jueves, 16 de noviembre de 2017

La vida eremítica tradicional

Un ermitaño, eremita o anacoreta es una persona que elige profesar una vida solitaria y ascética, sin contacto permanente con la sociedad. El término procede del latín eremīta, que a su vez deriva del griego ἐρημίτης o de ἔρημος, que significa «del desierto». En sentido amplio, la expresión se extendió para significar a todo aquél que vive en soledad, apartado de los vínculos sociales, sirviéndose de la metáfora de la huida al desierto, lugar donde Cristo pasó cuarenta días de ayuno y oración como preparación de su vida pública. Esta forma de vida puede ser vivida de manera individual o colectiva. La primera es la seguida por los que propiamente revisten el carácter de ermitaños o anacoretas, los cuales deben reconocidos por el ordinario respectivo y dependen de él. Su situación es distinta de las órdenes monásticas eremíticas, que si bien se apartan del mundo para dedicarse a la oración y a la penitencia al igual que los ermitaños o anacoretas, hacen vida común en fraternidad, observan una regla de vida o estatutos y viven bajo la obediencia de un Superior. Ellas son, por tanto, institutos de vida consagrada. 

 Retrato de San Pablo Ermitaño (llamado también San Pablo el Egipcio), por José de Ribera (1640, El Prado)

En el cristianismo, la vida eremítica tiene por finalidad alcanzar una relación con Dios que se considera más perfecta. La vida del ermitaño está por lo general caracterizada por el ascetismo, la penitencia, el alejamiento del mundo urbano y la ruptura con las preferencias de éste, el silencio, la oración, el trabajo y, en ocasiones, la itinerancia. Se estima que el eremitismo nació hacia fines del siglo III o principios del siglo IV,​ particularmente tras la paz constantiniana (313), cuando los llamados «Padres del Desierto» abandonaron las ciudades del Imperio romano y zonas aledañas para ir a vivir en aislamiento y en el rigor de los desiertos de Siria y Egipto, especialmente en el desierto de la Tebaida. Una forma particular de esta vida eremítica fue la vivida por los estilitas, nombre con el que se conoce a aquellos monjes solitarios que vivían en el Medio Oriente a partir del siglo V y tenían la particularidad de transcurrir su vida de oración y penitencia sobre una plataforma colocada en la cima de una columna (de ahí su nombre: de stylos, columna en griego) permaneciendo allí durante muchos años e incluso hasta la muerte. Esta especie de monacato era especialmente practicado en el Oriente cristiano, sobre todo en las cercanías de Antioquía y en Siria. En la iglesia griega se mantuvo hasta después del cisma (1050) y entre los rusos hasta el siglo XV. Su institución se atribuye a Simón el Estilita (390-459). 

Durante el siglo XI se fundaron dos órdenes de vida eremítica. La primera es la Orden de la Camáldula, fundada por San Romulado en torno a los años 1024 y 1025, como una reforma que buscaba la pureza de la Regla benedictina según la forma de vida eremítica. Por su parte, en 1084 San Bruno fundó la Orden de los Cartujos, cuyo lema es "Stat Crux dum volvitur orbis" ("La Cruz permanece estable mientras el mundo da vueltas"). Los cartujos se rigen por el Statuts, cuya última versión fue aprobada por el Capítulo general, y el fin última de cada uno de ellos es la contemplación en una vida monástica de oración pura y continua. La primera característica de un monje cartujo es la búsqueda de Dios en la soledad, la cual supone tres niveles: (i) la separación del mundo, (ii) la guarda de la celda y (iii) la soledad interior o soledad del corazón. 

Durante la secularización que trajo consigo la Ilustración alemana del siglo XVIII, surgió en la primera mitad del siglo XIX una nueva fraternidad eremítica en la diócesis de Ratisbona, Alemania. Los miembros de la fraternidad vivían como terciarios de San Francisco de Asís, y se extendieron por zonas yermas de Alemania, Suiza y Austria.

 Ilustración que representa a un eremita (1811)

En el siglo XX, el eremitismo tomó diferentes formas. Algunos de los ermitaños más conocidos pertenecían a órdenes religiosas, aunque debían solicitar permiso para llevar una vida eremítica. Tales fueron los casos de María Boulding (benedictina, 1929-2009) o Thomas Merton (cisterciense, 1915-1968). Ha habido ermitaños que no pertenecen a ninguna orden religiosa, como la hermana Wendy Beckett (quien provenía de las Hermanas de Nuestra Señora de Namur) o Jan Tyranowski (1901-1947), un laico que desempeñó un papel central en la formación de San Juan Pablo II.

El beato Carlos de Foucauld (1858-1916) constituye un caso emblemático. Habiendo sido un militar de vida disipada y un explorador de Marruecos, se convirtió al catolicismo y vivió como monje trapense, primero en Francia y luego en Siria. Más tarde abandonó la Trapa para llevar una vida eremítica aún más exigente en el Sahara argelino, aunque su espiritualidad incluyó numerosos rasgos de servicio hacia los más abandonados. Su figura, simbolizada en la célebre Oración de abandono, constituye una renovación del eremitismo y de la llamada «espiritualidad del desierto» en pleno siglo XX.

 El Beato Carlos de Foucauld

Después de la Segunda Guerra Mundial hubo un renovado interés por la vida solitaria. Esto explica que, si bien de manera implícita, el Concilio Vaticano II se refiera a los eremitas en un texto referido a la vida en soledad (LG 43 y PC 1). Como fuere, en la Iglesia latina las disposiciones canónicas en torno a la vida eremítica son recientes. El Código de Derecho Canónico de 1983 sitúa el único canon sobre los eremitas dentro de la disciplina de la vida consagrada y sujeta su aprobación al obispo diocesano. Tal es lo que dispone el canon 603:

1. Además de los institutos de vida consagrada, la Iglesia reconoce la vida eremítica o anacorética, en la cual los fieles, con un apartamiento más estricto del mundo, el silencio de la soledad, la oración asidua y la penitencia, dedican su vida a la alabanza de Dios y salvación del mundo.

