domingo, 25 de enero de 2015

El Cardenal Burke sobre el posconcilio, la liturgia y el Sínodo Extraordinario

Les ofrecemos a continuación la transcripción de una muy interesante entrevista concedida recientemente por S. Emcia. Revma. el Cardenal Raymond Leo Burke (nacido en 1948) a Gloria TV, en que entrega su opinión sobre las reformas posconciliares, especialmente la litúrgica, los contrastes entre ambas formas del Rito Romano, el Sínodo Extraordinario sobre la familia de 2014, la llamada «doctrina Kasper», la autoridad del Romano Pontífice y otros importantes temas relacionados con la Fe Católica, todos de gran actualidad.  La traducción, con algunas correcciones y agregaciones menores de la Redacción, es de Zela Fabbri y fue publicada originalmente en el sitio Adelanta la Fe, a cuyos responsables expresamos nuestro agradecimiento. Se han conservado los destacados introducidos por ese medio, y se han agregado por la Redacción algunos adicionales.


Cardenal Burke: «Lo ocurrido después del Concilio fue muy fuerte, incluso en algunos casos violento»

 

Sobre el Concilio Vaticano II

Su Eminencia, usted creció antes del Concilio Vaticano II. ¿Cómo recuerda aquellos tiempos? 

Yo crecí en un tiempo muy hermoso en la Iglesia, en la que se nos instruía cuidadosamente en la Fe, tanto en casa como en la escuela católica, en especial con el Catecismo de Baltimore. Recuerdo la gran belleza de la Sagrada Liturgia, con hermosas Misas incluso en nuestro pequeño pueblo agrícola [Richland Center, Wisconsin]. Y luego, por supuesto que estoy muy agradecido a mis padres que me dieron una formación muy sólida  sobre  la forma de vivir como católico. Así es que fueron años muy hermosos.

Un amigo mío que nació después del Concilio solía decir: «No todo era bueno en los viejos tiempos, pero todo era mejor». ¿Qué opina de esto?

Bueno, tenemos que vivir en cualquier momento que el Señor nos da. Ciertamente, tengo muy buenos recuerdos de crecer en la década de 1950 y principios de 1960. Creo que lo más importante es que apreciamos la naturaleza orgánica de nuestra Fe Católica y valoramos la tradición a la que pertenecemos y por la cual  la Fe ha llegado a nosotros.

¿Abrazó con entusiasmo los grandes cambios después del  Concilio?

Lo que  sucedió inmediatamente después del Concilio —en aquel momento yo estaba en el seminario menor [Seminario de la Santa Cruz de La Crosse, Wisconsin], y observábamos  lo que estaba ocurriendo en el Concilio fue muy  fuerte, incluso en algunos casos violento. Tengo que decir que, aun cuando era joven, empecé a cuestionar algunas cosas si esto era realmente lo que se pretendía con el Concilio—, porque advertí que muchas cosas hermosas que la Iglesia tenía de repente desaparecían e incluso ya no eran consideradas hermosas. Pienso, por ejemplo, en la gran tradición del canto gregoriano o el uso del latín en la celebración de la Sagrada Liturgia. Y, luego, también estaba el llamado «espíritu del Concilio Vaticano I» que  influyó otras áreas por ejemplo, la vida moral, la enseñanza de la Fe y seguidamente vimos tantos sacerdotes abandonar su ministerio sacerdotal, y a muchas hermanas religiosas renunciar a la vida religiosa. Así es que, sin duda alguna habían aspectos del período post-conciliar que planteaban preguntas.



Usted fue ordenado sacerdote en 1975. ¿Cree usted que algo se ha hecho mal en la Iglesia?

Sí, yo creo que sí. De alguna manera, hemos perdido el fuerte sentido de la centralidad de la Sagrada Liturgia y, por tanto, de la función sacerdotal y el ministerio en la Iglesia. Tengo que decir que yo estaba tan fuertemente criado en la Fe, y tenía un  sólido entendimiento de la vocación, que nunca podría rechazar hacer lo que Nuestro Señor estaba pidiendo. Pero vi que había algo que sin duda había salido mal. Fui testigo, por ejemplo, cuando era un joven sacerdote, del vacío de la catequesis. Los textos de catequesis eran muy pobres. Entonces fui testigo de las experimentaciones litúrgicas  algunas de las cuales no quiero ni recordar, la pérdida de la vida devocional, la asistencia a la Misa del domingo comenzó a disminuir de manera constante: todo ello me indicaba que algo había salido mal.

Sobre las dos formas de la Santa Misa

¿Podría haber imaginado en 1975 que, un día ofrecería Misa en el rito que fue abandonado por el bien de la renovación?

No, no me lo hubiera imaginado. Aunque, debo decir también que lo encuentro lógico, ya que es un rito muy hermoso y el que la Iglesia lo haya recuperado me parece un signo muy saludable. Pero, en aquel momento, la reforma litúrgica en particular fue muy radical y, como he mencionado antes, incluso violenta, por lo que el pensamiento de una restauración no parecía algo posible. Pero, gracias a Dios, sucedió.



Jurídicamente, el Novus Ordo y la Misa latina tradicional son el mismo rito. ¿Es esto también su verdadera experiencia cuando celebra una Misa pontifical solemne en el nuevo o en el antiguo rito?

Sí, entiendo que ellas son el mismo rito, y creo que, cuando el llamado nuevo rito o la forma ordinaria se celebra con gran cuidado y con un fuerte sentido de que la Santa Liturgia es la acción de Dios, uno puede ver más claramente la unidad de las dos formas de  un mismo rito. Por otro lado, espero que con el tiempo algunos de los elementos que imprudentemente se retiraron del rito de la Misa, que ahora se ha convertido en la forma ordinaria, puedan ser restaurados, ya que la diferencia entre las dos formas es muy marcada.

