domingo, 23 de julio de 2017

Los libros litúrgicos (IV): el Ceremonial de los obispos

Continuando con la serie dedicada a los libros litúrgicos, en esta entrada abordaremos el Ceremonial de los obispos (Cæremoniale Episcoporum).  

 Ilustración de un Ceremonial de 1651
(Foto: Invaluable)

Éste es un libro litúrgico complementario del Pontifical Romano, porque da las líneas generales del marco ritual en el que deben desenvolverse las grandes funciones de las catedrales y colegiatas. Su origen es relativamente reciente, aunque los elementos que lo componen pertenecen a la antigua tradición litúrgica romana, recogida en los Ordines y en la práctica viva de la capilla pontificia, cuyas costumbres fueron compiladas por primera vez bajo el papa Inocencio (1488) y después publicadas en 1516 por Cristóbal Marcello con el nombre de Cæremoniale romanum.

Este texto reemplazó a los Ordines romani que desde finales del siglo VII proponían las normas para las acciones litúrgicas del Romano Pontífice. Entre estos Ordines, Gregorio X (1271-1276) había mandado editar uno (individualizado con el número XIII en el Museo itálico según la numeración de Juan Mabillon), aproximadamente en el año 1273, para presentarlo durante el Segundo Concilio de Lyon (1274). En este libro se describían las ceremonias para elegir y coronar al Papa, y también se daban indicaciones para la Misa papal y el resto de las celebraciones durante el año litúrgico.

Casi cuarenta años después, el Ordo Romanus XIV, preparado por el Cardenal Santiago Cayetano Stefaneschi, aproximadamente entre 1314 y 1320, y luego divulgado hacia el año 1341, describía las acciones sagradas que se celebraban en la elección y coronación del Sumo Pontífice, y también con ocasión de un concilio general, de una canonización y de la coronación de emperadores y reyes. Bajo Benedicto XII (1334-1342) y Clemente VI (1342-1352) este mismo libro apareció enriquecido y, luego, bajo Urbano V (1362-1370), se le añadió un suplemento que trataba de la muerte del Sumo Pontífice y de la condición de los cardenales.

 Frontispicio
(Imagen: Invaluable)

Por entonces, la Curia papal utilizaba el Ordo Romanus XV, siempre según la numeración de Juan Mabillon, conocido como Libro de ceremonias de la Iglesia Romana del Patriarca Pedro Ameil, compuesto a fines del siglo XIV bajo el pontificado de Urbano VI (1378-1389) y después adicionado bajo Martín V (1417-1431) por Pedro Assalbit, Obispo de Olarión (Aquitania), junto con los manuscritos de Aviñón. El conjunto recibía el nombre de Libro de las ceremonias de la Santa Iglesia RomanaFue entonces cuando, por mandato de Inocencio VIII (1484-1492), Agustín Patrizi, Obispo de Ancona e Ilice (Liguria), concluyó en el nuevo Ceremonial de 1488. Este libro, con algunas modificaciones de estilo, fue editado por Cristóbal Marcello, Arzobispo electo de Corfinio, en Venecia, el año 1516 con el título de Rituum ecclesiasticarum sive sacrarum. Caeremoniarurn Sanctie Romana Ecelesiam libri tres non ante impressi (Tres libros inéditos de los ritos eclesiásticos o ceremonias sagradas de la Santa Iglesia Romana), el cual permaneció en uso hasta el siglo XX en las ceremonias del Romano Pontífice.

Paride de Crassis (1470-1528), ceremoniero mayor del papa Julio II (1503-1513), extrajo de un libro ceremonial anterior, no sólo el Ordo Romanus para la liturgia papal, sino que también compuso una obra que en 1564 recibió el título de De coeremoniis cardinalium et episcoporum in eorum dioecesibus, libri duo (Dos libros de ceremonias de los cardenales y de los obispos en sus diócesis), con la cual adaptó la liturgia papal a la práctica episcopal de la diócesis de Bolonia.