2. Un ermitaño es reconocido por el derecho como entregado a Dios dentro de la vida consagrada, si profesa públicamente los tres consejos evangélicos, corroborados mediante voto u otro vínculo sagrado, en manos del Obispo diocesano, y sigue su forma propia de vida bajo la dirección de éste.

Retrato de San Jerónimo, por Francesco Bassano El Joven
(Imagen: Wikimedia Commons)

El lenguaje usado por el código recuerda el parágrafo sobre los contemplativos del Decreto Perfectae Caritates (1965) sobre la adecuada renovación de la vida religiosa (cfr. PC 7). La principal responsabilidad legal recae en el obispo diocesano, como pastor propio de la porción del Pueblo de Dios que le ha sido confiado. Hay muchas cuestiones importantes que varían de un país a otro y de una cultura a otra: la madurez y la salud físicas y psicológicas, la formación, el seguro médico, la financiación, el discernimiento, la dirección espiritual, la seguridad física y la disposición de las estructuras necesarias para el sostenimiento de esta vocación única. Con todo, el código no se refiere a otra posibilidad de ermitaños: los que, sin dejar de ser religiosos y bajo la dirección de sus superiores, viven una vida eremítica aparte de la comunidad, una práctica reconocida ya desde los tiempos de san Benito. Es el caso de María Boulding y Thomas Merton ante mencionado. Por su parte, la Iglesia oriental tiene su propia legislación en relación con los eremitas (cánones 481-485 CCEO). 

De igual forma, San Juan Pablo II alabó la vida eremítica como forma especial de consagración en la exhortación apostólica Vita consagrata (1996): "Es motivo de alegría y esperanza ver cómo hoy vuelve[n] a florecer […] los eremitas y las eremitas, pertenecientes a órdenes antiguas o a institutos nuevos o incluso dependientes directamente del obispo, quienes con su separación interior y exterior del mundo testimonian el carácter provisorio del tiempo presente […] Esta vida 'en el desierto' es una invitación para los demás y para la misma comunidad eclesial a no perder de vista la suprema vocación, que es la de estar siempre con el Señor [8]" (núm. 7).

El lugar de un eremita moderno puede estar en un sitio apartado o en la soledad de una ciudad moderna. Dada la novedad de la regulación sobre este estado de vida, y en especial debido al creciente interés por ella, la Iglesia tiene todavía mucho que aprender sobre esta vocación que el Espíritu ha revivido en su seno. 

Aunque la vida eremítica está menos difundido que en otros lugares (por ejemplo, en Alemania existen cerca de ochenta personas que viven este estilo de vida), también en Hispanoamérica existen hoy hombres y mujeres consagrados ermitaños según el canon 603 CIC. Un ejemplo reciente es Jerónimo Fernández, sacerdote diocesano de Córdoba, España, quien desde hace cuatro años vive como eremita, sin descuidar los encargos pastorales que su obispo le ha confiado (véase el reportaje que le dedicó Alfa y Omega). 

 El eremita español P. Jerónimo Fernández saluda al Cardenal Sarah durante una visita de éste a Córdoba
(Foto: Diócesis de Córdoba/Alfa y Omega)

Algunos de esos ermitaños modernos han adoptado la forma extraordinaria. Les ofrecemos a continuación un recuento de algunos de ellos (los dos primeros son propiamente eremitas, mientras que las siguientes dos fundaciones son comunidades de vida semi-eremítica). En una entrada posterior haremos referencia a las particularidades de la liturgia de los cartujos. 

1. El Santuario de Valdejimena (Salamanca, España)

Valdejimena
 es una localidad española del municipio de Horcajo Medianero, en la comarca de la Tierra de Alba, provincia de Salamanca, Comunidad autónoma de Castilla y León, España. Ahí se encuentra el Santuario de la Virgen de Valdejimena, el tercero desde los orígenes de esta devoción, y situado a 40 kms de la capital de la provincia. La actual eremita es de estilo barroco y comenzó a construirse en 1683, concluyéndose en 1698. Cada 4 de junio se realiza en ella una romería en honor de su patrona. 

Por siglos la ermita fue servida por ermitaños, hasta que a fines del siglo XX se asentó allí, una comunidad de vida activa. Aunque hicieron mucho, no era su carisma y acabaron marchándose. Para reemplazar a esta comunidad no se logró encontrar a ningún contemplativo dispuesto a vivir en estas austeras soledades. 

 Santuario de Valdejimena

En el Santuario de Valdejimena vive como ermitaño benedictino desde 2011 el padre Francisco, originario de la Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos. En unión con el espíritu de los monjes de las otras abadías tradicionales y con el cumplimiento del espíritu tradicional que no se encuentra en otros monasterios, este sacerdote sigue la Regla de San Benito en medio de la sierra castellana. Celebra  la Santa Misa tridentina los festivos y domingos con grupos que deseen participar a las 11.30 en la capilla monástica. Tiene además una hospedería para los que deseen hacer retiros o que están en búsqueda interior. Mayor información puede ser obtenida en su bitácora, donde están asimismo los datos de contacto.  

