que era Julio Retamal. Como Dios no abandona a los que para Él trabajan, los contactos con la familia Valdés Subercaseaux fueron muy fructíferos, pues doña Margarita Valdés (1915-1999), mujer de don Alfonso Letelier, fue un gran apoyo para la naciente agrupación conformada para defender la Misa tradicional en Santiago de Chile (la que por entonces no tenía el nombre que recibió desde 1969) y logró un permiso de parte de su hermano, Monseñor Francisco Valdés, quien estaba encargado de la comisión de música sacra dentro de la Conferencia Episcopal chilena. Desde entonces, nuestra Asociación contó con una autorización oficial para celebrar la Santa Misa con cantos en latín, aunque sin precisión del rito en que ella debía oficiarse. En otro lugar ya hemos contado cómo los celebrantes poco a poco, casi sin darse cuenta, volvieron a cantar la Misa con que por siglos la Iglesia ha renovado el Santo Sacrificio de Cristo. 

Este permiso fue un elemento determinante para conseguir una iglesia y poder celebrar la primera Misa. Tras un recorrido por varios templos de la ciudad buscando uno adecuado, puesto que ya por entonces había comenzado la fiebre iconoclasta en muchos de ellos, nuestra naciente Asociación dio con la iglesia del Monasterio de las Clarisas de la Victoria, llamadas también de Nueva Fundación, en calle Bellavista, casi frente a la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile, comuna de Recoleta. Fue allí donde se pudo celebrar la Santa Misa el domingo 7 de agosto de 1966. Ese día fue el comienzo de las celebraciones litúrgicas de lo que hoy es Magnificat, siempre abiertas al público. Como hemos narrado en otra ocasiónesa primera Misa fue oficiada por el P. Miguel Contardo S.J, actuando dos hermanos maristas de acólitos, y nuestro grupo vocal de coro. Aquel día en la nave no había más de 10 ó 12 personas, entre los cuales se encontraba la familia Allamand Zavala, incluyendo a Andrés, actual senador por Santiago, que a la sazón era un niño de diez años.

 Monseñor Valdés Subercaseaux (3ero de izq. a der.) en 1956

Como muestra de la especial preocupación por la música litúrgica que tuvo monseñor Valdés, queremos compartir con ustedes lo que el propio obispo dejó dicho respecto de esta materia en sus cartas, reproducidas parcialmente por su hermana Margarita (familiarmente conocida como Maiga) en el libro que le dedicó hace ya más de dos décadas. 

Poco tiempo después de la última etapa del Concilio Vaticano II, monseñor Valdés escribió su libro Concilio y música sagrada. Como era un profundo conocedor de la liturgia y hombre de gran cultura musical, el episcopado nacional lo nombró presidente de la comisión de música sagrada.

Con este libro se propuso iniciar una profunda y definitiva renovación de esta importante rama de culto divino, tan descuidado últimamente en nuestro país, y además sacudir la indiferencia e ignorancia, para que las iglesias chilenas cuidaran sus órganos, instrumentos que yacen, en su mayoría, en lamentable estado de abandono y destrucción.

  (Foto: Para la mayor gloria de Dios)


En carta al presidente de la comisión episcopal de liturgia, monseñor Manuel Larraín, le dice:

“El querer introducir el folklore chileno en la iglesia como música litúrgica, es una innovación que nada tiene que ver con las indicaciones conciliares de la reforma litúrgica. En efecto, allí se habla de la adaptación de las tradiciones populares que se entiende pertenecen al campo religioso, como sucede en los pueblos primitivos. El pueblo chileno tiene formado su sentido religioso con muy distintas fuentes que el folklore popular. Nada hay de tradición indígena religiosa, a no ser las que hay en los santuarios de La Tirana y Andacollo, y alguna que otra muy localizada. Junto con el idioma español se formó en Chile la tradición religiosa traída por los misioneros españoles, que dio forma al alma popular con sus manifestaciones a través de los cánticos populares religiosos, conservados sobre todo en los campos. Son éstos los que había que fomentar, aumentar y corregir. Pero no caer en la lamentable confusión de géneros musicales pretendidos por estos innovadores tan faltos de sentido común y que se creen garantidos por la autoridad de la Iglesia  y dueños del porvenir del culto sagrado.

“No se necesita ser sociólogo ni teólogo para prever que tal clase de pastoral litúrgica, lejos de ser misionera, o de elevar el alma o de llegar a encauzar el culto con la debida seriedad y eficacia, sólo logrará, bajo el brillo fugaz propio del sensacionalismo estéril, desprestigiar a la Iglesia ante los marginados y desintegrar el edificio litúrgico para lo que han vivido en diversos niveles.

“Aunque no pertenezco a ninguna comisión litúrgica, iría contra mi conciencia si dejara de protestar ante este abuso y de advertir el peligro que se insinúa […]

“Estoy totalmente en desacuerdo con dar aprobación a esta clase de creaciones musicales para la Iglesia como estuvo San Pío X contra la música profana introducida en la Iglesia en el siglo pasado, la que prescribió con energía”.

 Encuentro de Mons. Valdés con San Juan Pablo II
(Foto: Iglesia.cl)

En carta a su hermana Maiga, de septiembre de 1963, le dice:

“He recibido una invitación para ir a Colombia, a un encuentro de musicólogos  y dirigentes de música sagrada. No voy a ir porque ya he salido mucho este año, pero van un diácono (que será ordenado sacerdote por el Papa) y un sacerdote de Osorno. Por otra parte, los programas que se han presentado para elaborar insisten en músicas autóctonas, folklóricas y populares como elementos que se han de introducir en la liturgia.

“Esto se debe, naturalmente, a las masas indígenas latinoamericanas, mayoritarias en no pocos países, que han de acercarse a la verdad cristiana por vehículos más fáciles que una forma europea.

“Naturalmente no es el caso de Chile. Les enviaré una carta para explicarles nuestra posición, y un ejemplar de mi libro”.

En otra carta a su hermana Maiga escribe:

“Yo quisiera que me ayudaras,  tal vez en octubre, a dar un pequeño curso de música sagrada en Osorno, para nuestros modestos dirigentes de parroquias y colegios, de carácter diocesano. Ojalá vinieses por dos semanas, y te servirá de descanso y variación”.

El 12 de julio de 1967 escribe a su hermana Maiga:

“A Miguel [Letelierhay que felicitarlo porque su labor está abriendo un camino muy duro y significativo. El hecho de que la Iglesia haya estado llena durante su concierto de órgano es un óptimo auspicio para que se vayan poniendo al día los órganos santiaguinos. Por mi parte mandé publicar en el Boletín Litúrgico unas normas de música sagrada, con la recomendación de enviar alumnos iniciados en música al Conservatorio Nacional.