Algunos años más tarde, Gregorio XIII (1572-1585), con el deseo de dar una ordenación oficial en esta materia, nombró, por sugerencia de San Carlos Borromeo, una comisión destinada a enmendar el anterior libro ceremonial de Paride de Crassis. Constituida el 15 de diciembre de 1582, esta comisión fue precursora de la Sagrada Congregación de Ritos y Ceremonias y de su coordinación se encargó el propio San Carlos. Como este último ya había pasado a Milán, el Cardenal Gabriel Paleotti se ocupó de su marcha cotidiana. Sin embargo, al morir Gregorio XIII en 1585 los trabajos de la comisión cesaron.

(Imagen: Invaluable)

Sixto V (1585-1590) no sólo creó el 22 de febrero de 1588 la Sagrada Congregación de Ritos y Ceremonias, con el fin de que reformaran los libros litúrgicos de acuerdo a las indicaciones del Concilio de Trento, sino que desde el 19 de marzo de 1586 dispuso que le llevaran muchos códices de la Biblioteca Vaticana para elaborar él mismo la nueva observancia de los sagrados ritos de las ceremonias papales. El éxito de esta empresa se ignora, pues no hay constancia del trabajo realizado. 

Los trabajos emprendidos en Roma recién dieron sus frutos el 16 de julio de 1600, cuando el papa Clemente VIII (1592-1605), mediante la bula Cum novissimi, promulgó el Ceremonial de los Obispos.  Para componerlo se usaron con libertad no sólo los libros de Agustín Patrizi, y de Paride de Crassis, sino también otros hoy desconocidos, trabajando en aquel tiempo en la Sagrada Congregación de Ritos los Cardenales César Baronio, San Roberto Bellarmino y Silvio Antoniano, todos varones ilustres por su santidad y ciencia. La bula introductoria del Ceremonial tridentino nunca habla de un libro nuevo, sino siempre se refiere a la corrección del Ceremonial de los Obispos ya en uso, libro que asume era conocido por todos.

El Ceremonial de los obispos tuvo diversas revisiones en los siglos siguientes. El 30 de julio de 1650 Inocencio X (1644-1655) hizo pública una nueva edición corregida y revisada. Casi un siglo después, el 7 de marzo de 1727 volvió a ser publicada otra edición, esta vez por obra de Benedicto XIII (1724-1730), no sin antes haberse corregir algunos puntos oscuros, ambiguos y contradictorios. Quince años más tarde, el 25 de marzo de 1742, Benedicto XIV (1740-1758), quien había sido oficial de la Sagrada Congregación de Ritos, volvió a editar el Ceremonial, agregándole un libro III relativo a aquellas cosas que le convenían al Estado Romano Eclesiástico, ensalzando el método de la escuela litúrgica que entonces primaba en el Colegio Gregoriano Romano de la Compañía de Jesús. Finalmente, León XIII (1878-1903) mandó publicar en 1886 una nueva edición típica, conservando en su totalidad el libro III, aunque no tuviera ya ninguna importancia, por estar suprimidos los Estados Pontificios, los que habían quedado reducidos a la Ciudad del Vaticano debido al cautiverio del Papa provocado por la unificación italiana.

Frontispicio y página de ejemplo

Tras esta última edición típica, el Ceremonial de los obispos quedó compuesto de tres libros: el primero está dedicado a los principios generales, que afectan a todas las ceremonias; el segundo versa sobre funciones particulares, concretamente la Santa Misa y las Vísperas; y el tercero se ocupa de las normas ceremoniales sobre la precedencia y sobre los modos de recibir a los obispos, legados y gobernadores eclesiásticos. 