¿En qué sentido?

En la rica articulación de la forma extraordinaria, todo apunta  siempre a la naturaleza teocéntrica de la liturgia; en cambio, esto prácticamente disminuye hasta el el grado más bajo posible en la forma ordinaria.


Sobre el Sínodo 2014

El Sínodo sobre la familia ha sido un golpe e incluso un escándalo, sobre todo para las familias católicas jóvenes que son el futuro de la Iglesia. ¿Tienen ellos motivos para preocuparse?

Sí, lo tienen. Creo que la relatio intermedia del Sínodo, que terminó el 18 de octubre pasado, es quizás uno de los documentos públicos más impactantes de la Iglesia que yo podría imaginar. Y, es también motivo de alarma muy grave, siendo especialmente importante que las buenas familias católicas que están viviendo la belleza del Sacramento del Matrimonio se consagren a una vida matrimonial sólida  y que también  utilicen cualquier ocasión  para dar  testimonio  de la belleza y verdad que están experimentando a diario en su vida matrimonial.

[Nota de la Redacción: El Pontificio Consejo para los laicos convocó a los líderes los principales movimientos laicales (alrededor de ochenta) para saber su parecer sobre las 46 preguntas que servirán de base al documento de trabajo con que comenzará el sínodo de octubre de este año, continuación de que aquel sobre el que habla el cardenal Burke en su entrevista. De forma casi unánime, estos movimientos se han manifestado a favor de mantener la doctrina tradicional de la Iglesia sobre la familia. Puede verse aquí una interesante columna al respecto].

Prelados de  alto rango continúan dando la impresión de que el «progreso» en la Iglesia consiste en  la promoción de la agenda gay y la temática del divorcio. ¿Creerán ellos realmente que estas cosas van a originar una nueva primavera en la Iglesia?

No sé cómo podían creer tal cosa. ¿Cómo  podría ser que, por ejemplo, del divorcio —que la Constitución pastoral sobre la Iglesia Gaudium et Spes llama una plaga en la sociedad o de la promoción de las relaciones homosexuales que son intrínsecamente malas provenga algo bueno? En realidad, lo que vemos es que tienen como resultado la destrucción de la sociedad, la ruptura de la familia, la ruptura de la fibra de la sociedad, y, por supuesto, en el caso de los actos contra natura, la corrupción de la sexualidad humana, la cual es ordenada esencialmente hacia el matrimonio y a la procreación de los hijos.



[Nota de la Redacción: Puede verse aquí lo dicho por el Papa en la reciente conferencia de prensa dada durante el viaje de regreso desde Sri Lanka y Filipinas].

¿No cree usted que el principal problema en vastos territorios de la Iglesia es la falta de familias católicas y, sobre todo,  la falta de niños católicos? ¿No debería más bien haber sido esto el eje del Sínodo?

Eso creo, y mucho. La Iglesia cuenta con sólida vida familiar católica, y depende de las familias católicas sólidas. Yo creo que, cuando la Iglesia está sufriendo más, también el matrimonio y la vida familiar están sufriendo. Vemos que cuando en el matrimonio las parejas no son generosas en traer una nueva vida al mundo, sus propios matrimonios disminuyen, así como la sociedad  misma. Somos testigos de que en muchos países en que la población local, que en muchos casos sería cristiana, está desapareciendo debido a que la tasa de natalidad es muy baja. Y algunos de estos lugares —por ejemplo, donde también hay una fuerte presencia de las personas que pertenecen al Islam nos encontramos con que la vida musulmana se está apoderando de los países que antes eran cristianos.

[Nota de la Redacción: Respecto de Francia, otrora hija predilecta de la Iglesia y tan conmocionada en estos días por los atentados perpetrados en París por terroristas islámicos, fueron proféticas las palabras sobre el Islam del beato Charles de Foucauld (1858-1916) escritas en 1907 y que pueden ser revisadas aquí].

Sobre la Fraternidad de San Pío X

En muchas partes de Europa Occidental y los EE.UU., las únicas parroquias que aún tienen niños pertenecen a la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, mientras que diócesis enteras están desiertas. ¿Los obispos toman nota de esto?

Me imagino sí. No tengo experiencia directa de lo que usted está describiendo. A partir de mi propio experiencia como obispo de La Crosse, Wisconsin, y como Arzobispo de Saint Louis, Missouri, he oído esto acerca de algunas diócesis en ciertas naciones europeas donde prácticamente son incapaces de continuar, pero existe una fuerte presencia de aquellos que pertenecen a la Fraternidad de San Pío X. No puedo dejar de pensar que los obispos en esos lugares deben tener conocimiento de lo mismo y deben reflexionar sobre ello.

Sobre los  jóvenes católicos

La mayoría de los  católicos practicantes en una parroquia promedio en Europa Occidental y los EE.UU. son los que fueron bautizados y catequizados antes del Concilio. ¿Está la Iglesia en estos países viviendo de su pasado?

Creo que mi generación, por ejemplo, fue bendecida al poder crecer en un momento en el que había una fuerte práctica de la Fe Católica, una fuerte tradición de participación en la Misa dominical y en la Sagrada Liturgia, una fuerte vida devocional, un fuerte enseñanza de la Fe. Pero, de alguna manera, yo creo que, por desgracia, nos lo tomamos como algo seguro, y no se dio la misma atención a continuar la transmisión de la Fe como la habíamos recibido para el  éxito de las futuras  generaciones. Ahora lo que yo veo es que muchos jóvenes tienen hambre y sed —y esto ya desde hace algún tiempo —de conocer la Fe Católica en sus raíces y experimentar muchos aspectos de la rica tradición de la Fe. Así es que creo que hay una recuperación precisamente de lo que durante un período de tiempo se había perdido o no se cuidó de manera adecuada. Creo que ahora está ocurriendo un  renacimiento de jóvenes católicos.