2. La Ermita de Nuestra Señora del Huerto Cerrado (Warfhuizen, Países Bajos)

Esta ermita está ubicada en Warfhuizen, un pueblo en la provincia neerlandesa de Groninga, la más septentrional de dicho país. La ermita, que solía ser la iglesia reformada del pueblo (originalmente contruida en el siglo XIII, pero reemplazada en 1858 por una iglesia neoclásica) antes de ser adquirida por un grupo de católicos, fue fundada en 2001 y alberga al único ermitaño de los Países Bajos, el Hermano Hugo, quien hizo sus votos ante el obispo de Groninga-Leeuwarden, diócesis de la cual depende.  Pese a que siempre se ha mantenido la costumbre de que algunos miembros de órdenes religiosas pidan permiso a sus superiores para llevar una vida eremítica aparte de su comunidad, el último eremita neerlandés había muerto alrededor de 1930. 

 Iglesia de la ermita de Nuestra Señora del Huerto Cerrado de Warfhuizen

Reja que separa la sección del ermitaño de aquella destinada a los peregrinos

El nombre de la ermita deriva del tema pictórico de la Virgen del Huerto Cerrado (hortus conclusus), que representa a Nuestra Señora y al Divino Niño en un huerto florido cercado, normalmente de naturaleza paradisíaca, el que representa su Virginidad.  Como es típico en la antigua tradición eremítica neerlandesa (la que se manifestó con especial fuerza en Limburgo y Brabante Septentrional durante la Contrarreforma), la ermita es también un santuario con culto público, dedicado a la Santísima Virgen, bajo la advocación de la Madre Dolorosa de Warfhuizen, y a San Ludgero, y que atrae un gran número de peregrinos (la temporada de peregrinaje va desde aproximadamente mediados de abril hasta la fiesta patronal de Nuestra Señora de los Dolores, el 15 de septiembre), además de contar con una cofradía masculina y femenina. Debido a la advocación de Nuestra Señora de los Dolores, muchos de los peregrinos acuden al santuario a pedir por sus hijos, o por personas enfermas o accidentadas, o que han perdido el rumbo en sus vidas.

Martin Schongauer, Madona en el jardín de rosas (circa 1473)
(Imagen: Wikimedia Commons)

La imagen de Nuestra Señora fue colocada en 2003 y es obra del escultor español Miguel Bejarano Moreno, quien es muy conocido por las imágenes que ha tallado para la Semana Santa sevillana, lo cual atrae a muchos peregrinos españoles residentes en los Países Bajos. En torno al pañuelo que sostiene la imagen de Nuestra Señora para enjugar sus lágrimas se ha creado la tradición del trueque del pañuelo: una persona pide por intermedio del ermitaño el pañuelo a Nuestra Señora y lo cambia por uno nuevo; el pañuelo viejo es entregado a una persona enferma o anciana o a alguien que enfrente una dificultad o prueba, como por ejemplo un examen. La imagen cuenta además con varios mantos festivos, los que son cambiado a lo largo del año litúrgico; algunos evocan el origen andaluz de la imagen, mientras que otros la tradición de los santuarios neerlandeses de la Contrarreforma.

Nuestra Señora de Warfhuizen, con el manto de octubre
(Imagen: Wikimedia Commons)


La imagen con un célebre manto confeccionado por el diseñador local Ramiro Koeiman (2010)
(Foto: Wikimedia Commons)


En la ermita se reza naturalmente el oficio divino. Hasta 2009, el ermitaño observaba el oficio de San Benito, pero a partir de ese año decidió cambiar al oficio de San Juan Casiano (siglo V), el que se inspiró para sus horarios en las costumbre de los Padres del Desierto,  por lo que resulta especialmente apropiado para la vida eremítica. El oficio de San Juan Casiano se diferencia principalmente de aquel de San Benito en que, en lugar de los ocho oficios tradicionales, están previstas dos vigilias largas, una al comenzar y otra al terminar la noche, las que en Warfhuizen se cantan en latín en voz baja. Las otras horas canónicas no tienen un oficio con salmos, por lo que se rezan en silencio, por influencia de la espiritualidad del cristianismo oriental, mediante la Plegaria de Jesús

 Icono de San Juan Casiano
(Imagen: Wikimedia Commons)

En el santuario, además, se observan además muchas devociones orientadas a los peregrinos, como el rezo del Rosario y de numerosas letanías, y se realizan frecuentes procesiones. Desde 2009, el obispo de Groninga-Leeuwarden autorizó el culto eucarístico en el lugar, exponiéndose a diario el Santísimo. El santuario cuenta además con reliquias de San Antonio Abad y de San Gerlaco, ermitaño neerlandés del siglo XII, las que son objeto de gran veneración por los peregrinos.

3. Los Hermanos Ermitaños de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo (Brasil)

Durante el siglo XX, el carisma eremítico de franciscanos y carmelitas (ambas órdenes fundados en el siglo XIII) logró recuperarse y se formaron nuevas comunidades eremíticas bajo una renovada legislación canónica que las hacía posible. Uno de esos casos es el los Hermanos Ermitaños de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo (a quienes nos hemos referido ya en una entrada previa sobre carmelitas tradicionales), un instituto religioso de derecho diocesano surgido en 2002 en la diócesis de Bragança Paulista (Sao Paulo, Brasil). Su iniciador fue un ex-carmelita descalzo, quien en 2007 se integró al clero secular por no estar conforme con la adopción de la liturgia tradicional por parte de su comunidad. 

De esta manera, Fray Santiago de San José, actual Prior, se quedó solo y tuvo que volver a empezar. La Virgen Santísima lo auxilió y pronto llegaron vocaciones. En 2009, el instituto adoptó el tradicional Rito Carmelitano de la Misa, así como el Oficio propio y el Ritual carmelitanos.