En cumplimiento de las indicaciones del Concilio Vaticano II, el Ceremonial de los obispos fue completamente revisado para conseguir que la liturgia episcopal fuese a la vez simple, noble, plenamente pastoral y capaz de servir de ejemplo para las demás celebraciones. La nueva edición fue publicada en 1984. El nuevo Ceremonial de los obispos está dividido en ocho partes: (i) la liturgia pontifical en general; (ii) la Santa Misa; (iii) la Liturgia de las horas y las celebraciones de la Palabra de Dios; (iv) las celebraciones de los Misterios del Señor a lo largo del año; (v) los sacramentos; (vi) los sacramentales; (vii) las fechas importantes en la vida de un obispo; y (viii) las celebraciones litúrgicas solemnes relacionadas con el gobierno episcopal. Después se agregan cuatro anexos: (i) las vestimentas sagradas de los prelados; (ii) un elenco de festividades litúrgicas en orden cronológico; (iii) una tabla de Misas rituales, por varias necesidades, votivas y de réquiem;  y (iv) un listado de abreviaturas y siglas usadas en el libro. 

 S.E.R. Mons. Eugenio Ravignani, obispo emérito de Trieste, celebra en Venecia una Pontifical (Novus Ordo, pero Coram Deo) con ocasión de la fiesta de San Roque. La mayor sencillez del Ceremonial reformado no importa que deba renunciarse a una celebración digna y decorosa, consciente de la necesidad de armonía con la Tradición litúrgica precedente
(Foto: Sacris Solemnii)

El Ceremonial de los obispos, sumamente útil desde el punto de vista de las rúbricas y de la disposición material del culto, es de obligada observancia no sólo en las iglesias catedrales, sino también en las menores, sea para las funciones propias del obispo, sea para las de cualquier sacerdote cuando celebra actos litúrgicos. Tanto en la versión que debe ser usada en la forma ordinaria (1984) como en aquella que se emplea para la forma extraordinaria (1886), este libro entrega una serie de respuestas a muchas dudas que surgen en las parroquias e iglesias en torno a cómo celebrar correctamente la sagrada liturgia según el rito romano.

jueves, 20 de julio de 2017

50 años de Magnificat: la historia de nuestra Asociación (tercera parte)

Les ofrecemos hoy la tercera y última parte de la crónica histórica escrita por nuestro Presidente, el Dr. Julio Retamal Favereau, con ocasión del quincuagésimo aniversario de la Asociación Magnificat celebrado en 2016.

Julio Retamal Favereau
(Foto: El Mercurio)

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Breve relación histórica de la Asociación Magnificat

Julio Retamal Favereau

En los últimos años no nos han faltado los problemas. Por ejemplo, el 25 de enero de 2011, un enorme incendio destruyó completamente la iglesia del convento de las Hermanas de la Providencia, la cual ya había resultado dañada por el terremoto del 27 de febrero del año anterior. Aunque hay planes de reconstrucción, hasta el momento nada se ha hecho. Tuvimos, pues, que mudarnos una vez más. 

Incendio de la Iglesia de la Casa Matriz de las Hermanas de la Providencia
(Foto: Emol)

Vista del altar mayor y el baldaquino días después del incendio

Nos acogieron por casi dos años las religiosas de la Visitación, pero al cabo de ese plazo, la Superiora le pidió al Arzobispo de Santiago, monseñor Ricardo Ezzati, que nos marcháramos, con el argumento de que un grupo pequeño de las 25 religiosas profesas no gustaba de la Misa según la forma extraordinaria. Se nos fijó como plazo máximo de permanencia el Domingo de Resurrección de aquel año 2012.

Ante esto, como Asociación solicitamos una audiencia con monseñor Ezzati, quien nos recibió el día 16 de marzo de 2012. El motivo era pedirle su ayuda ante el estado de necesidad en que habíamos quedado cuando, para sorpresa nuestra, la nueva Superiora del Convento de las Hermanas de la Visitación nos había comunicado que había pedido al arzobispado que dejásemos de celebrar la Santa Misa en su iglesia. Queríamos pedirle que nos proveyese de una iglesia que reuniese las condiciones para celebrar dignamente de conformidad a las disposiciones del uso extraordinario de la sagrada liturgia romana. Monseñor Ezzati no accedió a interceder ante la Superiora de las Monjas de la Visitación para que reconsiderase su decisión. En cambio, nos dijo que nos ayudaría a encontrar un lugar adecuado para poder celebrar la Santa Misa y que, mientras tanto, podíamos asistir a aquella que celebra el P. Milan Tisma los domingos por la tarde en su parroquia de Cerrillos. 