¿El Sínodo sobre la Familia tiene algún plan para promover el matrimonio y para alentar y apoyar a las familias con muchos hijos?

Sinceramente espero que así sea. Yo no soy parte de la dirección central o del grupo de cardenales y obispos que colaboran en la organización y dirección del Sínodo de los Obispos. Pero sin duda que así  lo espero.


De la Propuesta Kasper

Muchos católicos temen que, al final, el Sínodo de los Obispos recurrirá a un doble lenguaje. Razones «pastorales» se utilizan para, en la práctica, cambiar la doctrina. ¿Se justifican tales  temores?

Sí. De hecho, uno de los argumentos más insidiosas utilizados en el Sínodo para promover las prácticas que son contrarias a la doctrina de la Fe es el argumento de que, «Nosotros no estamos tocando la doctrina, creemos en el matrimonio como la Iglesia siempre ha creído en él; sólo estamos haciendo cambios en la disciplina». Pero en la Iglesia Católica esto nunca puede ser, porque, en ella su disciplina siempre se relaciona directamente con su enseñanza. En otras palabras: la disciplina está al servicio de la verdad de la Fe, de la vida en general en la Iglesia Católica. Y así, no se puede decir que el cambiar una disciplina no tiene algún efecto sobre la doctrina que la  protege o salvaguarda o promociona.

El término «misericordia» se utiliza para cambiar la doctrina de la Iglesia e incluso el Nuevo Testamento con el fin de justificar el pecado. ¿Fue insincero este uso del término «misericordia» expuesto en el Sínodo?

Sí, lo fue. Había padres sinodales que hablaron acerca de un falso sentido de la misericordia, que no tendría en cuenta la realidad del pecado. Me acuerdo de un Padre sinodal que dijo: «¿Ya no existe el pecado? ¿Acaso ya no lo reconocemos?». Creo que fue muy fuertemente confrontado por algunos Padres sinodales. El pastor alemán protestante luterano que murió durante la Segunda Guerra Mundial, Dietrich Bonhoeffer, utilizaba una analogía interesante. Habló acerca de la gracia «costosa» y la gracia «barata». Bueno, no hay gracia «barata». Cuando la vida de Dios se da a nosotros como lo es en la Iglesia, exige de nosotros una nueva forma de vida, una conversión diaria a Cristo, y sabemos que la misericordia de Dios se da en la medida que abrazamos la conversión y nos esforzamos por hacer nuevo, en Cristo, cada día de nuestra vida  y para superar nuestros pecados y nuestras debilidades.

¿Por qué el término «misericordia» es utilizado para los adúlteros, pero no para los pedófilos? En otras palabras: ¿Tiene la iglesia  los medios para decidir cuándo se permite aplicar la «misericordia» y cuándo no?

Esto, también, es un punto al que se  dio atención  durante el Sínodo. La misericordia  tiene que ver con la persona que, por la razón que sea, está cometiendo pecado. Hay que llamar  a esa persona siempre hacia el bien en otras palabras, llamarla  a ser quien  ella realmente es: hija de Dios. Pero al mismo tiempo, hay que reconocer los pecados, ya sean el adulterio o la pedofilia o el robo o el asesinato cualquiera que este  sea como grandes males, como  pecados mortales y, por tanto, como intolerables para nosotros. No podemos aceptarlos. La mayor caridad, la misericordia más grande que podemos mostrar al pecador, es reconocer la maldad de los actos que él o ella está cometiendo y llamar a esa persona a la verdad.





Sobre  el poder y la autoridad del Papa

¿Todavía tenemos que creer que la Biblia es la autoridad suprema de la Iglesia y no puede ser manipulada ni siquiera por los obispos o el Papa?

¡Por supuesto! La palabra de Cristo es la Verdad a la que todos estamos llamados a ser obedientes y, ante todo, a la que el Santo Padre está llamado a obedecer. En algún momento durante el Sínodo, habían hecho referencia a la plenitud del poder del Santo Padre, que en latín llamamos plenitudo potestatis, dando la impresión de que el Santo Padre podría incluso, por ejemplo, disolver un matrimonio válido que se ha consumado. Y eso no es cierto. La «plenitud del poder» no es un poder absoluto. Es la «plenitud del poder» para hacer lo que Cristo ordena de nosotros en obediencia a Él. Así es que todos seguimos a Nuestro Señor Jesucristo, comenzando con el Santo Padre.



Un arzobispo dijo recientemente: «obviamente seguimos la doctrina de la Iglesia sobre la familia». Luego agregó: «hasta que el Papa decida otra cosa». ¿Tiene el Papa el poder de cambiar la doctrina?

No. Esto es imposible. Sabemos lo que la enseñanza de la Iglesia  sobre la familia ha sido siempre la misma. Fue, por ejemplo, expresada por el Papa Pío XI en su encíclica Casti connubii. Fue expresada por el Papa Pablo VI en Humanae vitae. Y expuesta de manera admirable por el Papa San Juan Pablo II en la Familiaris consortio. Esa enseñanza es inmutable. El Santo Padre puede dar como servicio la defensa de la enseñanza presentándola con novedad y frescura, pero sin cambiarla.

Se dice que los cardenales llevan el  color rojo para representar la sangre de los mártires que murieron por Cristo. A excepción de John Fisher, quien fue nombrado cardenal cuando ya estaba en la cárcel, ningún  cardenal ha muerto por la Fe. ¿Cuál es la razón de esto?