 (Foto: Divinas Vocaciones)

Esta nueva fundación constituye una restauración del original carisma monástico del Carmelo tal y como era hasta finales del siglo XIII, antes de su incorporación a las Órdenes Mendicantes que tienen apostolado activo. Siguen el propósito de Santa Teresa de Jesús de vivir sin mitigaciones la Santa Regla primitiva de San Alberto de Jerusalén, siendo sus Constituciones aquellas mismas que redactó en el siglo XIX el Beato Francisco Palau para un Carmelo eremítico en España. Viven en soledad compartida en pequeñas ermitas entorno a un oratorio en el que se reúnen para la Santa Misa y el Oficio Divino. También disfrutan de las alegres recreaciones teresianas. Su liturgia está abierta a los fieles, dando magníficos frutos de apostolado entre la juventud y las familias. 

Junto a los Hermanos han nacido las Hermanas Ermitañas de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo, con idéntico carisma y espíritu.

4. Los benedictinos ermitaños de Cerdeña

En otra entrada hemos mencionado esta fundación benedictina de la isla italiana de Cerdeña. El sitio The Eponymous Flower informaba en 2012 sobre los inicios de un claustro de eremitas benedictinos en ese lugar. Once años antes, un grupo de personas había solicitado al obispo de Tempio-Ampurias que autorizase la celebración de la Santa Misa tradicional. El obispo no accedió sus requerimientos, pero pronto fue reemplazado por otro. Poco a poco, el grupo comenzó a recibir la asesoría espiritual de un sacerdote perteneciente a un instituto Ecclesia Dei, viviendo según la regla benedictina y participando de la liturgia de siempre. En 2012, la comunidad comenzó la construcción de su propio monasterio, como fue reportado por Messa in latino.  Sin embargo, fuera del correo electrónico que se entrega (eremitani@hotmail.it), no hay mayor información sobre el estado actual del monasterio o su ubicación exacta, ni tampoco sobre si han obtenido el reconocimiento canónico por parte de la diócesis.

 Bendición del terreno donde se levantaría el monasterio de los benedictinos ermitaños de Cerdeña

martes, 14 de noviembre de 2017

Pistas de lectura: The Benedict Option, de Rod Dreher

Ofrecemos a continuación a nuestros lectores una recensión escrita por el Dr. Rubén Peretó Rivas respecto del libro de Rod Dreher The Benedict Option (disponible aquí o aquí), el cual ha sido muy comentado en círculos cristianos y seculares en los EE.UU. luego de su aparición. Recientemente, la Editorial Arteche ha publicado la traducción francesa de esta obra bajo el título de Comment être chrétien dans un monde qui ne l'est plus: Le pari bénédictin (puede adquirirse aquí o aquí).

Dreher (*1967) es un escritor y periodista estadounidense, editor principal de The American Conservative, además de autor de varios libros y numerosas colaboraciones para diversos medios de prensa escrita. Criado como metodista, el autor se convirtió al catolicismo en 1993, pero en 2006 anunció su conversión al cristianismo ortodoxo oriental.

El Dr. Rubén Peretó, por su parte, es profesor de filosofía medieval y patrística en la Universidad Nacional de Cuyo e investigador de CONICET. Como de seguro lo recordarán nuestros lectores, este año nos honró con su gratísima presencia como expositor en nuestro III Congreso Summorum Pontificum. Le agradecemos su gentileza de permitir que publiquemos en nuestra bitácora su reseña. 

(Rod Dreher/Sentinel)

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Rod Dreher, The Benedict Option: A Strategy for Christians in a Post-Christian Nation, Nueva York, Sentinel, 2017.

Ruben Peretó Rivas


En casi trescientas páginas, el autor desarrolla un diagnóstico de la situación por la que atraviesan lo que él llama “cristianos ortodoxos” en el mundo contemporáneo y plantea las estrategias e, incluso, recetas que deberían adoptar para resistir y sobrevivir a los embates de la civilización post cristiana. Es a esta actitud concreta de resistencia y de modus vivendi a lo que él llama Benedict option, u “opción de San Benito”.

Dreher procura mostrar el paralelismo entre el estado en que se encontraba la civilización clásica romana cuando el joven Benito llegaba desde su pequeño poblado de Nursia y la decisión que tomó a las puertas de Roma: retirarse, construir monasterios y restaurar, desde ese retiro y apartamiento, la civilización que se perdía. La propuesta de Dreher consiste, entonces, en una separación del mundo para conservar las semillas de la civilización occidental que recibimos y de las que el mundo contemporáneo ha decidido deshacerse. La propuesta no es integrarse al mundo, sino apartarse y fundar pequeños monasterios domésticos, a imitación del exitoso modelo benedictino.

El que propone no es un apartamiento al estilo back to the land de los ’70 y mucho menos al modo de los menonitas. Es un apartamiento realista e inteligente, y señala como ejemplo el caso del grupo fundado por Marco Sermarini, en San Benedetto del Tronto, al estilo de los grupos Tipi loschi del beato Pier Giorgio Frassati y con una fuerte inspiración chestertoniana. Relata casos de cómo sobrevivir económicamente, de cómo educar a los hijos y de cómo formar pequeñas comunidades apartadas pero no weird. En definitiva, la propuesta es interesante y viable, y lo demuestra la enorme repercusión que ha tenido el libro, que se ha convertido en un best-seller y ha sido comentado por importante personalidades como Rowan Williams o Mons. Charles Chaput.