 Miguel Letelier
(Foto: Radio U. de Chile)

“Iré a Santiago a fines de mes para una reunión episcopal y planificaremos las jornadas de música sagrada de las que te hablé.

“Entretanto estoy juntando la nómina y direcciones de los representantes diocesanos de la música en todo el país, para invitarlos. Pienso hacer estas jornadas en las “Damas Inglesas” (Englische Fräulein) en la Florida”. 

El encuentro se hizo en octubre de ese año, en el convento indicado.

Fueron tres días interesantes y muy provechosos. Se estudió el origen e historia de la música sagrada, desde la música hebrea de la sinagoga, pasando por la música gregoriana, la polifónica y la música barroca de Bach y Händel, hasta nuestros días. Profesores de canto e impostación de la voz demostraron la técnica del canto y la respiración.

El coro del director Waldo Aránguiz [1926-2007] hizo escuchar magníficas versiones de canto gregoriano y polifónico. Monseñor Valdés explicó,  por fin, los decretos del Concilio para la liturgia y la música sagrada.

Dos años más tarde, en vista de que en ese campo se está nadando en contra de la corriente, en enero de 1969 escribe a su hermana Maiga:

“Es lo mejor, y, por ahora, lo único que se puede hacer es preparar gente formada desde el principio. Con lo que ahora anda en boga no hay nada que hacer musicalmente, y la reconstrucción va a ser lenta”.

El 11 de diciembre de 1980 escribe a su cuñado el músico Alfonso Letelier:

“Me vine pensando en la carta circular que te propuse para difundir en ambientes de obispado y superiores religiosos todo lo referente al órgano. Te adjunto los textos pertinentes del Concilio. Tengo esperanza que algo se va a adelantar con una medida como ésta, firmada ojalá por una serie de organistas y por el directorio”.

 (Foto: periodistadigital.com)

Cita los párrafos 112, 114, 116 y 120 de la Constitución conciliar sobre la Sagrada Liturgia

112. La tradición musical de la Iglesia universal constituye un tesoro de valor inestimable, que sobresale entre las demás expresiones artísticas, principalmente porque el canto sagrado, unido a las palabras, constituye una parte necesaria o integral de la Liturgia solemne.

En efecto, el canto sagrado ha sido ensalzado tanto por la Sagrada Escritura, como por los Santos Padres, los Romanos Pontífices, los cuales, en los últimos tiempos, empezando por San Pío X, han expuesto con mayor precisión la función ministerial de la música sacra en el servicio divino.

La música sacra, por consiguiente, será tanto más santa cuanto más íntimamente esté unida a la acción litúrgica, ya sea expresando con mayor delicadeza la oración o fomentando la unanimidad, ya sea enriqueciendo la mayor solemnidad los ritos sagrados. Además, la Iglesia aprueba y admite en el culto divino todas las formas de arte auténtico que estén adornadas de las debidas cualidades.

 Sesión del Concilio Vaticano II
(Foto: Catholic Homeschool Australia)

[...]

114. Consérvese y cultívese con sumo cuidado el tesoro de la música sacra. Foméntense diligentemente las "Scholae cantorum", sobre todo en las iglesias catedrales. Los Obispos y demás pastores de almas procuren cuidadosamente que en cualquier acción sagrada con canto, toda la comunidad de los fieles pueda aportar la participación activa que le corresponde, a tenor de los artículos 28 y 30.

116. La Iglesia reconoce el canto gregoriano como el propio de la liturgia romana; en igualdad de circunstancias, por tanto, hay que darle el primer lugar en las acciones litúrgicas.

Los demás géneros de música sacra, y en particular la polifonía, de ninguna manera han de excluirse en la celebración de los oficios divinos, con tal que respondan al espíritu de la acción litúrgica a tenor del artículo 30.

120. Téngase en gran estima en la Iglesia latina el órgano de tubos, como instrumento musical tradicional, cuyo sonido puede aportar un esplendor notable a las ceremonias eclesiásticas y levantar poderosamente las almas hacia Dios y hacia las realidades celestiales.

En el culto divino se pueden admitir otros instrumentos, a juicio y con el consentimiento de la autoridad eclesiástica territorial competente, a tenor de los arts. 22 § 2; 37 y 40, siempre que sean aptos o puedan adaptarse al uso sagrado, convengan a la dignidad del templo y contribuyan realmente a la edificación de los fieles.

Hasta aquí la transcripción de las cartas. Monseñor Valdés vivió consagrado y entregado a la voluntad de Dios sin restricciones. Amó a Dios, a la Iglesia y a sus hermanos más que a sí mismo, hasta el olvido más absoluto de su persona. En su lecho de muerte dijo: “Ofrezco mi vida por el Papa, por la Iglesia, por la diócesis de Osorno, por los pobres, por la paz entre Chile y Argentina y por el triunfo del Amor.” Encomendémonos, pues, a Monseñor Valdés para que siga intercediendo por la Iglesia, especialmente por nuestra Iglesia chilena y por el restablecimiento litúrgico y de la música sagrada. 

Nota de la Redacción: El texto aquí transcrito ha sido tomado de Valdés Subercaseaux, M., Fray Francisco Valdés Subercaseaux. Misionero de la Araucanía y Primer Obispo de Osorno, Santiago, Editorial Andrés Bello, 1985, pp. 103-105. La biografía inicial es una adaptación abreviada del artículo sobre Mons. Valdés Subercaseaux en la versión castellana de Wikipedia, y las referencias sobre su fuerte vínculo con la música sagrada están tomadas, con adaptaciones, de la entrada dedicada en Música litúrgica con ocasión del centenario de su nacimiento. 

miércoles, 20 de septiembre de 2017

FIUV Position Paper 12: La enseñanza del latín en los seminarios

En una entrada anterior explicamos nuestro propósito de traducir los Position Papers sobre el misal de 1962 que desde hace algún tiempo viene preparando la Federación Internacional Una Voce, de la cual nuestra Asociación es capítulo chileno desde su creación en 1966. 

En esta ocasión les ofrecemos la traducción del Position Paper 12 y que versa sobre la enseñanza del latín en los seminarios, cuyo original en inglés puede consultarse aquí. Dicho texto fue preparado en el mes de octubre de 2012 y revisado en 2017. Para facilitar su lectura hemos agregado un título (Texto) para separar su contenido del sumario (Abstract) que lo precede. 