No lo sé, no puedo explicarlo. Ciertamente, algunos cardenales han sufrido mucho por la Fe. Pensemos en el Cardenal Mindszenty (1892-1975), por ejemplo, en Hungría, o el Cardenal Stepinac (1898-1960) en lo que fue Yugoslavia. Y pensemos en otros cardenales de diferentes períodos de la historia de la Iglesia que tuvieron que sufrir mucho para defender la Fe. El martirio puede tomar no solo la forma sangrienta. Hablo del martirio rojo, pero también hay un martirio blanco que consiste en enseñar fielmente la verdad de la Fe y la defensa de ella, y tal vez ser enviado al exilio, como ha ocurrido a algunos cardenales, o que sufren de otras maneras. Pero lo importante para un cardenal ha de ser la defensa de la Fe usque ad effusionem sanguinis, vale decir, incluso hasta el derramamiento de sangre. Así un cardenal tiene que hacer todo lo posible para defender la Fe, incluso si esto significa el derramamiento de sangre. Pero también todo lo que va antes de eso.



Sobre las cosas favoritas del Cardenal Burke, sus más gratos recuerdos y el temor al Juicio

Su Eminencia, algunas observaciones rápidas: ¿Quién es su santo preferido?

Bueno, la Madre Santísima, obviamente, es la favorita de todos nosotros.

¡Eso no cuenta!

[Risas]  También tengo una gran devoción a san José. Pero una santa que realmente me ha ayudado mucho durante mi vida, desde el momento en que era un niño y en el seminario, es Santa Teresa de Lisieux, la Pequeña Flor. Su Caminito sigue siendo, para mí, muy útil en mi vida espiritual.

¿Cuál es su oración favorita?

El Santo Rosario.


¿Cuál es su libro favorito?

Supongo que el Catecismo no cuenta. [Risas] 

No, y tampoco la Biblia.

Me gusta también mucho los escritos del beato Columba Marmion (1858-1923), especialmente sus escritos espirituales, y también soy aficionado a los escritos del arzobispo Fulton Sheen (1895-1979), hoy siervo de Dios.

¿Cuál fue su mejor momento como sacerdote?

Yo creo que mi ordenación al sacerdocio. Pienso constantemente en ello y todo estaba allí, todo se ha desarrollado desde allí. Lo que encuentro más hermoso en el sacerdocio fue lo que se dio en los primeros cinco años posteriores a mi ordenación, cuando tuve un intenso servicio sacerdotal en la parroquia con el Sacramento de la Confesión, con muchas confesiones, y la celebración –—obviamente de la Santa Misa, y luego la enseñanza de la Fe a los niños. Esos recuerdos después, por un breve período de tres años, enseñé también en una escuela secundaria católica— son los que más atesoro de mi sacerdocio.

¿Teme el Juicio Final?

Por supuesto que sí. Uno piensa, por ejemplo, en toda la responsabilidad que uno tiene, primero como sacerdote, pero más aún como obispo y cardenal, y hace que uno examine su conciencia. Sé que hay cosas que  podría haber hecho mucho mejor, y eso me hace sentir temor. Pero espero que el Señor tenga misericordia de mí y oro por ello.

Gracias, señor Cardenal.

De nada.
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Quienes deseen ver el video (en inglés) con la entrevista original, pueden hacerlo aquí.

jueves, 22 de enero de 2015

Aviso importante

En razón de las vacaciones de verano, la labor de la Asociación entra en receso. Esto significa que se suspende la celebración dominical de la Santa Misa en la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria (Bellavista 37) a partir del domingo 1° de febrero, reanudándose el servicio litúrgico el domingo 1° de marzo. Durante el mes de febrero, empero, se continuará cantando la Santa Misa en la parroquia San Juan de Dios (Av. Tres 220, Cerrillos, frente a la plaza Buzeta) a las 20.00 horas (aquí su ubicación). Esta bitácora seguirá actualizándose normalmente. 

Espíritu y normas

Queremos ofrecer a nuestros lectores a continuación un artículo de opinión de uno de nuestros colaboradores estables, el Prof. D. Augusto Merino Medina.

 
Espíritu y normas

Prof. Augusto Merino Medina

 
Suele oírse en ámbitos eclesiales, y cada vez con mayor frecuencia, que hay entre espíritu y normas un enfrentamiento que debe resolverse en favor del espíritu. Lo más corriente es que se traiga a colación el caso de los fariseos, que se apegaban al cumplimiento de las normas y las formalidades, descuidando (o violando, incluso) el espíritu a cuyo servicio estaban puestas.

En la historia de la Iglesia ha habido varios períodos en que se ha llevado a la práctica, a veces de modo imprudente, esta idea de la superioridad del espíritu sobre las normas. Tal es el caso el de algunos movimientos milenaristas durante los siglos XIII, XIV y XV, los que, habiendo previsto «proféticamente» —según ellos— que se aproximaba la «edad del Espíritu Santo», planteaban que debía desecharse toda norma en la Iglesia y vivir con la libertad del Espíritu, que «sopla donde quiere» y no donde las «normas» quisieran que éste lo hiciera. 