 Misa en el Monasterio de la Visitación (febrero de 2012)
(Fotos: Bensonians)

Cumplido el plazo fatal que se nos había fijado, el Domingo de Resurrección de 2012 celebramos en la Visitación nuestra última Misa y una vez más debimos emigrar. Los domingos siguientes pudimos cantar la Santa Misa por una vez en la Iglesia del Convento de las Agustinas de Limpia Concepción y, posteriormente, en la Iglesia de San Juan de Dios de Buzeta, donde es párroco el  P. Milan Tisma. Lamentablemente, y pese a la buena disposición de nuestro capellán, esta última iglesia no era idónea para asegurar la continuidad de las celebración de nuestra Asociación, pues hasta entonces siempre habíamos celebrado en lugares más o menos céntricos y fácilmente asequibles por nuestros fieles, que vienen desde distintas puntos de la ciudad e incluso de fuera de ella. 

Sin embargo, como Dios no abandona a sus fieles, unos meses después fuimos acogidos en la Iglesia de Nuestra Señora de la Victoria, donde permanecemos hasta hoy. Curiosamente, volvimos así al primer lugar que usamos en nuestra defensa de la Misa tradicional. Cabe señalar el inmenso agradecimiento que le profesamos a don Luis Cordero Barrera, quien se ha hecho cargo de la iglesia, la ha embellecido constantemente y, además de destinarla para la Capellanía de la Universidad San Sebastián, nos ha confiado la celebración de la Misa dominical, a mediodía, durante todo el año, salvo el mes de febrero cuando toda la Universidad cierra por vacaciones. La iglesia también se usa para matrimonios y otras actividades litúrgicas, como el congreso Summorum Pontificum que se organizó en 2015 por iniciativa de tres sacerdotes y que contó con asistencia de otros veinte venidos de todo Chile, así como de Argentina y Perú. 

 Foto oficial de los participantes del I Congreso Summorum Pontificum de Santiago de Chile
(Foto: Paix Liturgique)

Misas rezadas simultáneas durante el I Congreso Summorum Pontificum
(Foto: Asociación Magnificat)

En el intertanto, nuestros socios, los abogados Jaime Alcalde y Felipe Zaldívar, han redactado los estatutos de nuestra Asociación, logrando la aprobación oficial de ella y su constitución como persona jurídica por parte de la Municipalidad de Santiago. Paralelamente, hemos recibido apoyo espiritual y en dinero de varias personas, donde destaca Sebastián Eyzaguirre, que se ha preocupado de adquirir en el extranjero misales y ornamentos litúrgicos de gran calidad. Colaboró igualmente de manera generosa con el dinero necesario para importar un nuevo órgano, pues el que habíamos comprado gracias a los aportes de los fieles fue robado en 2014 desde la Iglesia de Nuestra Señora de la Victoria. También debo agradecer a Augusto Merino y Andrés Schlack por la gran labor que realizan colaborando con nuestra bitácora, la que constituye nuestra mayor presencia en las redes sociales y cada día aumenta en lectores de todas partes del mundo. El agradecimiento se extiende a todos los bienhechores que con su aporte mensual permiten sostener la celebración dominical de la Santa Misa.

En agosto de 2016 cumplimos medio siglo de existencia y pudimos celebrar con toda solemnidad este quincuagésimo aniversario de nuestra institución. En esta oportunidad decidimos organizar una segunda versión del Congreso Summorum Pontificum como parte de los festejos, el que contó con la presencia de dos invitados extranjeros, el Prof. Miguel Ayuso Torres y el escritor Christopher Ferrara [Nota de la Redacción: las cinco entregas con la conferencia de C. Ferrara pueden verse aquí]. Gracias a Dios tuvimos una muy buena acogida de los fieles y el clero durante los tres días de congreso, que concluyeron con una concurrida Misa solemne seguida de un vino de honor [Nota de la Redacción: véase la crónica de este II Congreso Summorum Pontificum aquí, aquí y aquí]. El domingo siguiente a la clausura del Congreso contamos con la presencia, asistiendo desde el coro, del padre Miguel Contardo S.J., quien como ya relatamos había oficiado la primera Misa de la Asociación cincuenta años atrás en la misma iglesia. A continuación, tuvimos un concurrido almuerzo de camaradería en uno de los salones del Hotel Cumbres del barrio Lastarria.