***

La enseñanza del latín en los seminarios

Abstract

En un ensayo anterior [FIUV PP 7] hemos abordado el tema del latín como lengua litúrgica. En el presente ensayo tratamos el latín como la lengua común de la Iglesia. En el Concilio Vaticano II, y luego después como consecuencia de ello, se subrayó la importancia del latín como parte de la educación en los seminarios, pero no sólo por su importancia litúrgica, sino por su importancia, más en general, como forma de hacer posible la comunicación entre las generaciones (entre las antiguas y las actuales, y entre éstas y las futuras) y entre las naciones, en cuanto lingua franca que puede ser aprendida por todos. La pérdida de tal lengua ha sido tema de preocupación para una larga serie de Papas, y hay muchos documentos, incluido el Código de Derecho Canónico, que enfatizan la importancia del latín. Es de la máxima importancia, pues, que se restaure el latín en la enseñanza de los seminarios y de las escuelas católicas.  

Los comentarios a este texto pueden enviarse a positio@fiuv.

 Reja del presbiterio de la Basílica del Santuario de la Inmaculada Concepción en Washington D.C. (EE.UU.)

Texto

1. El latín es importante para la Iglesia no sólo como lengua litúrgica [1] sino también como la lengua de la administración, del debate y de la difusión de las ideas, especialmente en los documentos magisteriales, además de ser la lengua de innumerables obras clásicas de teología, historia y otras disciplinas, desde los Padres y los escolásticos hasta bien entrada la época moderna. El uso del latín, en la práctica, como lengua de comunicación en la Iglesia, depende de que sea enseñado en los seminarios (como también en las escuelas católicas), y el Magisterio a menudo se ha referido a su lugar en la educación que se da en ellos. Sobre esta cuestión, tanto la preocupación como la intuición de quienes están ligados a la forma extraordinaria del rito romano pueden aplicarse a la Iglesia en su totalidad. Los sacerdotes que no han aprendido latín encuentran difícil, si no imposible, hacer uso de las normas del motu proprio Summorum Pontificum [2]. Con todo, los argumentos de este ensayo se basarán en consideraciones de mayor amplitud.

 (Foto: O Clarim)

Lo que dice el Magisterio sobre el latín.

2. El Código de Derecho Canónico de 1983 reforzó la exigencia del Código de 1917 [3] al declarar: “El programa de formación sacerdotal ha de proveer que a los estudiantes se les enseñe cuidadosamente no sólo su lengua madre sino también que puedan comprender bien el latín [4]”. El término “comprender” [“understand” en la traducción inglesa] subraya la fuerza del latín “calleant [5]: el Derecho Canónico exige habilidad en el uso del latín, no mera comprensión de él, puesto que el latín es un medio de comunicación dialógico.

3. El canon 249 es un reflejo del decreto sobre formación sacerdotal Optatam totius del Concilio Vaticano II, que dispone, respecto de los seminaristas: “Además, han de adquirir un conocimiento del latín que los capacite para comprender y usar las fuentes de tantas ciencias y de los documentos de la Iglesia. El estudio de la lengua litúrgica propia de cada rito debe considerarse necesario, y un conocimiento adecuado de las lenguas de la Biblia y de la Tradición ha de ser vigorosamente alentado” [6].

En lo que se refiere al ámbito litúrgico, la Constitución sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum Concilium, al mismo tiempo que insiste en que “el uso del latín ha de preservarse en los ritos latinos” [7], supone también que los clérigos normalmente recitarán el Oficio en latín [8].

4. Estos documentos prolongan la enseñanza y la práctica anteriores. Entre ellos hay notables documentos del siglo XX, que incluyen la Carta Apostólica de Pío XI sobre la enseñanza en los seminarios Officiorum omnium (1922) [9], la Carta de la Congregación para los Seminarios Latinam excolere linguam (1957) [10], la Constitución Apostólica Veterum sapientia de San Juan XXIII (1962) [11], y las Ordinationes que la aplican (Sacrum latinae linguae depositum, 1962) [12], la Carta Apostólica de Pablo VI sobre los seminarios Summi Dei Verbum (1963) [13] y su Instrucción que aplica Sacrosanctum Concilium a los religiosos In edicendis (1965), y el motu proprio de Pablo VI Studia latinitatis (1964). Inmediatamente después del Concilio Pablo VI ordenó de nuevo que se conservara el latín, particularmente en el Oficio, en su Carta Apostólica Sacrificium laudis (1966) [14], y la Congregación para la Educación Católica subrayó la importancia del latín en Ratio fundamentalis (1970) sobre educación en los seminarios [15]. En 1976 Pablo VI creó la “Fundación Latinitas” para promover el latín [16]. San Juan Pablo II puso énfasis en la importancia del latín en su Carta Apostólica Dominicae Cenae (1980) [17], y el mismo año la edición revisada del documento de la Congregación para la Educación Ratio fundamentalis hizo lo mismo [18]. Posteriormente esta misma Congregación publicó una Instrucción sobre el estudio de los Padres, que subrayó la necesidad de fomentar el estudio del latín y del griego en los seminarios, de modo que los seminaristas pudieran leer los textos patrísticos en su original (Inspectis dierum, 1989) [19].

5. En 2007 Benedicto XVI se refirió de nuevo al tema de la formación en los seminarios en su Exhortación Post-Sinodal Sacramentum Caritatis, en la que escribe: “Pido que los futuros sacerdotes, desde su época en el seminario, reciban la necesaria preparación para entender y celebrar la Misa en latín, y también para que usen los textos latinos y canten el gregoriano. Y no debemos olvidar que a los fieles se les puede enseñar a recitar las oraciones más comunes en latín, y también a cantar en gregoriano algunas partes de la liturgia” [20].

En 2012 Benedicto XVI publicó el motu proprio Lingua Latina, reemplazando la “Fundación Latinitas” por la “Pontificia Academia Latinitatis”, con el encargo ampliado de promover esta lengua, incluso en los seminarios. Bajo el Papa Francisco se promulgó una nueva Ratio fundamentalis, haciendo notar que: Al igual que el hebreo bíblico y el griego, los seminaristas deben ser introducidos al latín desde el principio de su curso de formación, por cuanto provee un acceso a las fuentes del Magisterio y de la Historia de la Iglesia [21].


6. En resumen, no se puede decir que el Concilio constituyó un cambio en la enseñanza de la Iglesia en estas materias, ni tampoco pidió un cambio en la práctica. Las razones dadas en los documentos acerca de la importancia del latín son de varios tipos mutuamente relacionados.

7. La primera de esas razones se refiere al lugar del latín en la liturgia. Esto fue enfatizado por Benedicto XVI en Sacramentum Caritatis, como citamos anteriormente. Aquí basta decir [22] que es imposible para los sacerdotes obedecer el mandato de Sacrosanctum Concilium –“ha de preservarse el uso del latín en los ritos latinos”- sin tener una comprensión básica, al menos, de esta lengua.