En Chile, el milenarismo tuvo cierto impulso primero a través de la obra del Padre Manuel Lacunza SJ (1731-1801) y posteriormente por influjo del Rvdo. Juan Salas Infante, ya en pleno siglo XX, aunque no con en el sentido antinomista antes mencionado que luego se encarnará en la Nueva Era. Este resurgimiento motivó la consulta a la Congregación del Santo Oficio formulada en abril de 1940 por el arzobispo de Santiago, cardenal José María Caro (1866-1958). Dicha consulta decía relación con la enseñanza «mitigada» del milenarismo en algunos círculos católicos identificados con la Doctrina social de la Iglesia. La respuesta de Roma, fechada el 11 de junio de 1941, se remite a la prohibición de 1824, donde se establecía que el milenarismo, incluso mitigado, no podía ser enseñado sin peligro por carecer de base suficiente en las Escrituras o la Tradición. Por eso, se pedía encarecidamente al cardenal Caro que vigilase que tal doctrina no fuese difundida con cualquier pretexto, ni propagada, defendida, recomendada, fuese de viva voz o por escrito. Algunas de estas ideas de un reino terrestre de Dios como consumación material de la justicia social en el mundo fueron retomadas décadas más tarde por la teología de la liberación.

En el otro extremo hay posiciones, que no son difíciles de identificar con cierto positivismo alicorto, que insisten en el cumplimiento, incluso irreflexivo, rutinario y mecánico, de las normas, según aquella máxima «fiat iustitia et pereat mundus» («hágase la justicia y perezca el mundo»). La norma del Código Civil chileno de que no se ha de desconocer la letra de la ley a pretexto de consulta su espíritu cuando el sentido de ella es claro (artículo 19), podría, quizás, servir para ilustrar este otro extremo.

En el ámbito eclesiástico, la intranquilidad frente a las normas o la molestia que ellas causan se advierte, de preferencia, en sectores que, sin un ánimo derogatorio, cabría llamar «angelicalistas». Estos son aquellos sectores donde se pregona y con razón la importancia de lo interior, de lo auténtico e, incluso, de lo espontáneo que no es, por cierto, lo mismo que lo natural, pero que no prestan la debida atención a la condición pecadora de nuestra naturaleza.

A continuación exponemos algunas brevísimas reflexiones, que no aspiran a resolver la cuestión, sino que a encaminar a los interesados en el análisis de la misma.

Primeramente hay que recordar que Nuestro Señor declaró, de modo clarísimo y contundente, que Él no vino a derogar ni la ley ni los profetas sino que a darles cabal cumplimiento; que había de cumplirse hasta la última iota de la ley, y que era positivo observar ciertos preceptos legales, incluso mínimos (como pagar el diezmo de la menta y del comino), sin descuidar el espíritu. No entraremos en el estudio de estas ideas; pero vale la pena tenerlas presente.



Frente a una concepción «angelicalista» de la Iglesia, que suele traer a la memoria aquellos milenaristas que mencionábamos, se puede pensar en otra: la concepción de una Iglesia que, aunque Santa por su Fundador, su misión y su fin, está compuesta por hombres pecadores. Lo propio de éstos hombres es vivir bajo el peso del «fomes peccati», esto es, la tendencia al pecado que nos dejó grabada en el alma el pecado original.

Las normas del derecho dentro de la Iglesia se hacen cargo, precisamente, del hecho lamentable pero innegable al fin, de que todos somos pecadores y que a cada momento nos vemos envueltos en conflictos con nuestros hermanos. El derecho, como conjunto de normas, tiene entre sus más importantes objetivos, prever y evitar los conflictos, usando para ello mecanismos como, por ejemplo, declarar qué tienen derecho a hacer unos cristianos y otros y cuáles son sus deberes. Y cuando los conflictos estallan, las normas en la Iglesia están encargadas de juzgar y decir quién tiene la razón, y castigar a quienes han obrado mal castigo que, naturalmente, ha de ser misericordioso, es decir, severo pero caritativo, orientado a la corrección del malhechor, no a la sola retribución, porque la salvación de las almas es la suprema ley. Esto es así desde los comienzos de la Iglesia: ya San Pablo reprochaba a algunos cristianos de su tiempo el que, para zanjar sus disputas, recurrieran a jueces paganos y no a las instancias que había en la Iglesia misma.


Ciertamente sería preferible que, antes de recurrir al derecho, las relaciones y los problemas dentro de la Iglesia fueran regulados por la caridad. Pero nuestra condición pecadora no siempre lo permite y, en todo caso, según lo ha planteado algún jurista, el derecho es «el mínimo ético», vale decir, antes de avanzar a estadios superiores de la ética, es necesario cumplir, al menos, con, las normas jurídicas. En otros términos, antes de hablar de «caridad» es necesario haber practicado la justicia. La justicia no es suficiente, por cierto, pero no hay verdadera caridad si no se respeta aquélla. O, como decía San Alberto Hurtado, la caridad sólo comienza donde termina la justicia. 

En la Iglesia, pues, igual que en cualquier otra colectividad integrada por hombres, existen también normas que versan sobre cómo deben realizarse ciertas acciones. Las normas relativas a la elección del Papa son unas de ellas. Otras, y de la mayor importancia, son las que rodean al Santo Sacrificio de la Misa, corazón de la liturgia, la cual, como por enésima vez a lo largo de la historia ha reiterado también el Concilio Vaticano II, es nada menos que la raíz y culmen de la vida de la Iglesia.

Es aquí donde suele aparecer, con particular fuerza y particular gravedad, ese ánimo de favorecer el «espíritu libre» sobre la «rúbrica rígida». Ello se explica porque es en la Santa Misa donde se dan, de ordinario, las mayores efusiones de piedad y emoción que, con razón, puede experimentar un cristiano en su vida espiritual.

