domingo, 10 de diciembre de 2017

Los ornamentos papales (vi): los flabelos y el palio

Continuamos hoy con la serie relativa a los ornamentos papales. En esta ocasión corresponde tratar de los flabelos, una insignia litúrgica estrechamente relacionada con la silla gestatoria, pues acompañaba el cortejo del Santo Padre. Cuando éste iba revestido para celebrar una función litúrgica, sea con casulla, sea con manto, además de los flabelos se usaba el palio, que recubría la silla gestatoria.

El beato Pablo VI preside el cortejo papal desde la silla gestatoria, con flabelos y palio, antes de la reforma del ceremonial pontificio

Los flabelos

Con el nombre de flabelos (flabelli) se designan unos grandes abanicos confeccionados con plumas de color blanco con un largo mango, que en las solemnidades más relevantes marchaban justo detrás del Papa cuando éste era llevado en procesión sobre la silla gestatoria. Siempre iban en número de dos y los portaban los llamados "flabelíferos". Una vez que el Papa llegaba a su trono, los flabelos se colocaban a ambos lados de éste, fuera del dosel y apoyados contra el muro.

El beato Pablo VI preside desde el trono. A cada extremo se observan los flabelos apoyados en la pared

Los flabelos existían ya en África y Oriente para los altos dignatarios. Su uso ceremonial se remonta al Antiguo Egipto, donde se utilizaban hojas secas o plumas de aves que arrancaban como si fuesen radios desde un pie montado sobre una vara larga. Ellas eran llevadas por cortesanos del entorno del faraón para darle sombra y abanicarlo. Durante una excavación arqueológica, por ejemplo, se encontró un flabelo en la tumba de Tutankamón que hoy se guarda en el Museo de El Cairo, y su representación se pueden observar en multitud de pinturas murales. Ellos servían también como insignia real y religiosa, pues acompañaba a las barcas solares en las procesiones por el Nilo.


Flabelos del Antiguo Egipto (en el centro, arriba) y motivos de loto. 1868, New York Public Library
(Imagen: Wikipedia)

Sirviendo en la Antigüedad como parte de rituales paganos, en época muy temprana pasaron a integrar los ritos de la Iglesia. Ya en las Constituciones Apostólicas (siglo IV) se establecía: "Que dos de los diáconos, a cada lado del altar, mantengan un abanico, formado de membranas delgadas, o por plumas del pavo real, o por finas telas y en silencio, para ahuyentar a los pequeños animales que vuelan, para que no puedan acercarse a las copas" (VIII, 12)El misal de la Orden de Predicadores de 1256 contiene todavía una rúbrica destinada a evitar el molesto revoloteo de insectos sobre las ofrendas depositadas en el altar: "Tempore quoque muscarum post inceptionem secretarum debet diaconus tenere flabellum quo cohibeat eas honeste a molestando sacerdotem et abigat eas a sacrificio" ("Durante el estío, una vez empezada la Secreta, el diácono deberá tener un abanico para impedir decorosamente que las moscas molesten al sacerdote y ahuyentarlas del sacrificio"). Originalmente, entonces, los flabelos servían para mantener fresco el aire en torno al celebrante y evitar la cercanía de insectos, sin cumplir ninguna función ornamental. 


Primera Misa de un fraile dominico según el rito propio de la Orden de Predicadores (1950)

La utilización de los flabelos durante la Santa Misa se explicaba por la práctica de la comunión bajo las dos especies. Con todo, la manera con que ella era administrada fue diversa según la época: en lugar de beber del cáliz (cáliz de la consagración, cáliz de la administración, cáliz mixto) se introdujo después el uso de sorber con una cañita (pugillaris, calamus, fístula), o se empleaban cucharillas, o se mojaba la hostia en el sanguis sagrado (intición). En la oración "Haec commixtio..." guarda todavía hoy la Misa latina el recuerdo de esta manera de communio sub utraque specie por parte de los fieles. Este uso se mantuvo en la Iglesia de Occidente hasta el siglo XIII, persistiendo aisladamente todavía por más tiempo (por ejemplo, en la Misa papal hasta el siglo XV, y también en las Misas de la coronación de emperadores y reyes). Eso explica que, hasta ese siglo al menos, en Francia fuese común el uso de flabelos para cazar las moscas y disminuir el calor que rodeaba al sacerdote durante la consagración, según testimonian las crónicas. Con la eliminación de los prácticos abanicos también en la Misa papal, éstos acabaron por derivar en los solemnes flabelos, que ahora cumplían sólo un sentido honorífico dentro del ceremonial pontificio. El último en usarlos fue el beato Pablo VI.

En varios ritos orientales, la utilización de abanicos ceremoniales ha continuado, pero ellos se han convertido en discos de metal sujetos sobre un mango o asta del mismo material o de madera, más largo que los flabelos latinos, los cuales reciben el nombre de rhipidion. Generalmente, lleva la imagen iconográfica de un serafín con seis alas que rodean la cara. También se encuentran algunos en madera grabada, dorada o pintada. Se suelen hacer por parejas.


Rhipidion en uso durante la Divina Liturgia
(Imagen: Wikipedia)

Los flabelos se confeccionaban con plumas de avestruz, según la antigua tradición, o bien con plumas de pavo real. En este último caso, los pequeños ojos significan la mirada y, por tanto, la vigilancia que el Papa ejerce sobre toda la Iglesia. 

Por privilegio especial, el Patriarca de Lisboa tiene derecho a ser llevado en procesión con flabelos, los que fueron donados por el propio Papa cuando concedió dicho privilegio.

El Patriarca de Lisboa, D. Antonio Mendes Belo, en procesión con flabelos

El palio procesional

Además de la insignia arzobispal del mismo nombre (véase aquí y aquí las entradas que le hemos dedicado a ella), se conoce como palio una especie de dosel portátil confeccionado en seda suntuosamente bordada y puesto sobre cuatro o más varas largas (en teoría, lo apropiado es que sean doce, representativas de los Apóstoles), bajo el cual se lleva procesionalmente el Santísimo Sacramento, normalmente en custodia u otro tipo de ostensorio, o una imagen, y que es usado también por el Papa, algunos prelados y los jefes de Estado católicos como insignia propia de su dignidad. De ahí que el portar dichas varas se considere un privilegio reservado a personajes de gran relieve religioso, civil o militar.


Procesión con el Santísimo Sacramento por las calles de Nueva York durante el Congreso Sacra Liturgia de 2015 
(Imagen: SacraLiturgia)

El palio procesional es un elemento litúrgico de origen bizantino, y recibe su nombre, por extensión, de un manto empleado en la antigua Grecia con el que cubrían el resto de sus vestiduras hombres y mujeres, que se sujetaba en el pecho con una hebilla o un broche.  Cuando se usa para el traslado del Santísimo Sacramento, el palio quiere representar las tiendas del tabernáculo y el Sancta Sanctorum que era exclusivo de Dios. En los demás casos significa la protección de la Iglesia a la persona, imagen, objeto o figura que se cobija bajo él.