8. En segundo lugar, la lengua latina tiene un lugar fundamental en la cultura católica, que está íntimamente relacionada con la espiritualidad. No se puede traducir ni reemplazar por equivalentes vernáculos ni la poesía latina, ni los himnos ni el canto gregoriano, ni los textos que han inspirado las composiciones musicales en cada período de la música cristiana: las obras de arte originales sólo podrían, en el mejor de los casos, reemplazarse por traducciones que fueran, ellas mismas, nuevas obras de arte. Los cantos gregorianos en latín, tanto en su poesía como en su música, son, según ha dicho Pablo VI, “una fuente copiosa de cultura cristiana y una rica veta de devoción”. El mismo urge a los superiores religiosos a que ponderen aquello a que quieren renunciar, y que no dejen secarse ese manantial del cual, hasta ahora, ellos mismos han bebido abundantemente [23].

9. En tercer lugar, el patrimonio de teología, filosofía, derecho canónico e historia de la Iglesia latina se ha preservado, en su mayor parte, en latín. La versión en latín de los documentos del Magisterio es casi siempre la ejemplar: una traducción, por hábil que sea, no puede jamás captar los matices del original, y no siempre se dispone de traducciones [24]. Lo mismo ocurre con la mayor parte de las obras de la tradición teológica [25]. El latín siempre ha sido considerado como esencial para la preservación de la precisión y continuidad de la doctrina, punto que fue subrayado en Veterum Sapientia. Se ha enfatizado la importancia del latín para los estudios académicos en Officiorum omnium [26], Optatam totius [27], Veterum sapientia [28], Inspectis dierum [29] y Lingua latina [30].

10. En cuarto lugar, el latín tiene un papel como lengua de la Iglesia: una lengua para el intercambio y desarrollo de las ideas y, como lo dice San Juan Pablo II, es “un instrumento de mutua fraternidad” [31]. Se destaca la importancia administrativa del latín en Officiorum omnium [32], Veterum sapientia, Optatam totius y Lingua Latina. Este último documento subraya la idea: “La lengua latina ha sido siempre muy estimada por la Iglesia católica y los Romanos Pontífices, que la han considerado como propia” [33].

 (Imagen: Messa in latino)


El latín como lengua de la Iglesia.

11. La importancia del latín como lengua común de la Iglesia es algo que vale la pena desarrollar algo más. Durante el Concilio Vaticano II, los participantes y sus asesores pudieron pronunciar y entender sus discursos e intervenciones y considerar las múltiples versiones de los documentos propuestos en una única lengua, el latín [34]. En este sentido, resulta interesante el resultado de investigaciones que han mostrado que el pensamiento acucioso es favorecido con el uso de una lengua no materna [35]. Hoy sería imposible una discusión entre los obispos del mundo en esta forma, lo cual plantea la pregunta de si la Iglesia podría nuevamente convocar a un concilio ecuménico, si se presentara la necesidad.

12. Las organizaciones que usan muchos idiomas, como las Naciones Unidas y la Unión Europea, enfrentan graves dificultades a pesar de los recursos con que cuentan. No se puede redactar un documento en varias lenguas y aseverar que todas las versiones tienen exactamente idéntico significado. Si, por el contrario, el resultado de una deliberación llevada a cabo en muchas lenguas conduce a un documento oficial en una sola lengua, ocurre que los que la hablan adquieren una enorme e injusta ventaja. No puede sorprender, entonces, que la diplomacia internacional tienda fuertemente a una lingua franca (ya sea latín, francés o inglés), una lengua en que todas las personas educadas puedan expresarse inteligentemente y con comprensión mutua, y entender el significado de los cambios propuestos, por mínimos que sean.

13. La necesidad de precisión en la discusión y expresión de los documentos es de una importancia muchísimo mayor en la Iglesia que en la diplomacia secular, y es de la mayor importancia el que los obispos reunidos en un sínodo o en un concilio ecuménico puedan contribuir a las discusiones y entenderlas. La ausencia del latín hoy día, incluso en los niveles más altos del clero, ha contribuido a la tendencia a usar alguna lengua vernácula que convenga, en un encuentro determinado o para la preparación de un documento específico. Esto presenta problemas, porque pone en desventaja –para no decir nada de excluir- a quienes tienen menos familiaridad con la lengua usada [36], y crea un abismo lingüístico entre las discusiones y los documentos oficiales en latín que derivan de ellas. Es potencialmente desastrosa la situación en que una importante proposición en latín no es, en verdad, discutida por aquellos en cuyo nombre se va a promulgar el respectivo documento, ya que lo que se discutió fue una formulación verbal en otra lengua que, a juicio del traductor, es equivalente.

14. No hay alternativa práctica alguna, con raras excepciones, a la promulgación de los documentos magisteriales en latín [37], ya que deben poder referirse a las formulaciones de documentos en latín anteriores y desarrollarlos sin solución de continuidad, evitando traducirlos de modo tendencioso o incomprensible a causa de los típicos y rápidos cambios que experimentan las lenguas vernáculas.

15. Hoy la Iglesia es una colectividad sin una lengua común. En lugar de ella, cuenta con una cantidad de lenguas que se traslapan, y que se comunican entre sí mediante traductores de capacidades variables, muchos de los cuales trabajan para los medios de comunicación o en Internet. Decae a paso firme la facilidad de comunicación en la Iglesia, tanto entre las naciones como entre las generaciones. Esto tiene lugar por el reemplazo de una generación más antigua, que se benefició con una educación latina, por una más joven que no tuvo ese beneficio. No sorprende, pues, que el Derecho canónico y el Magisterio papal hayan sido tan enfáticos acerca de la importancia del latín. Es de la máxima urgencia que se restaure el latín a su anterior lugar de honor en los seminarios y también en las escuelas católicas.

 Pieter Brueghel El Viejo, La torre de Babel (1553, Kunsthistorisches Museum, Viena)
(Imagen: Wikmedia Commons)

Apéndice: algunas consideraciones de orden práctico.

A. Situación del latín en las escuelas católicas y en los seminarios.

Sobre la base de una investigación informal desarrollada por esta Federación, es posible decir que, en general, la enseñanza del latín, tanto en la Iglesia como en los establecimientos educacionales seculares, se ha convertido en algo propio de algunas instituciones de élite. Los mejores seminarios, especialmente en Roma, todavía mantienen ciertos estándares de latín, pero, en el extremo opuesto, hay muchos seminarios en todo el mundo que no enseñan latín en absoluto. Hay otros, quizá una mayoría, que mantienen un bajo nivel de latín, encaminado a dar a los estudiantes la capacidad de pronunciarlo correctamente y a habilitarlos para captar correctamente el vocabulario y la gramática básicos. Lo común es que se lo enseñe en un solo año, y no de modo intensivo. Este nivel de latín es casi inútil: debido a que no se lo usa para los estudios académicos, lo más probable es que se lo descuide una vez terminado el curso y se lo olvide prontamente. La Conferencia Episcopal de los Estados Unidos ha recibido, de la Congregación para la Educación Católica, permiso para omitir el latín del programa, tomando como pretexto el deseo de usar el tiempo para otras materias, que incluyen la lengua castellana. Parecen aquí a propósito las palabras de San Juan XXIII: “Si las circunstancias de tiempo y lugar exigieran la adición de otros cursos al programa de estudios, además de los usuales, deberá o bien extenderse la duración de los estudios o bien condensarse estos otros cursos o relegárselos para otra ocasión” [38].