Sin embargo, precisamente por el inmenso valor que la Santa Misa tiene para la vida de la Iglesia, ésta ha considerado importante rodearla de todas las precauciones necesarias para que nadie, llevado por su «espontaneidad» o por cualquier otra emoción, haga en ella o de ella lo que mejor le pareciere, según la inspiración del momento. Sobre todo, las rúbricas —como se suele llamar en este caso a las normas jurídicas son necesarias para recordarle al celebrante que él no está ahí en su calidad de persona privada de «cristiano privado», sino que actúa «in persona Christi», llevando a cabo una serie de acciones y gestos en un acto sagrado que no le pertenece ni está dejado a su mejor o peor voluntad, imaginación, inventiva o «creatividad», por lo cual debe observar con rigor las indicaciones que la Iglesia misma ha prescrito. Y las ha prescrito, tradicionalmente, so pena de pecado, a fin de realzar la inmensa importancia de lo que se está ejecutando. No por nada, una de las condiciones exigidas para la validez del sacramento es que el sacerdote tenga la intención de realizar aquello que la Iglesia hace  cuando lo celebra. 

Así viene dicho en el núm. 5 de la Instrucción Redemptorios Sacramentum (2004)

La observancia de las normas que han sido promulgadas por la autoridad de la Iglesia exige que concuerden la mente y la voz, las acciones externas y la intención del corazón. La mera observancia externa de las normas, como resulta evidente, es contraria a la esencia de la sagrada Liturgia, con la que Cristo quiere congregar a su Iglesia, y con ella formar «un sólo cuerpo y un sólo espíritu». Por esto la acción externa debe estar iluminada por la fe y la caridad, que nos unen con Cristo y los unos a los otros, y suscitan en nosotros la caridad hacia los pobres y necesitados. Las palabras y los ritos litúrgicos son expresión fiel, madurada a lo largo de los siglos, de los sentimientos de Cristo y nos enseñan a tener los mismos sentimientos que él; conformando nuestra mente con sus palabras, elevamos al Señor nuestro corazón. Cuanto se dice en esta Instrucción, intenta conducir a esta conformación de nuestros sentimientos con los sentimientos de Cristo, expresados en las palabras y ritos de la Liturgia.

Alguien ha apuntado que, así como enseña la moral que debe evitarse la ocasión de pecado, el celebrante debiera evitar decir Misa a fin de no incurrir en los muchos pecados que puede cometer por desobedecer las rúbricas. Otros han dicho que éstas, tradicionalmente escritas en los misales en letra roja, son tantas, que impiden al sacerdote concentrarse interiormente en la acción sagrada que está llevando a cabo. La verdad es que «lo que está en rojo ayuda a comprender realmente el significado de lo que va en negro», es decir, las rúbricas están puestas al servicio del espíritu que ha de observar quien celebra el Santo Sacrificio en beneficio de sus hermanos. Y un debido aprendizaje de las rúbricas hace que éstas pierdan cualquier carácter de obstáculo para la concentración del celebrante en lo que debe hacer. Tal como en otros ámbitos de la vida, una vez adquirido el hábito de realizarla, el detalle de la acción no se interpone entre ésta y la profundidad de su contenido.

Este es, pues, el sentido de las normas en la vida de la Iglesia: ellas no son rigideces ni impedimentos para la acción del Espíritu, sino que son cauces para que los cristianos, quienes no vivimos aislados sino que en comunidad, aprovechemos en mejor forma los frutos de su acción. Por lo anterior, es deplorable la minusvaloración de lo jurídico, formal o regulatorio en la vida de la Iglesia como si ello nos pusiera siempre en peligro de transformarnos en fariseos cuestión que es particularmente dramática en el caso de la acción principal y más importante que puede realizar la Iglesia, esto es, la celebración de la Santa Misa, el Sacrificio de la Nueva Alianza ofrecido a su Padre por el mismo Señor Jesucristo en la persona de cada sacerdote.

domingo, 18 de enero de 2015

Pistas de lectura: El despertar de la señorita Prim

Les ofrecemos a continuación una traducción de la reseña aparecida en Sedes Sapientiae núm. 128 (2014), revista trimestral editada por la Fraternidad de San Vicente Ferrer, sobre un interesante libro publicado en España y que lamentablemente no ha llegado a Chile [veáse actualización al final de esta entrada]: El despertar de la señorita Prim (Madrid, Planeta, 2013). Pero, como hoy la tecnología facilita las cosas, su versión electrónica puede ser comprada a través de Internet (por ejemplo, en Casa del Libro o Amazon).




Sanmartín Fenollera, Natalia: L'éveil de mademoiselle Prim, París, Grasset, 2013, 350 pp. 

Inesperada. Nos encontramos frente a una novela española encantadoramente inesperada. Se trata de la primera novela de Natalia Sanmartín, una periodista que trabaja en un diario dedicado a la economía [Cinco días]. La Editorial Planeta vendió los derechos de esta novela a 70 países, incluida Francia, dónde sorpresivamente ha penetrado con timidez, a pesar de que es aquí dónde debería tener un público más receptivo que en otros lugares.


La heroína Prudencia Prim llega a Saint-Irénée d'Arnois, un pequeño pueblo situado en algún lugar de Francia y vecino de una abadía benedictina donde se celebra la liturgia en latín (cualquier semejanza...), para desempeñarse como bibliotecaria de un soltero tan culto como particular. Este pueblo está puesto deliberadamente fuera del tiempo presente, donde los niños (de los cuales un cierto número van a la misa tradicional todas las mañanas) reciben una educación de alta calidad humanista, aunque no en el instituto sino que en su hogar, sobre el modelo de Montaigne y según un programa que se parece mucho a aquel que Gargantúa fijaba a Pantagruel. 



Al igual que uno de sus principales personajes, Natalia San Martín desciende de una familia gallega católica y muy culta. «Ella recuerda muy bien la manera en que su padre siempre les impedía sacar los libros de la biblioteca. Dicha actitud obligó a todos sus hermanos y hermanas a elegir entre el aire libre y la lectura. De ahí que ella haya pasado todas las tardes de su infancia en compañía de Julio Verne, Alejandro Dumas, Stevenson, Homero y Walter Scott».