La altura del palio, a veces realzada por la incorporación de penachos con plumas de vistosa policromía en los ángulos de las esquinas, permitía que las multitudes se percatasen con tiempo suficiente de que el Santísimo, o el personaje recibido bajo ese dosel ambulante, se acercaba al punto donde se encontraban los espectadores, además de conferir extraordinaria solemnidad a los desfiles procesionales, pues su paso ha de resultar forzosamente lento debido a la sincronía de movimiento que deben guardar quienes llevan cada una de las varas que lo sostienen.


San Juan XXIII bajo palio

El palio procesional era del mismo color que los ornamentos del Papa, es decir, blanco o rojo, dado que la liturgia papal no conoce el resto de los colores litúrgicos. El palio del Santísimo Sacramento es siempre blanco. 

viernes, 8 de diciembre de 2017

VIII Domínica después de Pentecostés: homilía del Rvdo. Ángel Alfaro

Luego de haber publicado el sermón de la Misa de clausura del III Congreso Summorum Pontificum, transcribimos a continuación la homilía pronunciada por el Rvdo. Ángel Alfaro, FSSP, el domingo 30 de julio de este año, durante la Missa cantata celebrada por él ese día.

 Alegoría del Espíritu Santo en la Basílica de San Pedro, Roma

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Homilía pronunciada por el Rvdo. Ángel Alfaro, FSSP, el domingo 30 de julio de 2017, VIII Domínica después de Pentecostés

Queridos hermanos:

Durante el tiempo de Pentecostés, San Pablo, a través de la liturgia, propone a nuestra consideración tres de los grandes temas que hacen parte del contenido de su predicación acerca de la gracia bautismal, de nuestro fin último y del combate continuo del hombre contra los enemigos del alma. 

La epístola de hoy es un claro ejemplo. San Pablo nos habla acerca de la transformación que opera el Espíritu Santo en nuestras almas utilizando la imagen del hombre carnal, apegado a los bienes de este mundo, en contraposición a la del hombre espiritual que aspira a las cosas de Dios: todos cuantos se dejan guiar por el Espíritu de Dios son hijos de Dios, y, por consiguiente, coherederos con Cristo.

El pensamiento del Apóstol asocia la concepción que en la tradición judía se tiene de la herencia, es decir, tomar posesión de algo, a la idea de la filiación. Los hombres adquieren de ahora en adelante la herencia, en relación con Cristo, al Hijo por excelencia, el único que goza, por su naturaleza, de todos los bienes divinos. 

Sin embargo, la herencia bienaventurada del Cielo no nos exime de las penas y de las contrariedades de esta vida, y no por ello es una ilusión, como pretende el hombre que no tiene fe. Al contrario, el conocimiento seguro de la promesa de Dios no sólo hace que nos mantengamos firmes frente a los trabajos del presente, sino que además nos mantiene esperanzados. Por todo lo cual vivir según el Espíritu nos hace recibir estas contrariedades y sufrimientos con confianza, con espíritu sobrenatural, en definitiva, a la luz de Cristo, a quien debemos configurar nuestras vidas.

En el Evangelio vemos reforzada esta dualidad "carne-espíritu". No son las obras de la "carne" las que nos salvan, sino la presencia del Espíritu en el hombre, aunque pudiera confundirnos la conclusión de la parábola: Haceos amigos con el inicuo dinero para que cuando él os faltare, aquellos os reciban en las eternas moradas.

Este tipo de parábolas, dice San Agustín, se llaman contradictorias, y si Nuestro Señor así la fórmula es para que comprendamos, en este caso, que si pudo ser alabado por su amo aquél que defraudó sus bienes, a Dios le agradan aquellos que obran según sus preceptos. De ahí que, debemos despojarnos de todo aquello que nos impida revestirnos del hombre nuevo y comenzar a obrar según el espíritu, pues si con el espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis.

 Marinus Claesz van Reymerswaele, Parábola del mayordomo infiel 
(circa 1540, Kunsthistorisches Museum, Viena)

Recuerdo en este momento aquella historia que me fue narrada por Sor Carmen, religiosa perteneciente a la Congregación de las Hermanas Misioneras de María Inmaculada y Santa Catalina de Siena, fundadas en Colombia por Santa Laura Montoya.

Sor Carmen trabajaba en la selva chocuana con indígenas Waunanas desde hacía varias décadas. Su labor constante y dedicada hacía que nuestra religiosa contara con una gran ascendencia moral entre los habitantes de aquellas inhóspitas tierras, entre los cuales se contaban algunos guerrilleros.

Una mañana, un comando paramilitar irrumpió en el seno de la misión con la intención de reclutar niños y jóvenes. Su presencia sembró el terror entre los indígenas, quienes, huyendo despavoridos, fueron a refugiarse a la casa de las Lauritas.

Sor Carmen, ni corta ni perezosa, salió a recibir la inoportuna visita, y, dirigiéndose al comandante del grupo armado, le preguntó cuál era el motivo de su visita. El joven guerrillero, obviando su pregunta, le hizo comprender que no debía inmiscuirse en sus asuntos. 

Inútil fue la insistencia de nuestra religiosa frente a las intenciones de aquellos hombres, quienes formaron en el terraplén a los niños de la comunidad indígena, y atándolos como a perros, se dispusieron a partir con ellos.

Pueden imaginar ustedes la situación de tensión y de dolor que se vivió en el lugar. Sor Carmen, dirigiéndose nuevamente al comandante se propuso como rehén y prenda de liberación de los chicos. La respuesta del comandante no se hizo esperar, y, amarrándole las manos, la unió al grupo de niños y comenzaron la marcha hacia el interior de la selva dejando atrás un mar de llanto y sufrimiento.

Durante el recorrido, Sor Carmen intentaba reconfortar el corazón de aquellos niños haciéndolos orar y cantar incesantemente. Pasadas unas horas, el comandante paró la marcha, se dirigió a sus hombres y mandó soltar a los rehenes. Sor Carmen tuvo miedo, e intentando abrazar a todos los pequeños, elevó sus ojos al cielo y los encomendó a Dios por intercesión de Madre Laura, su fundadora. Pensó, ciertamente, que los matarían en el lugar.

El guerrillero, con aires de hombre rudo, se dirigió a la religiosa y le dijo: “Hermana, tome a sus niños y regrese a su misión. Son ustedes libres, pues me ha hecho usted comprender cuál es el valor de la oración y de la caridad cristiana”. 

Pidámosle a Dios que, emulados por estos ejemplos heroicos, seamos capaces de disponer nuestras almas a la acción de su Gracia y a la moción del Espíritu Santo. 