La situación de las escuelas católicas en todo el mundo es todavía peor: incluso las mejores escuelas conservan el latín sólo como optativo, y las exigencias para aprobar muchos exámenes son incomparablemente más bajas que hace 50 años atrás. Esto hace que, para los seminarios, el trabajo sea un desafío mucho mayor, aun en países que tienen una buena red de escuelas católicas. 

 Seminarista estudiando

B. Cómo puede enseñarse el latín.

En Sacrificium laudis Pablo VI escribió, dirigiéndose a los superiores religiosos: “Por cierto, la lengua latina presenta algunas dificultades, y quizá aun considerables, para los nuevos postulantes a vuestras filas. Pero tales dificultades, como sabéis, no debieran tomarse como insuperables” [39].

Ciertamente, la enseñanza del latín a los seminaristas presenta hoy mayores dificultades que en tiempos pasados. Se puede extraer útiles consideraciones de la experiencia de enseñar lenguas antiguas a los adultos a nivel universitario, porque tales lenguas, cuando se las requiere para aprobar un curso, rara vez pueden darse por conocidas por quienes se gradúan de la enseñanza media. Aunque no es el ideal, una combinación de cursos intensivos de verano como preparación para los cursos en cuestión, y una tutoría intensiva al comienzo de un curso, puede hacer posible usar la lengua antigua durante el curso mismo. Esto produce el resultado de que la lengua queda grabada en la memoria de los estudiantes y puede mejorársela gradualmente. Para mencionar un ejemplo concreto, los estudiantes de teología de la Universidad de Oxford, que posiblemente tienen pocas aptitudes para el griego del Nuevo Testamento, considerado más difícil que el latín, son entrenados intensamente en los dos primeros períodos de sus estudios, sin excluir otras materias, y rinden a continuación un examen. Este examen plantea a los candidatos una sección que exige traducción del inglés al griego, pero facilita la aprobación del examen, incluso a los alumnos que no tienen aptitudes lingüísticas, al incorporar una traducción del griego al inglés tomada del Evangelio de San Marcos, cuyo griego es relativamente simple. Si se adopta un modelo como éste para el latín en el seminario, aprovechando quizá el año propedéutico que los seminaristas deben cumplir, la enseñanza del latín después de los dos primeros semestres de estudios tomaría menos horas del programa, y podría apoyarse sobre una base firme. Está de más decir que no hace falta enseñar latín clásico en los seminarios, sino sólo el latín de la liturgia y de los Padres latinos, con su gramática más libre y su vocabulario mucho más limitado. También se podría destinar algunos recursos para que los estudiantes tuvieran una base antes de llegar al seminario.


C. El latín y el laicado.

Vale la pena tener en cuenta que jamás la Iglesia ha pretendido que el latín fuera una lengua exclusiva de los clérigos, ni ha sido tal el caso a lo largo de la historia. También a los laicos se los anima a aprender latín, punto importante que debieran considerar todas las escuelas y universidades católicas. Leemos al respecto en Officiorum omnium, de Pío XI: “Pero si en todo laico imbuido de literatura, ignorar el latín, que podemos llamar con razón la lengua 'católica', revela un cierto relajo en su amor por la Iglesia, cuánto más apropiado es que todos y cada uno de los clérigos practique y hable fluidamente dicha lengua” [40].

San Juan Pablo II no fue menos enfático cincuenta y seis años después: “Nos volvemos, pues, en primer lugar a los jóvenes, quienes en los tiempos que corren, cuando, como sabemos, las letras latinas y los estudios de humanidades sufren de postración en muchas partes, debieran recibir con entusiasmo este patrimonio –para usar este término- latino que la Iglesia considera como de gran valor, y trabajar activamente para que dé frutos. Que ellos se den cuenta de que la siguiente cita de Cicerón (Brutus, 37, 140) puede, en cierto modo, serles aplicada a ellos mismos: 'No es tanto una cuestión de ser distinguidos por saber latín, como de ser desgraciados por ignorarlo'. Os exhorto a todos los aquí presentes y a los colegas que os ayudan a continuar este noble trabajo y a elevar la condición del latín, que es también –aunque en una medida menor de lo que fue alguna vez- una especie de vínculo entre personas de diversa lengua. Sabed que el sucesor de San Pedro en el supremo magisterio ora para que lo que habéis comenzado produzca felices frutos, que él está junto a vosotros y que os apoya” [41].    

 Busto de Marco Tulio Cicerón
(Foto: Descubre Nombres)



[1] Véase Federación Internacional Una Voce, Positio Paper 7: El latín como lengua litúrgica [véase aquí].

[2] Carta a los obispos que acompaña al motu proprio Summorum Pontificum (2007): “El uso del antiguo misal supone un cierto grado de formación litúrgica y algún conocimiento de la lengua latina, cosas que no se encuentra muy a menudo”. En términos de la ley de la Iglesia, la cuestión de los requisitos que deben reunir los sacerdotes que desean decir la forma extraordinaria fue aclarada en la Instrucción Universae Ecclesiae (2011), núm. 20, b): “En cuanto al uso del latín, se requiere un conocimiento básico, que permita al sacerdote pronunciar las palabras correctamente [mejor, todavía: “darles adecuada expresión”] y comprender su significado” (“ad usum Latini sermonis quod attinet, necesse est ut sacerdos celebraturus scientia polleat ad verba recta proferenda eorumque intelligendam significationem”).

[3] Código de Derecho Canónico (1917), canon 1364, § 2: “Los seminaristas aprenderán lenguas con precisión, especialmente el latín y su lengua materna” (“Linguas praesertim latinam et patriam alumni accurate addiscant”).

[4] Código de Derecho Canónico (1983), canon 249: “Institutiones sacerdotalis ratione proveantur ut alumni non tantum accurate lenguam patriam edoceantur, sed etiam linguam latinam bene calleant”.

[5] El Oxford Latin Dictionary (Oxford, Oxford University Press, 2nd. edition, 2012) define callere como “tener experiencia, ser hábil o experimentado en algo”.