En este pueblo, donde no se habla de televisión ni de teléfono móvil, se vive de arte, de lectura, de música y de los placeres de la conversación. Además de la literatura, las conversaciones giran en torno a la educación, la modernidad, el matrimonio y el amor. Las señoras se consideran «feministas», es decir, ellas son femeninas en grado sumo: nadie en Saint-Irénée discute la necesidad de las jóvenes de leer a Jane Austin. A pesar de esto, las referencias literarias explícitas o implícitas aumentan casi demasiado, inglesas sobre todo (la relación psicológica entre Prudencia y su empleador evoca, por ejemplo, aquella de Jane Eyre y Rochester, salvo que la intriga no es aquí, sobre el fondo del vago deísmo anglicano, sino respecto de un catolicismo profundo). 


El tiempo en este pueblo, que se coloca deliberadamente fuera de la modernidad, está ralentizado. El ritmo de la escritura sigue ese patrón al describir las recepciones en el rincón de la chimenea con una taza de té o de un espeso chocolate caliente (costumbre obligada de la cultura española) y deliciosos pasteles, donde se conversa de psicología y de asuntos del corazón, un poco como en casa de Madame de La Fayette. 


Cherteston está muy presente, sobre todo por las referencias al mundo benedictino. La utopía del pueblo de Saint-Irenée (porque es una) fue concebida por un monje benedictino de la abadía vecina y la novela se completa con un viaje a Nursia, en Umbría. 


Sin ser excepcional, el estilo es bastante agradable, al igual que su construcción clásica, siempre que los lectores quieran aceptar que lo lento del relato, que va de conversación en conversación, es deliberado. Se asombrarán mucho, sin duda, por el marcado interés político de la novela. Sin estar herméticamente separado de los circuitos económicos de hoy, comerciantes, artesanos y los terratenientes de Saint-Irenée viven dentro de una especie de sistema distributista inspirado en Chesterton. Es cierto que las buenas rentas percibidas pueden explicar por sí mismas la independencia económica de las personalidades de Saint-Irenée, quienes tienen jardinero y criadas. Ellos forman una comunidad, informal pero muy real, relativamente compleja.


Su oposición al «sistema» toma varias formas, algunas mucho más dulces y políticamente correctas que aquella de la comunidad de lugareños griega de Cristo de nuevo crucificado de Nikos Kazantzaki, que rechaza la dominación turca, consagrándose a una perpetua trashumancia detrás de su pope-profeta. Sin embargo, igualmente realizan una oposición bastante radical, especialmente desde el punto de vista de la educación.



Saint-Irenée es un pueblo que bien vale una visita, como se dice en las Guías verdes de Michelin.


C.B

Actualización [25 de septiembre de 2015]: La bitácora Que no te lo cuenten ofrece, para quien desee oír de primera mano los propósitos e intenciones de Natalia Sanmartín, autora del libro aquí reseñado, la conferencia y posteriores preguntas que le hicieran en abril de 2015 en la Universidad de la Santa Croce (Roma) con ocasión de la “VI Conferencia de poética y cristianismo”.

Actualización [23 de marzo de 2016]: La Editorial Planeta ha traído a Chile la novela aquí reseñada, que ya se encuentra disponible y puede ser comprada en las principales librerías del país. Véase, por ejemplo, la Feria Chilena del Libro o la Librería Antártica. Animamos, pues, a los lectores de esta bitácora para que consigan un ejemplar y lo disfruten y difundan. 

Actualización [27 de junio de 2016]: El sitio Religión en libertad ha publicado la traducción de un artículo del escritor estadounidense Joseph Pearce sobre El despertar de la señorita Prim, donde alaba la novela como un soplo de aire fresco en medio de una decadencia cultural generalizada en el medio editorial. 

Actualización [14 de diciembre de 2016]: El sitio Religión en libertad da cuenta de una reciente entrevista dada por Natalia Fenollera, autora de El despertar de la señorita Prim, a estas alturas ya un best seller internacional, a LaContraTV. En ella ha conversado sobre el libro pero aún más sobre lo que se desprende de él, en especial esa vuelta a los orígenes que ahí se postula, la pérdida de la identidad que está produciendo el abuso de la tecnología y el ritmo frenético de la vida que se lleva en Occidente. Hace algunas semanas, The Wanderer publicó un texto de la autora relativo a estas mismas ideas sobre el que conviene detenerse a pensar. También en dicho sitio hay otra entrada relativa al mítico pueblo de San Ireneo de Arnois. 

miércoles, 14 de enero de 2015

Celebración versus Deum del Papa Francisco en la Capilla Sixtina

El pasado domingo 11 de enero, fiesta del Bautismo del Señor en el calendario del Novus Ordo, S.S. el Papa Francisco celebró la Santa Misa en la Capilla Sixtina del Vaticano, bautizando además a 33 niños, hijos de funcionarios de la Santa Sede. 

Es de destacar que el Romano Pontífice, como lo había hecho en otra ocasión y como lo hiciese también S.S. el Papa Emérito Benedicto XVI, celebró la Misa ad absidem (si bien no ad Orientem, debido a que el altar de la Capilla Sixtina, por la disposición de ésta, está construido hacia el Occidente) y no versus populum sobre un altar móvil, como se ha hecho en otras ocasiones (entre ellas la celebrada junto a los cardenales participantes del cónclave el 14 de marzo de 2014, al día siguiente de su elección como 265° sucesor de Pedro). 

Esto nos recuerda que nada obsta en el Novus Ordo para que la Santa Misa se celebre ad Orientem o coram Deo, como ocurre siempre en el Usus antiquior. Sobre el sentido teológico y litúrgico de esta orientación litúrgica, que constituye una venerable tradición en el rito romano, dedicamos hace un tiempo un artículo en esta bitácora.