Es imposible no pensar, a medida que se pasan sus páginas, en La restauración de la cultura cristiana de John Senior. El libro de Dreher lo sigue paso a paso y, sin embargo, no lo menciona en ninguna ocasión, ni a la obra ni al autor, y esto constituye, cuanto menos, una injusticia. Y Dreher no puede aducir que no lo conoce puesto que admite tener relación con los monjes de Clear Creek y haber participado allí en unas jornadas sobre la Opción de San Benito.

La ascensión de San Benito (detalle de un vitral del S. XII, Museo de Cluny)

Y aunque el libro de Dreher sigue al de Senior, no logra darle alcance. Omne agens agit sibi simile, decía Santo Tomas, y tampoco se equivocó en este caso. La obra de Senior muestra alsabio académico con una profunda experiencia de vida cristiana que hay detrás; la de Dreher muestra al periodista parte del equipo del periódico The American Conservative.

A riesgo de simplificar demasiado, podría decirse que mientras la propuesta de Senior tiene una base sobrenatural centrada en la liturgia, la base de Dreher es cultural. Pierde de vista un elemento esencial: la liturgia. Es verdad que la Regla de San Benito fue el andamiaje legislativo que permitió la reconstrucción de Occidente, pero Benito de Nurcia no optó por un texto legislativo, sino por una fe muy concreta que se concentraba en la celebración de la Santa Misa y del oficio divino. Si se elimina, o se coloca en un lugar secundario, este aspecto, la propuesta permanece en un plano estrictamente cultural y que, en cuanto tal, puede ser volada por cualquier ventarrón. Le faltan los cimientos.

Esto se manifiesta de varios modos. Por ejemplo, Dreher se dirige a lo que él llama “cristianos ortodoxos”, es decir, que permanecen fieles a la doctrina cristiana o que no aceptan las reformas liberales, y en ese grupo ubica por igual a católicos, ortodoxos y protestantes. Este entrevero manifiesta un profundo error teológico del autor: la conservación del cristianismo debe, necesariamente, edificarse sobre la vida sobrenatural de sus miembros, y esa vida nos llega a través de los sacramentos. Dicho de otro modo, sin sacramentos, no hay restauración cristiana posible. Y los protestantes, por más “ortodoxos” que sean, no tienen varios de los sacramentos, empezando por el del orden sagrado. Nuevamente, entonces, la opción de San Benito de Dreher es cultural: sólo la Regla pero sin la Santa Misa. The Benedict Option no es un mal libro. Es un libro recomendable, pero es un libro limitado. A muchos lectores actuales quizás le resulte demasiado difícil acercarse a La restauración de la cultura cristiana de Senior; Dreher es mucho más accesible y souple, adaptado a los decaído estándares contemporáneos pero, por eso mismo, más delgado y con escasa base de sustentación.

domingo, 12 de noviembre de 2017

Los ornamentos papales (ii): el fanón y el subcinctorio

Continuamos con la serie sobre ornamentos papales. Cuando celebra pontificalmente la Misa, el Santo Padre, además de las usuales vestimentas de orden sacerdotal o episcopal, lleva también otras dos que le son propias: el fanón sobre los hombros y el subcinctorio, que cuelga del cíngulo al costado derecho.
 
El fanón
 
Así como algunos obispos usan el racional o superhumeral, el Obispo de Roma viste encima de la casulla y por debajo del palio una insignia litúrgica propia que recibe el nombre de fanón (fanone), nombre que deriva del término latino fano, paño. 

San Pío X celebra la Santa Misa en la Capilla Sixtina revestido con fanón
(Foto: Rorate Caeli)

El fanón es un ornamento litúrgico que está formado por dos mucetas ligeras de forma circular superpuestas la una a la otra, siendo la inferior más larga que la superior. Una apertura redonda y vertical se deja en la parte central para pasar por ahí la cabeza. Esta insignia está confeccionada en seda blanca y dorada, con largas líneas perpendiculares, separadas por una franja amaranto o roja. Sobre el pecho tiene una cruz bordada en oro. Originalmente, las dos mucetas estaban cocidas por el collar superior. Por mayor comodidad de uso, al inicio del siglo XX San Pío X dispuso que se dividiesen. Así, el fanón se usa desde entonces de manera que la muceta interna queda bajo la estola y la muceta externa sobre la casulla.

Pío XII, con fanón y palio, recibe la tiara el día de su coronación

Algunos autores estiman que el origen del fanón se encuentra en el efod judío, mientras que otros postulan que es una derivación del amito. Como fuere, en su origen no era otra cosa que el anabolagium que menciona hacia el siglo VII el Ordo romano I, y que entonces usaban también los demás clérigos. La exclusividad del fanón como insignia papal se produjo entre los siglos X y XII, cuando otros eclesiásticos en Roma comenzaron a colocar dicha vestimenta bajo el alba en lugar de cubrirla, vale decir, cuando empezó a hacerse común entre los clérigos el uso de esta prenda a manera de amito ordinario. A comienzos del siglo XII, el fanón sólo podía ya ser utilizado por el Papa, según consta de la indicación de Inocencio III (1198-1216). La costumbre actual de que el Santo Padre, además del fanón, lleva amito bajo el alba, no aparece sino hasta el final de la Edad Media. No se tienen noticias seguras sobre la forma primitiva de este paramento, y todo parece indicar que en el siglo XV el fanón tenía todavía una forma cuadrangular. A partir del siglo XVI adoptó su forma actual y comenzó a ser confeccionado de seda blanca, a la que prontamente comenzaron a añadirse adornos.