[6] Concilio Vaticano II, Decreto sobre los seminarios Optatam totius (1965), núm. 13: […] ac praeterea eam linguae latinae cognitionem acquirant, qua tot scientiarum fontes et Ecclesiae documenta intelligere atque adhibere possint” [nota al pie] Studium linguae liturgicae ritui propriae necessarium habeatur, cognitio vero congrua linguarum Sacrae Scripturae et Traditionis valde foveatur”. La nota al pie se refiere a la Carta Apostólica de Pablo VI Summi Dei Verbum (1963), núm. 1 (véase infra, nota 13).

[7] Concilio Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium (1963), núm. 36, §1: “Linguae latinae usus, salvo particulare iure, in Ritibus latinis servetur”. Cfr. núm. 54 de la misma constitución: “Sin embargo, deberán tomarse medidas para que los fieles también puedan recitar o cantar juntos en latín aquellas partes del Ordinario de la Misa que les corresponden” (“Provideatur tamen ut christifideles etiam lingua latina partes Ordinarii Missae quae ad ipsos spectant simul dicere vel cantare”).

[8] Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, núm. 101, § 1: “De acuerdo con la tradición centenaria del rito latino, se conservará el latín por los clérigos en el oficio divino” (“Iuxta saecularem traditionem ritus latini, in Officio divino lingua latina clericis servanda est”). Se reiteró esto en la Instrucción In edicendis (1965), núm. 1, que se extiende en la enumeración de los casos en que se puede otorgar concesiones, incluidos los países de misión.

[9] Pío XI, Carta apostólica Officiorum omnium (1922), Actae Apostolicae Sedis 14 (1922) pp. 349-358: “Por tanto –y tal como está garantizado por el Derecho Canónico (Codex Iuris Canonici, can. 1364)- deseamos que, en las escuelas de literatura donde las expectativas de las sagradas órdenes alcanzan su madurez, se instruya a los alumnos muy cuidadosamente en la lengua latina. Lo deseamos también para que, en caso de que posteriormente aborden las disciplinas más avanzadas que, ciertamente, deben ser enseñadas y aprendidas en latín, no ocurra que, por ignorancia de esta lengua, se vean impedidos de lograr una comprensión cabal de las doctrinas, o de ejercitarse en aquellas disciplinas escolásticas mediante las cuales los jóvenes talentosos se especializan para la defensa de la verdad”.   

[10] Congregación para los seminarios, Carta Latinam excolere linguam (1957), Actae Apostolicae Sedis 50 (1958), pp. 292-906.

[11] Juan XXIII, Constitución Apostólica Veterum sapientia (1962), núm. 11, § 4: “Donde quiera que el estudio del latín se ha eclipsado parcialmente por la asimilación del programa académico al existente en las escuelas públicas estatales, con el resultado de que la instrucción que se da ya no es tan profunda y bien fundada como antiguamente, restáurese completamente el método tradicional de enseñanza del latín. Tal es nuestra voluntad, y no debiera albergarse por nadie duda alguna sobre la necesidad de vigilar estrictamente el curso de los estudios que siguen los estudiantes eclesiásticos, y no sólo en cuanto al número y calidad de los temas que estudian sino también al lapso dedicado a la enseñanza de estas materias” (“Sicubi autem, ob assimilatam studiorum rationem in publicis civitatis scholis obtinentem, de linguae Latinae cultu aliquatenus detractum sit, cum germanae firmaeque doctrinae detrimento, ibi traslaticium huius linguae tradendae ordinem redintegrari omnimo censemus; cum persuasum cuique esse debeat, hac etiam in re, sacrorum alumnorum institutionis rationem religiose esse tuendam, non tantum ad disciplinarum numerum et genera, sed etiam ad earum docendarum temporis spatia quod attinet”).

[12] Congregación para los seminarios, Sacrum latinae linguae depositum (1962), Acta Apostolicae Sedis 54, pp. 339-368. Este documento analiza con gran detalle el contenido de los programas de los seminarios.

[13] Pablo VI, Carta Apostólica Summi Dei Verbum (1963): “La formación cultural del joven sacerdote debe ciertamente incluir un conocimiento adecuado de idiomas y especialmente del latín (en particular aquellos sacerdotes del rito latino)” (“In studiorum denique supellectile, que adulescens clerus ornari oportet, sane ponenda est non exigua variarum linguarum scientia, in primisque Latine, si maxime de sacedotibus agatur Latini ritus”).

[14] Pablo VI, Carta Apostólica Sacrificium laudis (1966): “Sin embargo, las cosas que hemos mencionado [es decir, las solicitudes de permiso para recitar el oficio en vernáculo] siguen teniendo lugar aunque el Concilio Ecuménico Vaticano II, tras las debidas deliberaciones, ha expuesto solemnemente cuál es su pensamiento (Sacrosanctum Concilium, núm. 101, § 1), y luego de la publicación de claras normas en las Instrucciones subsiguientes.  En la primera Instrucción (ad exsecutionem Constitutionis de sacra Liturgia recte ordinandam), publicada el 26 de septiembre de 1964, se decretó lo que sigue: 'En la celebración del oficio divino en coro, los clérigos están obligados a conservar la lengua latina' (núm. 85). En la segunda Instrucción (de lingua in celebrandis Officio divino et Missa “conventuali” aut “communitatis” apud Religiosos adhibenda), publicada el 23 de noviembre de 1965, se reiteró esa norma, y se tuvo al mismo tiempo debida consideración del provecho espiritual de los fieles y de las condiciones especiales que prevalecen en los territorios de misión. Por lo tanto, hasta que no se dicte otra norma, estas normas están en vigor y exigen aquella obediencia en que los religiosos deben ser ejemplares, como queridos hijos de la santa Iglesia” (“Sed ea, quae supra diximus, fieri contingunt, postquam Concilium Oecumenicum Vaticanum Secundum meditate ac sollemniter hac de re sua edixit sententiam [cf. Const. de sacra Lit. Sacrosanctum Concilium,n. 101.1] et Instructionibus eam subsecutis certae editae sunt normae; in quarum Instructione altera, ad exsecutionem Constitutionis de sacra Liturgia recte ordinandam die XXVI mensis septembris anno MCMLXIV emissa, haec sunt decreta: “In divino Officio in choro persolvendo clerici linguam latinam servare tenetur” [n. 85]; altera vero, quae de lingua in celebrandis Officio divino et Missa “conventuali” aut “communitatis” apud Religiosos adhidenda inscribitur ac die XXIII mensis novembris anno MCMLXV fuit divulgata, praeceptum illud confirmatur simulque ratio ducitur spiritualis fidelium emolumenti et peculiarium condicionum, quae in regionibus obtinent missionali opere excolendis. Donec ergo aliter legitime statuatur, hae leges vigent et optemperantiam exspostulant, qua religiosos sodales, filios Ecclesiae carissimos, apprime commendari oportet”).