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Aviso importante: Missa cantata en la Fiesta de la Inmaculada Concepción

La Asociación Litúrgica Magnificat invita a todos los fieles a la celebración de la Santa Misa cantada, según la forma tradicional del rito romano, en la Iglesia de Nuestra Señora de la Victoria (Av. Bellavista 37, entre Pío Nono y Pinto Lagarrigue, Metro L1 y L5 Baquedano) el próximo viernes 8 de diciembre, fiesta de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, a las 12:00 horas. Se recuerda que ese día es fiesta de precepto. Sobre el sentido e importancia de esta fiesta litúrgica nos hemos referido antes aquí.

Murillo, La Inmaculada Concepción, apodada, por sus dimensiones, "La Colosal" (circa 1652, Museo de Bellas Artes de Sevilla)
(Imagen: Wikimedia Commons)

martes, 5 de diciembre de 2017

Otra interesante entrevista al Prof. Peter Kwasniewski

Ofrecemos a continuación a nuestros lectores una traducción de una entrevista concedida por el Dr. Peter Kwasniewski, académico del Catholic College of Wyoming y a quien los seguidores de esta bitácora han tenido oportunidad de leer en numerosas ocasiones. En la entrevista, a propósito de su último libro, el Dr. Kwasniewski se refiere en extenso a por qué la sociedad contemporánea necesita más que nunca volver a la Misa de Siempre.

La traducción es de la Redacción. La entrevista original (aquí, en inglés) fue publicado en el sitio New Liturgical Movement

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¿Por qué la época moderna necesita la Misa de Siempre?

Entrevista con Peter Kwasniewski, por Roseanne T. Sullivan

Agradecemos a Roseanne T. Sullivan por compartir con nosotros su entrevista con el Dr. Peter Kwasniewski sobre el nuevo libro que éste acaba de publicar.

En su nuevo libro, “Noble belleza, santidad trascendente: por qué la época moderna necesita la Misa de Siempre” (Angelico Press, 2017), usted ha hecho una apología nada tímida en favor de la Misa tradicional. Y afirma con seguridad no sólo que la “Misa de Siempre” es muy superior a la nueva Misa, que Benedicto XVI ha llamado “la forma ordinaria”, sino también que la Iglesia católica debiera regresar a la “forma extraordinaria”. ¿Podría resumir aquí por qué la Iglesia debiera regresar a la “forma extraordinaria”?



La razón es, sencillamente, que somos deudores de nuestra tradición, que estamos atados a nuestra herencia, y somos malagradecidos y nos convertimos en arrogantes ruinas cuando la tiramos por la borda. La actitud verdaderamente humilde consiste en aceptar que la sabiduría y piedad acumuladas de la Iglesia debiera continuar guiándonos y moldeándonos. Así es como siempre han sido las cosas, cualquiera sea el siglo que se mire. Pero sólo en el siglo XX pudo aparecer, en el pináculo del engaño evolucionista, un grupo de necios que osaron meter mano en el rico y sutil culto de la Iglesia a fin de introducir ahí, a la fuerza, sus imaginarias categorías de relevancia o eficacia. Su obra ha terminado, muy apropiadamente, castigada con desolación y apostasía.

Para decirlo brevemente, la liturgia tradicional expresa la plenitud de la Fe católica y preserva intacta la piedad de los cristianos. Esta es una razón más que suficiente para adherir a ella y para insistir en que ella sea la norma, siempre y en todas partes.

¿Cuáles son algunos de los modos en que la forma más antigua del rito romano da expresión a la plenitud de la fe?

El rito antiguo es impresionantemente teocéntrico, focalizado en Dios y en la primacía de su Reino. Está repleto de palabras y gestos de auto rebajamiento y de penitencia, de atenta reverencia y de adoración, de aceptación de las absolutas exigencias que nos hace Dios. Sus oraciones y ceremonial son testigos por igual de la trascendencia y la inmanencia de Dios: Él es Emanuel, Dios con nosotros, pero es también el Uno que habita en una profunda oscuridad, a quien ningún hombre ha visto ni puede ver. Él es nuestra Alfa y Omega, es para nosotros todo en todo. La liturgia tradicional no transige en este aspecto. Incluso en aquellos momentos suyos que pudiéramos llamar “instructivos”, como la lectura o canto de la Escritura, permanece fija en el Señor, como si leyéramos no tanto para nosotros mismos como para recordar qué nos ha dicho Él, como si le estuviéramos pidiendo que lo repita de nuevo entre nosotros, de acuerdo con su promesa. La Misa tradicional nunca se desvía de la mirada del Señor, permanece siempre ante sus ojos, vuelta hacia Él conscientemente, y nos sumerge en la necesidad de la oración, que es algo de vida o muerte. El padre Pío decía que “la oración es el oxígeno del alma”. Nosotros respiramos ese oxígeno en la Misa antigua.

¿Pero no lo hacemos también en la Misa nueva?

Podríamos también hacerlo en ella, pero es mucho más difícil. Es más difícil conseguir oxígeno. Se silencian las necesidades y exigencias de la vida espiritual, se las barre debajo de la alfombra en esta liturgia en vernáculo despojada, de cara al pueblo, colmada de banales cantos, de anuncios, de constante parloteo: ella fue diseñada para ser populocéntrica, para conectar a la gente entre sí y con el sacerdote alrededor de una mesa, en una comida. Como decía Ratzinger, Dios desaparece en ese escenario. Puede que Él esté ahí, sobre el altar, pero la mente y el corazón de la gente está en otra parte. ¿Debiera acaso sorprendernos que, según reiteradas encuestas, la mayor parte de los católicos que asisten al Novus Ordo no creen en la Presencia Real –no saben siquiera que es enseñanza de la Iglesia-? La liturgia no los ayuda a ver, a experimentar esa verdad. No se trata sólo de una adecuada catequesis. De lo que se trata es de si la liturgia expresa vívidamente las verdades de la Fe.

Para poner sólo un ejemplo: las oraciones de la liturgia antigua subordinan, sin excepción, la vida terrena a la vida celestial, repudian las pompas y vanidades de la vida profana caída. La nueva liturgia rehúsa hacer lo mismo y, de hecho, sus redactores sistemáticamente eliminaron las antiguas oraciones que hablaban de “despreciar las cosas terrenales” en favor de las del Cielo. ¿Habrá existido, desde la creación de Adán y Eva, una generación que necesitara oír este mensaje más que la nuestra en la actualidad? El hedonismo materialista es la amplia vía por la que incontables almas caminan hacia su propia destrucción –y la Iglesia, mientras tanto, les sonríe y saluda diciéndoles “Que Dios los bendiga”

Usted dice en uno de sus libros que estos problemas tienen que ver con determinada actitud ante la modernidad.