San Juan XXIII con fanón

El uso del fanón estaba reservado para las funciones pontificales solemnes celebradas por el Papa. Luego que el diácono lo ha ayudado a revestirse con el usual amito, alba, cíngulo y subcinctorio, además de la cruz pectoral, abre el fanón y coloca la parte superior de la pieza hacia la parte de atrás de la cabeza del Papa. Enseguida ayuda a éste a vestir la estola, tunicela, dalmática y casulla, y luego pone hacia abajo la parte del fanón que ha sido colocada sobre la cabeza del pontífice, de manera que quede la pieza frontal sobre los ornamentos que muestran la plenitud del orden sacerdotal (tunicela, dalmática y casulla). Finalmente, el diácono arregla el fanón de tal forma que cubre los hombros del Papa como un collar.

El beato Pablo VI, revestido pontificalmente y sobre la silla gestatoria, saluda a los fieles reunidos en la Plaza de San Pedro del Vaticano

Hay constancias de que todos los Papas han usado el fanón desde el sigo XII, con la única excepción de Juan Pablo I y Francisco. Si bien las normas litúrgicas posteriores a la reforma posconciliar no hace mención a esta insignia, los dos papas que precedieron a este último lo usaron en cuatro ocasiones: una vez San Juan Pablo II (el 22 de noviembre de 1984 durante la celebración de la solemnidad de San Cecilia en la basílica que le está dedicada en el Trastévere) y tres Benedicto XVI (el 1° de octubre y el 25 de diciembre de 2012, y el 6 de enero de 2013, con ocasión de una canonización, la Natividad del Señor y la Epifanía respectivamente). De hecho, en su día la Oficina de celebraciones litúrgicas del Sumo Pontífice explicó el sentido del fanón (véase aquí).

San Juan Pablo II arrodillado ante el altar de Santa Cecilia con casulla romana y fanón

El fanón tiene un valor simbólico importante, pues representa el escudo de la Fe que protege la Iglesia (Ef. 6, 16), representada por el Papa. Las bandas verticales de color dorado y plateado representen la unidad y la indisolubilidad de la Iglesia latina y oriental, que se apoyan sobre los hombros del Sucesor de Pedro. A su vez, la disposición de las dos mucetas, interna y externa, también entraña un significado. La primera muceta se dispone bajo la tunicela y la dalmática, y la segunda queda plegada sobre la casulla, de manera que una expresa la parte de Ley antigua que ha sido abrogada y la otra la Nueva Ley que ha sido dada por Cristo a su Iglesia y que permanece revelada.

Benedicto XVI con fanón imparte la bendición a su secretario, monseñor Georg Gänswein
(Foto: Papst Press)

Por privilegio especial, también el Patriarca de Lisboa goza del derecho a usar esta insignia. 

El Cardenal Manuel Gonçalves Cerejeira, Patriarca de Lisboa entre 1929 y 1971,  viste el fanón durante una Misa celebrada en el Santuario de Fátima


El subcinctorio


El subcinctorio (subcinctorium) es un ornamento de uso exclusivo del Papa, que ha caído en desuso después de la reforma litúrgica. Consiste en  una estrecha banda de tela de la misma hechura que la estola y la casulla, muy parecido al manípulo y con una extensión de unos 55 centímentos, que en uno de sus extremos tiene bordado un Cordero de Dios y en el otro una cruz. Se cuelga sobre el cíngulo del lado derecho. Originalmente se confeccionada en blanco o rojo, los colores papales, pero con el tiempo acabó siendo del color litúrgico del día.


Subcinctorio
(Imagen: Missa Mediaevalis

Al subcinctorio se le han atribuido muchos significados. Algunos autores sostienen que es una derivación de la bolsa de dinero que llevaban los Papas en el cinturón para dar limosna a los pobres. Otros dicen que es signo de humildad, pues es un recuerdo de la toalla que se ató Jesús para lavar los pies en la Última Cena. Otros afirman que es un recuerdo de la vestidura del Sumo Sacerdote judío. También se ha dicho que representa la espada que el salmista pide al Rey todopoderoso que se ciña a la cintura (Sal 44, 4). Finalmente, hay quien encuentra en el subcinctorio un elemento de la liturgia oriental, en concreto, del epigonation que todavía hoy usan los obispos ortodoxos. 


San Juan XXIII, con el subcinctorio que cuelga del cíngulo, durante la ordenación episcopal de monseñor Enrico Dante en la Basílica de San Juan de Letrán. 

Los documentos medievales recuerdan una faja especial que los obispos añadían al cíngulo, llamado subcingulum, subcictorium perizoma, balteus. Resulta difícil determinar su forma al haber desaparecido de las costumbre de la Iglesia. Honorio de Autun (1136) y Juan de Guerciis (siglo XIII) dan una idea cuando describe las vestimentas del obispo: era como una faja  con una anchura de algunos centímetros, que se colgaba doblada del cíngulo sobre el vientre.  Durando explicaba que su función era fijar la estola del obispo al cíngulo. Desde Inocencio III se transformó en un ornamento propio del Romano Pontífice y del Arzobispo de Milán y los cardenales de su cabildo. 

jueves, 9 de noviembre de 2017

50 años de Magnificat: El apoyo recibido por nuestra Asociación de parte de nuestros Arzobispos

Tal como se ha señalado en nuestra relación histórica (la que se puede leer aquí), la Asociación Litúrgica Magnificat ha permanecido siempre fiel y en comunión con la Iglesia Católica y su jerarquía. Lo anterior ha ocurrido a pesar de la convulsionada historia que ha correspondido a la preservación de la Misa Tradicional. Magnificat ha decidido en todo momento mantenerse en plena unidad canónica con la Sede Romana y los obispos en comunión con ella. 