[15] Congregación para la Educación Católica, Instrucción Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis (1970), núm. 66: “Al terminarse estos estudios, cualquier deficiencia en el conocimiento que se exige a un sacerdote debe ser remediada ya sea antes o durante el estudio de la filosofía, como indica el núm. 60. Un ejemplo de deficiencia podría referirse a un manejo razonable del latín, que la Iglesia continua e insistentemente exige. Una lista y un programa de estos estudios debiera incluirse en el Esquema para la Formación Sacerdotal”.

[16] Pablo VI, Quirógrafo Romani sermones (1976). El objetivo de la Fundación es promover el uso y el estudio del latín.

[17] Juan Pablo II, Carta Apostólica  Dominicae Cenae (1980), núm. 10: “La Iglesia romana tiene una especial obligación referente al latín, la espléndida lengua de la antigua Roma, y la hace manifiesta cada vez que se presenta la ocasión” (“Ecclesia quidem Romana erga linguam latinam, praestantissimum sermonem Urbis Romae antiquae, peculiari obligatione devincitur eamque commonstret opportet, quotiescumque offertur occasio”).

[18] Congregación para la Educación Católica, Instrucción Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis (1980): “el Concilio está lejos de haber proscrito el uso de la lengua latina. De hecho, hizo lo contrario. Así pues, la exclusión sistemática del latín es un abuso que debe ser tan condenado como el deseo sistemático de algunos de usarlo con exclusividad. Su súbita y total desaparición no dejará de tener graves consecuencias pastorales”.

[19] Congregación para la Educación Católica, Instrucción Inspectis dierum (1989), núm. 66: “Pero es claro que se necesita instrumentos y recursos adecuados para emprender los estudios patrísticos. Entre ellos están las bibliotecas bien provistas en patrística ('corpora' o colecciones, monografías, comentarios o periódicos, diccionarios). Es claro que, del mismo modo, se necesitan las lenguas clásicas y modernas. Sin embargo, puesto que las escuelas actuales son claramente deficitarias en los estudios humanísticos, deberemos, hasta donde sea posible, fortalecer aún más el estudio del latín y del griego en nuestros institutos de formación sacerdotal” (“Perspicuum est autem ad studia patrística apte peragenda necessaria esse instrumenta et subsidia congruentia –ut biblioteca rite instructa quoad patristicam (corpora seu collectiones, monographiae, commentarii seu ephemerides, lexica), atque linguas classicas et hodiernas necessarias quoque esse. Sed cum in excolendis studiis humanisticis scholae nostri temporis aperte deficiant, opus erit –quod id fieri possit- ut in nostris Institutis formationis sacerdotalis studia linguae Graecae et Latinae amplius corroborantur”).

[20] Benedicto XVI, Exhortación post-sinodal Sacramentum caritatis (2007), núm. 62: “In universum petimus ut futuri sacerdotes, inde a Seminarii tempore, ad Sanctam Missam Latine intelligendam et celebrandam nec non ad Latinos textus usurpandos et cantum Gregorianum adhibendum instituantur: neque neglegatur copia ipsis fidelibus facienda ut notiores in lingua Latina preces ac pariter quorundam partium in cantu Gregoriano cantus cognoscant”.

[21] Congregación para el Clero: El don de la vocación sacerdotal: Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis (2016), 183.

[22] Véase también Federación Internacional Una Voce, Positio Paper 7: El latín como lengua litúrgica [véase aquí].

[23] Pablo VI, Sacrificium laudis: “cum sit in Ecclesia latina christiani cultus humani fons uberrimus et locupletissimus pietatis thesaurus”, y “[r]ogamus igitur omnes, ad quos pertinent, ut ponderent, quae dimittere velint, neque fontem sinant inarescere, unde ad praesens usque tempus ubertim hauserint”.

[24] Es importante hacer notar que, de los documentos citados en esta Positio, los siguientes no tienen traducción ni al inglés ni al francés ni al alemán en el sitio web del Vaticano: Officiorum omnium, de Pío XII; Veterum sapientia, de San Juan XXIII; Sacrum Latinae linguae depositum, de la Congregación para los Seminarios; Instrucción In edicendis de la Sagrada Congregación de los Ritos; Sacrificium laudis, de Pablo VI; Ratio fundamentalis, de la Congregación para la Educación Católica (tanto en su versión de 1970 como en la de 1980), e Inspectis dierum (de estos textos, sólo Veterum sapientia tiene traducción al castellano, y sólo Sacrificium laudis al italiano). En otros lugares hay algunas traducciones no oficiales al vernáculo de algunos de éstos, pero no de todos.

[25] Incluso una obra tan importante e influyente como Theologia moralis de San Alfonso María de Ligorio no tiene traducción al inglés. Los estudiantes que no saben latín tienen acceso a una versión muy abreviada, y quedan sometidos a las discutibles opiniones de los traductores.

[26] Pío X, Officiorum omnium: “[Si se enseñara cuidadosamente el latín] no ocurrirá más lo que tanto lamentamos: nuestros clérigos y sacerdotes que, por el descuido con que se presenta los extensos volúmenes de los Padres y Doctores de la Iglesia donde se explica los dogmas de la Fe, se los presenta muy lúcidamente y se los defiende irrebatiblemente, no han puesto suficiente empeño en el estudio de la literatura latina, buscan por sí mismos el adecuado apoyo doctrinal en autores más recientes, entre los cuales falta, por lo general, no sólo una forma de expresarse clara y un buen método de exposición, sino también una interpretación fidedigna de los dogmas”.   

[27] Juan XXIII, Veterum sapientia, núm. 11, § 2: “En el ejercicio de su paternal cura [los obispos] deberán prestar atención a que nadie, sometido a su jurisdicción, por hambre de cambios revolucionarios escriba contra el uso del latín en la enseñanza, al más alto nivel, de las sagradas disciplinas o de la liturgia, o por prejuicios haga irrisoria la voluntad de la Santa Sede en este sentido, o la interprete falsamente” (“Paterna iidem sollicitutine caveant, ne qui e sua adicione, novarum rerum studiosi, contra linguam Latinam sive in altioribus sacris disciplinis tradendis sive in sacris habendis ritibus usurpandam scribant, neve praeiudicata opinione Apostolicae Sedis voluntantem hac in re extenuent vel perperam interpretentur”).

[28] Concilio Vaticano II, Optatam totius, núm. 13, citado en el párrafo 3 del texto.