Exactamente. O, quizá mejor, con determinada actitud de la modernidad. En su origen, la modernidad es anti-sacral, anti-religiosa, anti-incarnacional y, por tanto, anti-clerical, anti-ritual, anti-litúrgica. Esto se puede ver en los muchos filósofos de la Ilustración que rechazan tanto la Revelación divina como la religión organizada. Unos pocos siglos después, nosotros, los modernos que hemos bebido todo este bagaje filosófico, no tenemos ni siquiera una pista de cómo debiera ser un ritual religioso público solemne, formal, objetivo. Estamos totalmente perdidos en todo lo que se refiere a un culto colectivo en que el ego individual se subsume en la gran comunidad de la Iglesia, que se despliega en el tiempo y el espacio. Esa es la razón por qué debemos aferrarnos a la liturgia tradicional como a la vida. Ella es, desde todo punto de vista, pre-moderna, tan antigua que no se ve afectada por nuestra superficialidad contemporánea, por nuestras inclinaciones y prejuicios: ella respira un realismo, una espacialidad, una fuerza, una caballerosidad incluso, que han llegado a ser ajenas a nuestra época y, precisamente por todo esto, la necesitamos desesperadamente. No hay nada que el hombre moderno necesite más que ser liberado de la prisión del modernismo prometeico: necesita ser desafiado por aquello que es más antiguo, más profundo, más sabio, más fuerte, más amable, más feliz. El hombre moderno necesita ser ignorado, no mimado; mistificado, no ilustrado; silenciado, no descorchado.

Estoy de acuerdo. Pero me pregunto: ¿con qué fundamento cree usted que un regreso a la Misa de Siempre es en absoluto posible?

Ignoro lo que nos depara el futuro, pero hoy, viendo el virtual cisma en la Iglesia católica sobre aspectos básicos de fe y de moral, es difícil evitar la conclusión de que se están preparando poderosas conmociones, y de que muchas cosas que parecían imposibles hace poco tiempo pueden resultar súbitamente posibles. En mi opinión, el movimiento en pro de la ortodoxia católica y el movimiento en pro de la tradición litúrgica se están acercando constantemente y ya se han hecho, de varios modos, un solo movimiento. Ha de llegar el momento, me parece, en que los católicos que profesan el credo niceno-constantinoplitano, que adhieren a la moral sexual tradicional de la Iglesia, y que aceptan el celibato sacerdotal como disciplina querida por el Señor, van a celebrar el usus antiquior sea exclusiva o predominantemente. Por cierto, no tengo cómo probar esto, pero considerémoslo una suposición fundada.

En todo caso, necesitamos una sólida perspectiva histórica basada en el estudio de los movimientos reformadores en la historia de la Iglesia, de los cuales casi cada centuria nos proporciona brillantes ejemplos. Todo movimiento reformador comenzó con unas pocas personas que, escandalizadas con justicia por la falta de fe o la inmoralidad de su época, y animadas por el fervor del amor divino, trabajaron incansablemente y se organizaron eficazmente para promover la conversión personal y el cambio institucional. Siempre las cosas han ocurrido así, y nuestra época no va a constituir una excepción. Tenemos que estar atentos a cierta sutil forma de consecuencialismo, en virtud del cual creemos que obramos correctamente porque tenemos éxito, o que en la medida en que hagamos lo correcto no podemos dejar de tener éxito. No. Hacemos lo que es correcto aunque ello sea improbable, difícil, quijotesco y nos conduzca al martirio. El éxito que el Señor quiere es para las almas que aspiran a que por Él regrese la sagrada liturgia en su modo no corrupto, sea que nos apoyen y aplaudan por esta fidelidad, sea que nos resistan y persigan. Él ha de hacer por nosotros todo lo demás. No contamos con nuestra superioridad numérica o nuestra fuerza, sino con los recursos de Él, con su intervención, con su multiplicación de los panes.

Ahora, la realidad es que el movimiento tradicional está creciendo. Ahí están las cifras, para quien quiera examinarlas: van en aumento los sacerdotes y seminaristas en las órdenes y comunidades tradicionales, así como el número de apostolados que les son encomendados. Aumenta el número de familias asociadas a esos apostolados. Si alguien quiere ver, en Occidente, una iglesia llena de familias numerosas, ¡no tiene más que visitar las colectividades tradicionales, porque le será difícil encontrarlas en otros lugares! Los libros, revistas, panfletos, catálogos y objetos religiosos tradicionalistas son numerosísimos, lo cual revela, al menos, que existe para ellos un mercado. Los intelectuales y los artistas, hasta donde existen en la Iglesia contemporánea, están decidamente en favor del tradicionalismo. 

   El Dr. Kwasniewski con el coro del Wyoming Catholic College

Cuando la Misa tradicional se hizo más asequible, muchos de nosotros esperábamos que su belleza y reverencia serían su propia vía de propagación. Después de diez años, yo misma y muchos otros hemos advertido que la forma extraordinaria no ha logrado mucha aceptación entre quienes adhieren a la forma ordinaria. Incluso en aquellos casos en que está al alcance, muy pocos asisten a ella. Por ejemplo, más de un año después de que el arzobispo de San Francisco, Salvatore Cordileone, ordenara al párroco de la bella y centralmente ubicada iglesia “Estrella del Mar” que aprendiera la Misa tradicional y comenzara a decirla todos los domingos antes de mediodía, conduje desde donde vivo, en San José, que dista una hora, hasta la ciudad y, para mi desilusión, vi que, de hecho, muy poca gente asistía a esa Misa, que se dice en una ubicación casi ideal. Mi experiencia no es aislada. Por ejemplo, incluso cuando se dijo regularmente la Misa tradicional en la iglesia de Nuestro Salvador, en Nueva York, por el conocido Padre Rutler, sólo fue capaz de atraer a un pequeño grupo, según él mismo ha dicho.

No me llama la atención. Como lo dijo Benedicto XVI en su carta a los obispos de 7 de julio de 2007: “El uso del Misal antiguo presupone cierto grado de formación litúrgica y algún conocimiento del latín. No es fácil encontrarse hoy con ambas cosas”. Dicho simplemente: hay mucha gente que no está preparada para él. Es cierto que hay quienes asisten una vez y quedan atrapados para siempre, pero para otros hay una escarpada ladera de aprendizaje que escalar: son aquellos que son víctimas de prácticas y hábitos litúrgicos tan malos que no saben qué hacerse cuando se los enfrenta súbitamente con el acantilado de un abismo infinito de oración, sin nadie que los lleve de la mano, y con un ritual que se despliega con lo que parece ser una altanera indiferencia o una gélida lejanía, y que resulta seriamente perturbador para el católico corriente. Esta es, dicho sea de paso, la razón por la que siempre digo que si se quiere traer a alguien a la Misa tridentina, hay que invitarlo a una Misa cantada o incluso a una Misa solemne, si hay alguna al alcance. La Misa Solemne es mucho más fácil de entender, puesto que apela a todos los sentidos y hace al fiel navegar por una suave corriente.