Aquí les presentamos algunas fotos (© Fotografia Felici) de la Misa celebrada por el Papa en la señalada ocasión:



Durante la homilía, el Santo Padre hizo presente a los fieles el carácter necesario de la Iglesia respecto de todo cristiano, como lo enseñan el IV Concilio de Letrán (1215, D 714), el Concilio de Florencia (D 714) y el sostenido Magisterio Pontificio (D 423, 468, 570b, 1473, 1647, 1677, 1955, 2286, 2288):

«[…] [L]a Palabra de Dios hace crecer la fe. Y gracias a la fe nosotros somos generados de Dios. Es esto lo que sucede en el Bautismo. Hemos escuchado al apóstol Juan: "Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios" (1 Jn 5,1). En esta fe sus niños son bautizados. Hoy es su fe, queridos padres, padrinos y madrinas. Es la fe de la Iglesia, en la cual estos pequeños reciben el bautismo. Pero mañana, con la gracia de Dios, será su propia fe, su personal “sí” a Jesucristo, que nos dona el amor del Padre.

Decía: es la fe de la Iglesia. Esto es muy importante. El Bautismo nos incorpora en el cuerpo de la Iglesia, en el pueblo santo de Dios. Y en este cuerpo, en este pueblo en camino, la fe viene transmitida de generación en generación: es la fe de la Iglesia. Es la fe de María, nuestra Madre, la fe de san José, de san Pedro, de san Andrés, de san Juan, la fe de los Apóstoles y de los Mártires, que ha llegado hasta nosotros, a través del bautismo. ¡Una cadena de transmisión de fe! ¡Y esto es muy bello! Es pasar de mano en mano la luz de la fe: lo expresaremos dentro de poco con el gesto de encender las velas del gran cirio pascual. El gran cirio representa Cristo resucitado, vivo en medio a nosotros. Ustedes, familias, tomen de Él la luz de la fe para transmitirla a sus hijos. Esta luz la toman en la Iglesia, en el cuerpo de Cristo, en el pueblo de Dios que camina en todo tiempo y en todo lugar.

Enseñen a sus hijos que no se puede ser cristianos fuera de la Iglesia, no se puede seguir a Jesucristo sin la Iglesia, porque la Iglesia es madre y nos hace crecer en el amor a Jesucristo» [destacado de la Redacción].



Esta homilía reitera lo enseñado por el Sumo Pontífice en su homilía del pasado primero de enero, Fiesta de la Madre de Dios en el calendario reformado:

«[…] Cristo y la Iglesia son igualmente inseparables, porque la Iglesia y María están siempre unidas y éste es precisamente el misterio de la mujer en la comunidad eclesial, y no se puede entender la salvación realizada por Jesús sin considerar la maternidad de la Iglesia. Separar a Jesús de la Iglesia sería introducir una "dicotomía absurda", como escribió el beato Pablo VI (cf. exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, 16). No se puede «amar a Cristo pero sin la Iglesia, escuchar a Cristo pero no a la Iglesia, estar en Cristo pero al margen de la Iglesia» (ibíd.). En efecto, la Iglesia, la gran familia de Dios, es la que nos lleva a Cristo. Nuestra fe no es una idea abstracta o una filosofía, sino la relación vital y plena con una persona: Jesucristo, el Hijo único de Dios que se hizo hombre, murió y resucitó para salvarnos y vive entre nosotros. ¿Dónde lo podemos encontrar? Lo encontramos en la Iglesia, en nuestra Santa Madre Iglesia Jerárquica. Es la Iglesia la que dice hoy: «Este es el Cordero de Dios»; es la Iglesia quien lo anuncia; es en la Iglesia donde Jesús sigue haciendo sus gestos de gracia que son los sacramentos [destacado de la Redacción].

Esta acción y la misión de la Iglesia expresa su maternidad. Ella es como una madre que custodia a Jesús con ternura y lo da a todos con alegría y generosidad. Ninguna manifestación de Cristo, ni siquiera la más mística, puede separarse de la carne y la sangre de la Iglesia, de la concreción histórica del Cuerpo de Cristo. Sin la Iglesia, Jesucristo queda reducido a una idea, una moral, un sentimiento. Sin la Iglesia, nuestra relación con Cristo estaría a merced de nuestra imaginación, de nuestras interpretaciones, de nuestro estado de ánimo.

Queridos hermanos y hermanas. Jesucristo es la bendición para todo hombre y para toda la humanidad. La Iglesia, al darnos a Jesús, nos da la plenitud de la bendición del Señor. Esta es precisamente la misión del Pueblo de Dios: irradiar sobre todos los pueblos la bendición de Dios encarnada en Jesucristo. Y María, la primera y perfecta discípula de Jesús, la primera y perfecta creyente, modelo de la Iglesia en camino, es la que abre esta vía de la maternidad de la Iglesia y sostiene siempre su misión materna dirigida a todos los hombres. Su testimonio materno y discreto camina con la Iglesia desde el principio. Ella, la Madre de Dios, es también Madre de la Iglesia y, a través de la Iglesia, es Madre de todos los hombres y de todos los pueblos».

Actualización [9 de enero de 2017]: Con ocasión de la Fiesta del Bautismo del Señor, cuando el Santo Padre oficia algunos bautismos, el papa Francisco ha celebrado en la Capilla Sixtina vuelto hacia el Oriente. Desde 2008, tal ha sido la costumbre, eliminándose el altar exento que era usual en la época de San Juan Pablo II y los primeros años de Benedicto XVI. Véase la noticia que publica Secretum meum mihi y Catholicvs