[29] Congregación para la Educación Católica, Inspectis dierum, núm. 53: “El estudio de la Patrología y de la Patrística, que en sus inicios consiste en destacar los [temas], exige que se use manuales y otros recursos bibliográficos. Cuando se topa con cuestiones difíciles y complejas de la teología patrística, sin embargo, no basta ninguno de estos apoyos: se tiene que ir directamente a los textos mismos de los Padres. Para ello conviene que la Patrística sea enseñada y aprendida –especialmente en las academias y en los programas de estudio especializados- mediante la remisión, tanto del profesor como de los alumnos, a las fuentes primarias mismas”.

[30] Benedicto XVI, Lingua latina, núm. 2: “También en nuestros días es vital, como lo enseña el Concilio Vaticano II, el conocimiento del latín y de la cultura latina a fin de explorar en las fuentes de las que manan, en general, tantas ramas de las ciencias, como la Teología, los estudios litúrgicos, la Patrística y el Derecho canónico (véase el Decreto sobre la educación de los sacerdotes, Optatam totius, núm. 13) [“Nostris quoque temporibus Latinae linguae et cultus cognitio perquam est necessaria ad fontes vestigandos ex quibus complures disciplinae ceteroqui hauriunt, exempli gratia Theologia, Liturgia, Patrologia et Ius Canonicum, quemadmodum Concilium Oecumenicum Vaticanum II docet (cfr. Decretum de Institutione sacerdotali, Optatam totius, 13)”].

[31] Juan XXIII, Alocución a los ganadores del 12° Concurso Vaticano, 22 de noviembre de 1958: “[…] en este aspecto dais una ayuda de gran valor a la Iglesia romana, que ha preservado la dignidad del lenguaje del Lacio, ya que siempre lo ha considerado un vínculo de unidad, un signo visible de estabilidad y un instrumento de mutua amistad”) (“id facientes, Romanae Ecclesiae magni pretii auxilium confertis, quae Latii sermonis dignitatem servavit, quippe quod unitatis vinculum, stabilitatis aspectabile signum, mutuae necessitudinis instrumentum semper existimaret”).

[32] Pío XI, Officiorum omnium: “Puesto que el latín es tal lengua, fue designio divino que resultara ser algo tan maravillosamente útil para la Iglesia como maestra, y que también sirviera como el gran vínculo de unión para los fieles más ilustrados de Cristo, es decir, dándoles un medio por el cual, estando separados o reunidos en un solo lugar, pudieran comparar sus respectivos pensamientos y las intuiciones de su espíritu, como también –lo cual es todavía más importante- un medio para que pudieran comprender más profundamente las cosas de la Santa Madre Iglesia y se unieran más estrechamente a la cabeza de Ella”.

[33] Benedicto XVI, Lingua latina, núm. 1: “Latina Lingua permagni ab Ecclesia Catholica Romanisque Pontificibus usque est aestimata, quandoquidem ipsorum propria habita est lingua”.

[34] Las ventajas del latín como lengua común no se limitan a los clérigos ni a los católicos. El apologista anglicano C. S. Lewis mantuvo con un sacerdote italiano, Giovanni Calabria, una correspondencia en latín desde 1948 hasta 1961, y después de la muerte de éste, con miembros de su congregación, siendo el latín la única lengua que tenían en común. Véase The Latin Letter of C.S. Lewis: C.S Lewis & Don Giovanni Calabria, editado y traducido por Martin Moynihan (South Bend, Indiana, S. Augustine’s Press, 1998).

[35]  Keysar, B./Hayakawa, S. L./An, S. A., “The Foreign Language Effect: Thinking in a Foreign Tongue Reduces Decision Biases’, Psychological Science 23 (2012) (pp. 661-668), p. 666: El efecto de la lengua extranjera en la toma de decisiones es determinado con mucha probabilidad por múltiples factores que aumentan la distancia psicológica y promueven la deliberación’.

[36] Juan XXIII, Veterum Sapientia, núm. 3: “Por su naturaleza misma el latín es aptísimo para promover toda forma de cultura entre diversos pueblos, porque no da lugar a celos, no favorece a grupo alguno, sino que se presenta con igual imparcialidad, bondad y amistad para todos” (“Suae enim sponte naturae lingua Latina ad provehendum apud populos quoslibet omnem humanitatis cultum est peraccommodata: cum invidiam non commoveat, singulis gentibus se aequabilem praestet, nullius partibus faveat, omnibus postremo sit grata et amica”).

[37] Esto es algo que Lingua latina, núm. 2, reafirma: “Además, a fin de manifestar la naturaleza universal de la Iglesia, los textos litúrgicos del rito romano presentan su forma paradigmática en latín, como lo hacen también los principales documentos del Magisterio y los actos solemnes y oficiales de los Romanos Pontífices” (“In hac praeterea lingua, ut universalis Ecclesiae natura pateat, typica forma sunt scripti liturgici libri Romani Ritus, praestantiora Magisterii pontificii Documenta necnon sollemniora Romanorum Pontificum officialia Acta”).

[38] Juan XXIII, Veterum sapientia, núm. 11, § 4: “Quodsi, vel temporum vel locorum postulante cursu, ex necessitate aliae sint ad comunes adiciendae disciplinae, tunc ea de causa aut studiorum ad aliud reiciatur tempus”.

[39] Pablo VI, Sacrificum laudis: “Procul dubio lingua latina sacrae militiae vestrae tironibus aliquam et fortasse haud tenuem difficultatem opponit. Haec autem, quemadmodum novistis, talis non est habenda, ut vinci et superari non possit”.

[40] Quod si in quopiam homine laico, qui quidem sit tinctus litteris, latinae linguae, quam dicere catholicam vere possumus, ignoratio quemdam amoris erga Ecclesiam languorem indicat, quanto magis omnes clericos, quotquot sunt, decet eiusdem linguae satis gnaros esse atque peritos!".

[41] Juan Pablo II, Discurso a la Fundación Latinitas, de 27 de noviembre de 1978, Acta Apostolicae Sedis vol. 74 (1979), pp. 44-46: “Ad iuvenes ergo imprimis convertimur, qui hac aetate, qua litterae Latinae et humanitatis studia multis locis, ut notum est, jacent, hoc veluti Latinitatis patrimonium, quod Ecclesia magni aestimat, alacres accipiant opportet et actuosi frugiferum reddant. Noverint ii hoc Ciceronis effatum (Brutus 37, 140) ad se quodam modo referri “Non… tam praeclarum est scire Latine, quem turpe nescire”. Omnes autem vos qui hic adestis, et socios qui vobis opitulantur, adhortamur ut pergatis [sic] nobilem laborem et attollatis faciem Latinitatis quae est etiam, licet arctioribus quam antea finibus circumscriptum, vinculum quoddam inter homines sermone diversos. Scitote beati Petri in summo ministerio Successorem incepti vestri felices exitus precari, vobis adesse, vos confirmare”.