Sí, lo comprendo. ¿Piensa usted, por lo tanto, que no es justo decir que la Misa tradicional es un “fenómeno boutique” entre los católicos estadounidenses?

Esperemos primero a que esté al alcance en todas partes, durante muchos años, y sólo entonces podremos evaluar este juicio. Pero, volviendo a lo que le decía hace un momento: la Misa tradicional es sólida, es catolicismo en plenitud, sin atenuantes. La liturgia es más larga y más compleja. La música es verdadera música: canto gregoriano, polifonía. La homilética probablemente es también más exigente, más cercana a lo que se esperaría de una religión que proclama ser inspirada por Dios y único camino de salvación. Las mujeres usan velos de Misa, la gente se viste formalmente. El conjunto entero se opone a los usos de los estadounidenses contemporáneos, incluyendo (triste es decirlo) a los mismos católicos, quienes están usando anticonceptivos y divorciándose a un ritmo muy semejante al de sus pares paganos. Detesto tener que decir esto, pero la versión-simulacro del catolicismo es como una religión diferente si se la compara con la versión del catolicismo histórico, auténtico, dogmático y ascético-místico, tal como se lo encuentra incorporado en la liturgia tradicional y en todas las devociones que florecen en su ámbito. Así es que, ¿llamaremos a esto “fenómeno boutique”, o tendremos el valor de aceptar que el catolicismo está en un estado de acelerada descomposición y que lo que casi todo el mundo llama “catolicismo” es, cuando mucho,  una sombra de la realidad, si no una negación de ella?

Pero seamos honestos también en este aspecto: la principal razón por la que la antigua Misa no ha entrado más, es la falta de oferta y la falta de apoyo eclesiástico. El papa Benedicto XVI la liberó en beneficio de todos los sacerdotes y de los fieles a quienes ellos sirven, pero una inmensa cantidad de sacerdotes han sido concientizados, amenazados, ostracizados y expulsados del ministerio debido a los conflictos respecto de Summorum Pontificum. Sé, por experiencias de primera mano, lo que estoy diciendo. Son demasiados los obispos y párrocos que se oponen a ella, y el clero joven que puede desde ya celebrar la liturgia antigua o que desea aprenderla, es reprimidos, y forzado a entrar en el molde de la revolución posconciliar. La falta de crecimiento a que usted se refiere es resultado de una estrategia deliberada de “contención”, que se analiza e implementa desde las conferencias episcopales. No oficialmente, obvio, sino tras bambalinas. Gracias a Dios hay todavía algunos obispos y sacerdotes heroicos aquí y allá, quienes, a pesar de las presiones políticas, se las arreglan para ser fieles a su propia línea y para promover la recuperación de la tradición litúrgica en sus diócesis y parroquias. Ello es algo que está teniendo lugar hoy día, lentamente, por todo el mundo: he estado en muchos de esos lugares y he visto la fuerza de la fe de ese clero y de ese laicado. Pero es algo que podría y debería estar ocurriendo en todas partes. Se ha impuesto una artificial limitación por parte de los monopolistas. Si en torno a la Misa de Siempre tuviéramos una “economía de libre mercado”, por decirlo así, tendríamos un cuadro sumamente distinto.

Insisto: esta situación no carece de precedentes, ya sea en la historia de la salvación o en la historia de la Iglesia (que sigue, siempre, el camino de la historia de la salvación). ¿Recuerda usted la historia de Gedeón, en el capítulo 7 del libro de los Jueces? Gedeón tenía consigo un ejército de 32.000 soldados para ir a enfrentar a los Madianitas. El Señor le dijo: “Son demasiados los soldados que tienes para que yo ponga en tus manos a los Madianitas, porque Israel se vanagloriaría frente a Mí diciendo: “Me he librado por mi propia mano””. El Señor logró reducir el número de soldados primero a 10.000, luego a 300. Con esta “élite” Gedeón obtuvo una victoria total sobre sus enemigos, que eran “tantos como langostas”. Pareciera que el Señor prefiere ganar victorias improbables, de modo que la gloria le pertenezca a Él y no a nosotros. “No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu Nombre da gloria”. Esto es algo que me consuela mucho.

Las probabilidades de que la Misa tradicional reemplace a la Misa de 1969 me parecen, a veces, sumamente remotas, por lo que me temo que lo que los tradicionalistas proponen es como gritar en medio de una ventolera. Pero, de repente, me topé con lo siguiente, escrito por un blogger laico: “Todo aquello que vale la pena gritar, vale la pena gritarlo aunque el viento haga mucho ruido. Porque si hay suficiente gente atenta, muy a menudo la palabra se difunde, cambian los estándares, el viento se desvanece. Si hay suficiente gente que se interesa, cambia la cultura. Es muy fácil auto persuadirnos de que el momento apropiado para hacer cambios es cuando llega el momento. Pero eso nunca es verdad. El momento adecuado para hacer que algo ocurra es antes de su momento. Porque eso es, precisamente, lo que significa “hacer”… Sí, hay viento, siempre hay viento. Pero eso no quiere decir que tenemos que dejar de gritar”.

No podría estar más de acuerdo con todo eso. Sólo añadiría que no necesitamos estar siempre gritando. Necesitamos practicar el arte de la persuasión, de la buena propaganda y, obviamente, de la mejor conducta. Lo cierto es que tenemos mucho trabajo que hacer para ganar a nuestros hermanos para el catolicismo tradicional, por su propio bien y por la salud de la Iglesia. Esto es algo que va a suceder, en cierta forma, naturalmente, a medida que las cosas empeoren en la Iglesia y en el mundo. Quienquiera que tome en serio la Fe, habrá de preguntarse: “¿Dónde se enseña y se vive esta fe? ¿Dónde hay un sacerdote que tenga esta Fe y la predique? ¿Dónde se celebra la liturgia de modo tal que alimente y refuerce mi Fe?”. Tenemos que estar ahí para toda esa gente, en el momento en que comience a hacerse estas preguntas, y no alejarla porque, al comienzo, está vestida inapropiadamente, o se arrodilla en el momento equivocado, o canta mal, o tiene ideas confusas.

Usted ha escrito que muchos seminaristas y sacerdotes recién ordenados han aprendido a celebrar la Misa tradicional, y eso le da esperanzas. También me las da a mí. Pero, ahora último, algunos liberales han comenzado a decir que los seminaristas amantes de la Tradición, que usan sotana y que llegaron en los tiempos de Benedicto, podrían verse reemplazados por una nueva ola de sacerdotes influidos por el papa Francisco.  