En este sentido, nuestra Asociación se pudo beneficiar en su oportunidad de las disposiciones del motu proprio Ecclesia Dei (1988) promulgado por San Juan Pablo II, para poder dar a conocer con mayor facilidad y mantener abiertamente el culto antiguo. Entre otras materias, el documento pontificio confirmaba lo señalado en el documento Quattuor Abhinc Annos (1984), respecto a que el Misal Romano promulgado por San Juan XXIII en 1962 nunca ha sido derogado o abrogado. Por otra parte, este motu proprio facilitó el otorgamiento de las autorizaciones en ese entonces requeridas para celebrar la Santa Misa y los demás sacramentos conforme a estos libros litúrgicos, y reiteró por otra parte la recomendación a los distintos Ordinarios de no ser desfavorables a los fieles que reclamaban el derecho a celebrar conforme a éstos.

S.E.R. Carlos Oviedo Cavada
Arzobispo de Santiago
(1990-1998)

Fue en tal contexto de mayor aceptación de la liturgia tradicional que, a comienzos de la década de 1990, nuestra Asociación contó con la pastoral solicitud y decidido apoyo de S.E.R. Cardenal Carlos Oviedo Cavada, arzobispo de Santiago entre los años 1990 y 1997. En este sentido, el Cardenal se apareció espontáneamente en más de una ocasión en la Misa que celebrábamos una vez al mes en la capilla del Campus Lo Contador, de la Pontificia Universidad Católica de Chile, y nos autorizó (hacia fines de 1991) a que celebráramos la Santa Misa todos los primeros domingos de mes en la hermosa iglesia de los Santos Ángeles Custodios, ubicada en la comuna de Providencia y antiguamente perteneciente al Seminario Mayor de Santiago. De este modo, durante los años 1991 y 1992 logramos contar con la celebración de la Santa Misa todos los primeros y terceros domingos de mes. Vale la pena recordar también que, en dicha Iglesia, el entonces arzobispo celebró para nosotros una Misa prelaticia, el día 10 de noviembre de 1991, de la que lamentablemente no quedaron registros gráficos.

Desgraciadamente, y producto del cambio en el párroco a cargo de la Iglesia a fines del año 1992, no se nos permitió continuar haciendo uso de esta iglesia, debiendo limitarnos a nuestra Misa habitual en la capilla del campus Lo Contador, los terceros domingos de cada mes. Los esfuerzos por contar con una iglesia idónea y amplia para celebrar la Santa Misa de conformidad a los libros litúrgicos vigentes en 1962 continuaron, pese a haber sido expulsados de la iglesia de los Santos Ángeles Custodios.

Iglesia San Pedro de Alcántara en calle Mac Iver

Es por ello que en 1994, con la ayuda de Monseñor Cristián Caro Cordero, entonces Obispo Auxiliar de Santiago, nuestra Asociación obtuvo permiso para celebrar la Santa Misa en la Iglesia San Pedro de Alcántara en la calle Mac-Iver. Ésta reunía muy buenas condiciones y una céntrica ubicación, aunque resultaba un tanto pequeña para las necesidades pastorales de nuestra congregación, que en esos años reunía a cerca de 300 personas cada domingo.

Pese a la autorización concedida por el arzobispado, las religiosas del Buen Pastor (oficialmente, Congregación de Nuestra Señora de la Caridad del Buen Pastor), a la sazón propietarias de la iglesia, denegaron la autorización para utilizar el templo alegando “motivos pastorales”, pese a que la capilla no se utilizaba de manera pública los días domingo por la mañana. Es por esto que, como Asociación, escribimos una carta al Cardenal Oviedo haciéndole presente los sinsabores en el desarrollo de nuestro apostolado por la promoción de la Misa tradicional, en la cual le solicitamos su apoyo en la búsqueda de una capilla definitiva. Pese a estos esfuerzos, no se pudo concretar la asignación de una nueva iglesia, por lo que se continuó celebrando la Santa Misa en la capilla del Campus Lo Contador por más de una década, con una frecuencia de tan sólo una vez al mes. Sin embargo, cabe destacar que ese mismo año Monseñor Oviedo dirigió una carta (de la que hemos tratado aquí), en la cual hace referencia a nuestra Asociación y su apoyo a nuestro apostolado, indicando además que había extendido los permisos concedidos en su tiempo por el anterior arzobispo de Santiago, Cardenal Juan Francisco Fresno (1914-2004).


Carta enviada al Cardenal Oviedo por nuestra Asociación solicitando su ayuda en la búsqueda de una nueva iglesia

Ya el año 2007, nuestra situación mejoró ostensiblemente una vez que fue anunciado y luego promulgado el motu proprio Summorum Pontificum de S.S. Benedicto XVI, que otorgó aún más facilidades para la celebración de la desde entonces denominada "forma extraordinaria" del rito romano, entendida como expresión de la misma lex credendi de la Iglesia. En este sentido, corresponde destacar el establecimiento de un marco jurídico que permitió a cada sacerdote del rito latino celebrar conforme a esta forma de la liturgia romana sin requerir de ninguna autorización adicional, además de establecer claramente el derecho de los fieles a solicitar a sus respectivos párrocos la celebración conforme a este venerable uso, el cual no puede ser denegado. 

Tras este positivo anuncio venido de Roma, nuestro Presidente y un grupo de fieles de nuestra Asociación fueron recibidos en audiencia el día 31 de julio de 2007 por el entonces arzobispo de Santiago, Cardenal Francisco Javier Errázuriz, quien quedó de ayudarnos en el cometido de conseguir una iglesia céntrica en la cual celebrar dominicalmente la Santa Misa conforme a la forma extraordinaria del rito romano.