Me imagino que esto es verdad hasta cierto punto. Pero pienso que ello no sería un irse el péndulo al otro extremo, tal como ha ocurrido con el actual residuo de confusión posconciliar, que ha polucionado el pensamiento de casi todo el mundo. Además, si quienes están dirigiendo los seminarios son progresistas, saben muy bien cómo filtrar y excluir a los candidatos “excesivamente rígidos”, o sea, aquéllos que creen en el catecismo, rezan el rosario, se arrodillan para comulgar, y otras cosas semejantes. Por lo tanto, en algunos seminarios el “efecto Francisco” se mostrará a sí mismo como el rechazo o despido de candidatos perfectamente aceptables, pero “rígidos”.

Pero el cambio de mentalidad iniciado por Benedicto XVI no debería ser en absoluto mirado en menos: Benedicto elevó el perfil intelectual, espiritual y litúrgico de la Iglesia a un nivel que no había tenido desde antes del Concilio, y dejó tras de sí una riquísima estela de escritos, especialmente sobre la sagrada liturgia, que serán leídos durante décadas y posiblemente durante siglos. El “efecto Benedicto” puede que sea menos ruidoso, pero es más profundo y de efectos más amplios. Donde quiera que uno encuentra una diócesis que rebosa de vocaciones y de asistencia a Misa, se hallará la influencia ratzingeriana en plena actividad.


Conozco a un sacerdote que, gradualmente, suprimió, por más de una década, la mayor parte de los abusos litúrgicos en su parroquia, con una paciencia mucho mayor que la que yo hubiera tenido, y en pago de todos esos trabajos, no recibió más que rencor. Con el tiempo, y a pesar de toda la paciente catequesis con sus feligreses, su superior religioso lo trasladó a otra parte. Y esto ocurrió con un obispo bien dispuesto. Tengo mucho temor de lo que los sacerdotes amigos de la Tradición han de encontrar en sus parroquias, luego de su ordenación.

Sí. No quiero aparecer como una Pollyanna que le quita importancia a las dificultades, que son muy reales. Por una parte, la persecución de católicos ortodoxos está empeorando durante este pontificado. Quien quiera que cuestione Amoris Laetitia, por ejemplo, se transforma instantáneamente en persona non grata. Es muy probable que un sacerdote que predique desde el púlpito contra la homosexualidad o la anticoncepción sea “llamado al orden”. Y el sacerdote que comienza a celebrar la Misa tradicional es como si hiciera grabar en la espalda de su camisa un letrero con las palabras “¡Dispárenme!”. Pero esto no puede ser ni será la última palabra. Al presente estamos en sólo una etapa de una larga batalla. No hay papa ni obispo que dure para siempre, las generaciones pasan, hay problemas que terminan y otros que surgen para tomar su lugar.

Lo que está claro es, al menos, esto: los sacerdotes fieles a su ministerio sacerdotal, los que predican la verdad “con oportunidad o sin ella”, que celebran la liturgia con la máxima reverencia, que dan nuevamente vida a la Tradición, todos esos sacerdotes serán bendecidos aun en medio de muchas cruces, y se convertirán en bendición para sus fieles. Nuestro Señor se preocupará de ellos, y hará con ellos lo que Él decida. Conozco a sacerdotes que han pasado por situaciones terribles, que resultaron ser un preludio para su llegada a mejores lugares, a hacer un trabajo importante. Tenemos que confiar en que Dios se preocupará de los suyos cuando éstos hagan lo que deben hacer. Conozco a un sacerdote que ha sido castigado por su decisión de no dar jamás la comunión en la mano, debido a que va contra su conciencia el contemplar el Cuerpo de Cristo manipulado de modo tan descuidado, con peligro de que se pierdan algunas partículas (para no mencionar la pérdida de fe en la Presencia Real y en la distinción ontológica entre los cristianos ordenados y los no ordenados). Yo lo admiro, y también a otros como él: todos ellos son como el grano de trigo que cae a la tierra y muere, a fin de que pueda surgir una abundante cosecha.

Quisiera agregar que los jóvenes que sienten la vocación al sacerdocio necesitan ser astutos como serpientes e inocentes como palomas (cfr. Mt 10, 16). Debieran quizá pensar si no sería mejor para ellos ingresar a una sociedad de vida apostólica o a una comunidad religiosa que use solamente los viejos libros litúrgicos. En estos libros está depositada la Tradición de la Iglesia. Y los sacerdotes que tienen la obligación de usarlos no enfrentan el mismo tipo de oposición y de malos tratos que a menudo recibe el clero secular. Y diría lo mismo, a propósito, a las jóvenes que tienen vocación religiosa: en realidad es todavía más importante para ellas ingresar a una comunidad que esté atendida exclusivamente por sacerdotes que celebren según el usus antiquior.    

¡Oremos de rodillas al Señor para que envíe operarios a su mies!

¿Cree usted que existe el peligro del desaliento entre los católicos tradicionales?

Absolutamente sí. Uno encuentra ese peligro por todas partes. Los fieles se escandalizan especialmente por lo que ocurre en las jerarquías más altas de la Iglesia, y predicen que el cielo se vendrá abajo y nos aplastará. Quizá lo haga, pero eso no será todavía el fin del mundo. Ni tampoco será el fin de nosotros. Tenemos que luchar muy duro contra el desaliento. Santa Teresa decía: “El desaliento es una forma de orgullo”. Es orgullo en el sentido de que comenzamos dudar de la Divina Providencia y a echar al Señor la culpa de no intervenir o de no resolver éste o aquel problema en la forma que lo hubiéramos hecho nosotros. Pero es Dios quien tiene el mando, y sus caminos no son nuestros caminos. Nuestra tarea es realizar, lo mejor que podamos, lo que fuera que Él nos ha iluminado para que hiciéramos, dándonos fuerzas para ello. Todos conocemos las famosas palabras de la Madre Teresa: “No estamos llamados a tener éxito, sino a ser fieles”. Dios ha de bendecir y multiplicar el bien de nuestra fidelidad a Él, a la Iglesia, a la tradición católica, sea que veamos los frutos en nuestra vida o no.

En agosto pasado, el papa Francisco declaró que no existe la posibilidad de reconsiderar las decisiones relativas a los cambios litúrgicos, y que todo lo que debiéramos hacer ahora es procurar comprender las razones por las que se los llevó  cabo. Dijo: “Podemos afirmar con certeza y autoridad magisterial que la reforma litúrgica es irreversible”. ¿Qué piensa de esto?

No es fácil entender lo que el Santo Padre espera que esta frase produzca,  ya que no es una declaración doctrinal, sino una evaluación de un hecho histórico contingente, es decir, del proceso de reforma que comenzó luego de Sacrosanctum Concilium y culminó en los diversos libros litúrgicos del Novus Ordo. Es lo mismo que decir: “El euro está irreversiblemente establecido en Europa”. ¿Por qué habríamos de creer semejante cosa? O: “El ecumenismo de los últimos cincuenta años es un hecho irreversible”. Por cierto, nadie puede negar que el ecumenismo ha tenido lugar y que, como tal, no puede ser deshecho. Pero ello no nos dice nada sobre lo que el futuro nos depara. Todo ello, nuevos ritos litúrgicos o ecumenismo o cualquier otra cosa, podría ser anulado o, al menos, drásticamente “corregido”, por un futuro papa León XIV o Benedicto XVII o Pío XIII.

Podría también recordarse que un papa, Clemente VII, autorizó el nuevo breviario compuesto por el Cardenal Quiñones, otro papa, Pablo III, lo aprobó, pero un tercer papa, Pablo IV, lo suprimió, considerando que rompía con la Tradición y estaba excesivamente influido por la teología protestante. Algunos papas, según otros papas, pueden equivocarse en materias litúrgicas. Los concilios no son tampoco en absoluto infalibles en materia de recomendaciones sobre llevar o no llevar a cabo determinadas cosas prácticas. Nadie pone en duda que los Padres Conciliares deseaban cambios menores en la liturgia, y muchos autores notables, incluyendo a Joseph Ratzinger y Louis Bouyer, han planteado serios cuestionamientos al modo en que esos cambios efectivamente se hicieron.

Gracias por esta entrevista. Me complace especialmente el que usted haya estado dispuesto a abordar con franqueza algunos de los problemas que me inquietaron cuando leí sus elocuentes y convincentes ensayos en “Noble belleza”. Como usted lo dice, “muchas cosas que parecía imposibles hace un momento, se pueden volver súbitamente posibles”. Y estoy de acuerdo en que tenemos que luchar mucho contra el desaliento. Debemos ser personalmente humildes y santos para que Dios pueda actuar por medio de nosotros y lograr sus propósitos. Espero,  y rezo por ello, que muchos lectores encuentren en su libro, como me ha pasado a mí, mucho que pensar, mucho que los consuele, y mucho que los fortalezca.

Muchas gracias. Oremus pro invicem.  

Crédito de las fotografías:  las imágenes son las que acompañan el artículo original en New Liturgical Movement, con la excepción de la primera, que está tomada de Vimeo.com.

domingo, 3 de diciembre de 2017

Los ornamentos papales (v): la silla gestatoria

Continuamos la serie de ornamentos papales, correspondiendo en esta ocasión abordar la silla gestatoria sobre la cual era trasladado el Papa, flanqueado por cuatro oficiales de la Guardia Noble, seguido de los dos flabelos y del resto del cortejo papal, durante las procesiones. Al igual que los otros que hemos considerado hasta el momento, se trata de una insignia litúrgica propia del Santo Padre que estaba destinada a facilitar su traslado y permitir que éste fuese visto desde lejos por la muchedumbre. 


Procesión solemne en tiempos de Pío XI

Con el nombre de silla gestatoria (sedia gestatoria) se designa aquel trono portátil que usaba el Romano Pontífice en ciertos actos de gran ceremonia, de manera que la multitud pudiera verlo durante los breves traslados. Se trataba de un sillón de terciopelo carmesí con las armas del Papa reinante colocado sobre unas parihuelas doradas llevadas por doce personas, tres para cada uno de los cuatro travesaños, con clara semejanza a una litera o palanquín. La silla se usaba para las distintas ceremonias donde participaba el Papa en las Basílicas de San Pedro y San Juan de Letrán, como la coronación, las procesiones de entrada de las Misas pontificales, los consistorios públicos y las audiencias generales, pero con algunas diferencias en razón de su clase. Así, cuando se trataba de audiencias aquél no iba revestido y el cortejo se simplificaba, mientras que en las funciones litúrgicas vestía pontificalmente, era trasladado bajo palio y acompañado de todo el despliegue del ceremonial pontificio. 


Pío XII llevado sobre la silla gestatoria antes de una audiencia pública


Procesión solemne de ingreso a la Basílica Vaticana de San Juan XXIII

El uso de la silla gestatoria se relaciona con la autoridad que inviste el Papa, de suerte que ella no ha sido un elemento privativo del ceremonial de la Iglesia. Por eso, además de la función recién referida, ella sirvió en el pasado para otros fines, por ejemplo, cuando el Romano Pontífice recibía el tributo anual del Reino de Nápoles y de otros feudos tributarios de los Estados Pontificios. La representación más antigua conocida de un dignatario transportado en una silla gestatoria se data durante las primeras dinastías egipcias, en la celebración del Heb Sed, arcaica fiesta ritual que conmemoraba el trigésimo aniversario de reinado de un faraón. En el caso de la silla gestatoria papal, el primer testimonio que se tiene de ella proviene de la Apologia pro Synodo, escrita en el siglo VI por Magno Felice Ennodio (473-521), Obispo de Pavía, quien da cuenta de la existencia en Roma de una "gestatoriam sellam apostolicae confessionis", la cual recordaba la Cátedra de San Pedro que todavía se conserva en la Basílica Vaticana al interior del monumento conocido como la "Gloria de Bernini". Esta "gestatoriam sellam" consistía en una silla de madera, con brazos e incrustaciones de marfil, terminada en anillos en cada uno de sus lados inferiores por donde se pasaban las barras que permitían llevarla sobre los hombros. 


Vista frontal de la silla gestatoria
(Imagen: Ceremonia y rúbrica de la Iglesia española)


Vista trasera de la silla gestatoria con el escudo de armas de León XIII
(Imagen: Ceremonia y rúbrica de la Iglesia española)

Detalle de la "Gloria de Bernini", donde destaca en el centro la Cátedra de San Pedro
(Imagen: Aleteia)

Los encargados de trasladar la silla gestatoria eran los sediarios pontificios (sediari pontifici), correspondiendo el cometido a aquellos más jóvenes y robustos, ya que a partir de cierta edad se les asignaba sólo a la sala de servicios de cámara. Se trata de un oficio antiguo, que a lo largo de los siglos ha evolucionado según diversas modalidades, vinculadas a las costumbres y necesidades de los tiempos, y se ha ido consolidando a medida que se reafirmaba la función singular de la Iglesia de Roma y de su Obispo como Cabeza de la Cristiandad. Como recuerda su misma denominación, su tarea ha estado relacionada desde siempre con la Sede de Pedro, incluso acompañando al Papa en su destierro de Aviñón y después en su descanso estival en Castelgandolfo. En efecto, desde el siglo XIV se tiene noticia de la existencia de un Colegio de sediarios, los cuales desempeñaron diversas funciones, dependiendo del Prefecto de los Sagrados Palacios Apostólicos o del Mayordomo, funciones que, aunque de modo diverso, perduran en lo fundamental hasta hoy (véase aquí el discurso que Benedicto XVI les dedicó en 2006). 