Carta enviada por nuestro capellán al Rctor del Colegio de la Iglesia de los Sagrados Corazones

Entretanto, para conmemorar como Asociación la entrada en vigor del anhelado motu proprio, nuestro capellán, el Rvdo. Milan Tisma Díaz, solicitó al rector del Colegio de los Sagrados Corazones de Alameda, el uso de su iglesia el viernes 14 de septiembre de 2007, a fin de celebrar una Santa Misa solemne en el día de la Exaltación de la Santa Cruz, conforme al calendario tradicional. Ese día, como es sabido, comenzó la vigencia de las nuevas normas sobre la Misa de siempre. Huelga decir que dicha ceremonia, de la cual ya hemos publicado aquí un completo fotorreportaje, fue muy exitosa, en especial por la numerosa asistencia de fieles que llegó a cerca de 400 personas, pese a que en otra iglesia de la ciudad se celebraba a la misma hora una Misa pontifical por el entonces operativo capítulo chileno de Juventutem


Invitaciones distribuidas para la Misa de entrada en vigencia del motu proprio Summorum Pontificum

De conformidad a lo conversado en la audiencia con el Cardenal Errázuriz , se le remitió una detallada relación (que se puede leer aquí) en que reseñamos todas las aprobaciones verbales y escritas recibidas por nuestra Asociación, los lugares de culto donde se había celebrado la Santa Misa y, finalmente, nuestra solicitud formal de ayuda en la búsqueda de una nueva iglesia donde poder celebrar, a tenor de las nuevas normas jurídicas promulgadas con el motu proprio, con mayor frecuencia y visibilidad para nuestro apostolado. En ese aspecto, recibimos una muy favorable acogida del Cardenal Errázuriz, quien mediante misivas dirigidas a la superiora del Monasterio de la Casa Matriz de las Hermanas de la Providencia y a don Luis Cordero, miembro del cuerpo directivo de la Universidad San Sebastián, les solicitó que tuvieran a bien permitirnos celebrar dominicalmente la Santa Misa conforme a los libros litúrgicos publicados el año 1962 por San Juan XXIII, ya sea en la capilla del Monasterio o en la iglesia de Nuestra Señora de la Victorias, respectivamente.

 Carta del Cardenal Errázuriz a don Luis Cordero

Carta enviada por el Cardenal Errázuriz a la Hermana María Angélica Alvear, Superiora Provincial de las Hermanas de la Providencia

En atención a que la iglesia del antiguo Liceo Alemán se encontraba en pleno proceso de restauración, se optó finalmente por utilizar la imponente iglesia de las Hermanas de la Providencia, sita en la avenida del mismo nombre, que nos acogió todos los domingos desde comienzos del año 2008 hasta que un incendio accidental la destruyó completamente el 25 de enero de 2011. Cabe destacar que en dicha iglesia tuvimos la gracia de contar con una Santa Misa pontifical presidida por S.E.R. Cardenal Jorge Medina, con motivo del segundo aniversario de la entrada en vigor del motu Ppoprio Summorum Pontificum el día 14 de septiembre de 2009. A dicha ceremonia le dedicamos un completo fotorreportaje que puede ser visto aquí.
 
Invitación a la Misa Pontifical celebrada por el Cardenal Medina

En resumidas cuentas, y tal como se ha reseñado con anterioridad en esta misma bitácora, nuestra Asociación ha contado a lo largo de toda su historia con sucesivas autorizaciones que respaldan nuestra actividad en el seno de la Iglesia Católica y, en particular, al servicio de nuestra Arquidiócesis de Santiago. En este sentido, podemos enumerar las siguientes:

1.- S.E.R. Monseñor Francisco Valdés Subercaseaux, obispo de Osorno y entonces presidente del Comité para la Música Sacra de la Conferencia Episcopal de Chile, quien otorgó la primera autorización el año 1966, para celebrar la Misa en latín y con canto gregoriano.

2.- Padre Rafael Maroto, Vicario Zonal de la época, quien verbalmente nos autorizó a celebrar la Santa Misa usando la liturgia romana tradicional.

3.- S.E.R. Cardenal Juan Francisco Fresno Larraín, arzobispo de Santiago, quien nos autorizó verbalmente a celebrar la Santa Misa una vez por mes, de conformidad a las disposiciones contenidas en el documento Quattuor Abhinc Annos del año 1984.

4.- S.E.R. Cardenal Carlos Oviedo Cavada, arzobispo de Santiago, quien extendió los permisos concedidos anteriormente por el Cardenal Fresno, en el sentido de permitir la celebración de la Santa Misa con mayor frecuencia, facilitarnos la celebración en una iglesia de mayor visibilidad que la capilla del Campus Lo Contador y otorgar, tras su ordenación, permiso a nuestro capellán, el Rvdo, Milan Tisma Díaz a celebrar conforme a los libros litúrgicos de 1962 cuando hubiere necesidad pastoral.

5.- S.E.R. Cardenal Francisco Javier Errázuriz Ossa, arzobispo de Santiago, quien nos recomendó en el proceso de encontrar una iglesia donde celebrar dominicalmente, de conformidad al espíritu de reconciliación litúrgica y valoración de los libros litúrgicos vigentes al año 1962, nunca abrogados, contenido en el motu proprio Summorum Pontificum de S.S. Benedicto XVI.


Corresponde finalizar señalando que, hoy en día, cuando dichas autorizaciones ya no son necesarias a tenor de las normas jurídicas establecidas en el motu proprio Summorum Pontificum, corresponde reconocer y agradecer sinceramente a nuestros pastores por su solicitud y acogida en momentos de tanta confusión e incomprensión a nuestra causa, cuyo fin fue y es, en suma, cooperar con la preservación de los tesoros litúrgicos de la iglesia latina en la ciudad de Santiago.