San Juan XIII llevado en silla gestatoria por los sediarios pontificios, que visten el uniforme anterior a la reforma posconciliar

A mediados del siglo XVI, Pío IV (1559-1564) reguló el servicio de la silla gestatoria, reservándola sólo para caballeros romanos. Con el tiempo, el uso se hizo más profesional y los sediarios pontificios se unieron a otra categoría codiciada y honrada, los Palafreneros del Papa, creando una hermandad que tuvo el privilegio de recibir una iglesia en el Vaticano, junto a la Puerta de Santa Ana, llamada por eso Sant'Anna dei Parafrenieri. Con todo, sólo una mínima parte del trabajo de los sediarios consistía en el transporte a hombros del Papa. Vestidos con elegante librea, con el escudo de armas papal bordado en el pecho, eran parte de la "Familia del Santo Padre" y estaban, por tanto, entre los que tenían mayor intimidad con él. Cuidaban y entretenían a las visitas en las antecámaras y uno de ellos tuvo el honor de dormir en la sala adyacente a la del Santo Padre, que disponía de una campanilla para avisarle, siempre presto para acudir a su llamada.

San Juan XXIII saluda a los fieles a la salida de una audiencia en Castelgandolfo

El uniforme tradicional de los sediarios era un precioso traje de estilo barroco, en seda damasquinada de color carmesí, cuyo diseño parece provenir de Rafael Sanzio. El color en que estaba confeccionado representaba la sangre derramada por los mártires cristianos. Hasta 1950, incluía además un bicornio negro con una roseta, una banda y un botón en seda, siempre de color negro. El uniforme se completaba por una amplia zimarra roja y un suerte de capa (ferraiolo) negra bordeada por tres bandas de seda veteada de rojo, lo que indicaba su dignidad en la corte papal. Esta última prenda era conocida coloquialmente como "mantellone".

El beato Pablo VI llevado en silla gestatoria por los sediarios 

Al beato Pablo VI correspondió dar aplicación a las disposiciones conciliares que ordenaba simplificar el ceremonial pontificio, para hacerlo mayor sobriedad y ponerlo en sintonía con el mensaje cristiano y con las exigencia de los tiempos. Entre los cambios introducidos estuvo la supresión de la secular Corte Pontificia merced a la Carta Apostólica Pontificalis Domus (1968), aunque se conservaron los sediarios. Eso sí, su uniforme fue adecuado al siglo. Desde 1972, éste consiste en un frac compuesto de una levita de color gris aviolaceado, pantalones del mismo color, un chaleco gris perla, y guantes y pajarita blanca. Alrededor del cuello, los sediarios llevan un característico collar de plata cuyo medallón representa el sello oficial de la Santa Sede (la tiara papal con las llaves cruzadas) sobre el cual están grabadas las palabras "Anticamera Pontificia", el que se sostiene por medio de cuatro cadenas.


El papa Juan Pablo I hace ingreso a la Basílica Vaticana para una audiencia general llevado por los sediarios
(Imagen: Ceremonia y rúbrica de la Iglesia española)


En la actualidad, los sediarios se dedican a preparar las audiencias y celebraciones pontificias y a recibir a los invitados que tiene el Papa. La última vez que actuaron cumpliendo su función propria fue el 8 de abril de 2005, cuando 12 de ellos llevaron sobre sus hombros el féretro de San Juan Pablo II. Los sediarios pontificios son actualmente 24 y dependen del Decano de Sala de la Antecámara Pontificia, cargo que ostenta el Prof. Augusto Pellegrini.

Los sediarios pontificios trasladan el ataúd durante el funeral de San Juan Pablo II
(Imagen: WorldCrunch)

Con todo, a pesar de los cambios introducidos en diversos aspectos, el beato Pablo VI siguió usando la silla gestatoria después de haber abolido el correspondiente cortejo de guardias nobles rodeado de flabelos con que ella era trasportada. A su amigo el filósofo francés Jean Guitton (1901-1999) le explicó las razones por las cuales había tomado esta decisión: "Me he dado cuenta de que la incómoda silla, que da la sensación del mar y de las olas, me permite precisamente estar más cerca de todos. Se permanece elevado por encima de todos, para que todos puedan ver mejor, sin desigualdades ni precedencias". De hecho, éste era el simbolismo que tradicionalmente se le daba a la silla gestatoria y los sediarios: el Papa representaba a toda la Iglesia, que avanzaba sobre la barca de Pedro en medio del mundo, apoyado por la sangre derramada por los mártires. 

El beato Pablo VI saluda a los fieles desde la silla gestatoria. Los sediarios visten el uniforme reformado

Juan Pablo I fue el último papa que usó la silla gestatoria, movido por el deseo de los fieles, pese a su reticencia inicial. 

Juan Pablo I sobre la silla gestatoria revestido pontificalmente
(Imagen: Ceremonia y rúbrica de la Iglesia española)


Juan Pablo I ingresa a la Basílica de San Pedro en silla gestatoria
(Imagen: Ceremonia y rúbrica de la Iglesia española)


Su sucesor, San Juan Pablo II, abandonó completamente el uso de la silla de gestatoria, sin que haya vuelto a ser utilizada por Benedicto XVI o el papa Francisco. En su reemplazo se ha empleado un vehículo motorizado descubierto (el "papamóvil"), con el cual el Santo Padre recorre la Plaza de San Pedro y que también se usa en sus desplazamientos fuera del Vaticano. 

San Juan Pablo II sobre una tarima rodada levada por los miembros de una cofradía durante su visita al Santuario de la Virgen de Guadalupe, Ciudad de México, en 1979

En 2002, cuando San Juan Pablo II ya no podía caminar por sus medios, comenzó a utilizarse una suerte de peana rodada sobre la cual iba de pie el Santo Padre, de la que había un antecedente en aquella tarima de la que sirvió durante su visita al Santuario de la Virgen de Guadalupe en 1979. Debido al empeoramiento de la salud del pontífice, al año siguiente se añadió un sillón para que el Papa hiciese el recorrido sentado. 


San Juan Pablo II ingresa en una audiencia semi-pública en una pedana rodada
(Imagen: Wikipedia)

Benedicto XVI continúo usando la peana rodada hasta que renunció al ministerio pretrino en 2013, y rechazó la silla gestatoria cuando le fue sugerida como posibilidad. Ella era movida por dos sediarios pontificios. 


Benedicto XVI recorre la Basílica de San Pedro sobre la peana rodada, flaqueado por dos sediarios

Por privilegio especial, el Patriarca de Lisboa tenía derecho a silla gestatoria. Sin embargo, el privilegio consistía en que, cuando predicaba, la silla se colocaba en medio del presbiterio y el Patriarca podía sentarse en ella. A diferencia del Papa, entonces, el Patriarca de Lisboa no podía ser llevado sobre la silla en sus desplazamientos. 


Silla gestatoria del Patriarca de Lisboa conservada en el museo de la Catedral de Santa María Mayor de Lisboa