 Conferencia del Revdo. Andrés Chamorro durante el II Congreso Summorum Pontificum (2016)
(Foto: Asociación Magnificat)

Misa solemne de clausura del II Congreso Summorum Pontificum
(Foto: Asociación Magnificat/Claudio Zamorano)

Discurso de don Julio Retamal durante el almuerzo de camaradería con ocasión del quincuagésimo aniversario de la Asociación (2016)
(Foto: Asociación Litúrgica Magnificat)

Para las celebraciones del cincuentenario de nuestra Asociación nos hubiera gustado, en señal de la filial reverencia a la persona del Arzobispo de Santiago que siempre hemos profesado, contar con su presencia, la que desgraciadamente no se pudo concretar. Tampoco nos fue posible recibir como invitado al Cardenal Raymond Leo Burke, quien nos había manifestado su buena disposición para hacer el largo viaje desde Roma a Chile y acompañarnos en la actividades en las que veníamos trabajando desde hacía tiempo. La razón fue que, al solicitar de las autoridades eclesiásticas locales el permiso canónicamente necesario para que el Cardenal pudiera pontificar en la arquidiócesis de Santiago, se nos indicó que la Iglesia local debía poner todos sus esfuerzos en los preparativos de la proyectada visita del papa Francisco para 2016, la cual finalmente no se materializó. Sin embargo, tuvimos la bendición de recibir una felicitación escrita del papa emérito Benedicto XVI remitida por la Nunciatura.

Queda comentar una costumbre ya consolidada, como es la reunión que se celebra, año tras año, en mi casa algunos días antes de Navidad. En su origen se trataba de un encuentro de carácter social con mis amigos más íntimos y con mis ayudantes, pero paulatinamente se fue transformando en una fiesta para los fieles que frecuentan el apostolado de nuestra Asociación. Así se fue forjando la tradición. Junto con un pequeño cóctel, un rato de conversación y el canto de villancicos tradicionales, la actividad central de la velada es la puesta de Jesús Niño en el Pesebre, la que va acompañada de la lectura del nacimiento de Jesús según el Evangelio de San Lucas, algunas oraciones de nuestro capellán y el canto de las letanías lauretanas.

Uno de los momentos más esperados de esa celebración es el cuento de Navidad. En un comienzo buscaba un cuento o narración relativa a la Natividad del Señor, para ser leído en voz alta en algún momento de la reunión. Usé cuentos de autores franceses, ingleses, norteamericanos y chilenos sucesivamente, hasta que un año se agotó el tema y no encontré nada digno de ser leído en tal oportunidad. De ahí surgió la idea de que esto no podía volver a ocurrir y me propuse la tarea de escribir yo mismo un relato que estuviese a la altura del acontecimiento. Puse manos a la obra, de modo que los concurrentes de ese año (2005) se llevaron la sorpresa de oír un cuento totalmente inédito y escrito por mí. El cuento fue bien recibido y se pidió que la iniciativa continuase. En nuestros días de cultura materialista, agnóstica, en que la fe disminuye a ojos vista, los relatos que fui componiendo con los años intentan mostrar el impacto que los acontecimientos de la Escritura siguen produciendo en los hombres de fe sencilla o de buena voluntad, que cree la existencia de Dios, encarnado en el Señor Jesús. Y también creen que el Nacimiento, la Vida, la Muerte y la Resurrección de Cristo tiene todavía, a pesar de todos los pesares, un valor trascendental. Para la Navidad de 2016, coincidiendo con nuestro quincuagésimo aniversario, quienes asistieron a mi casa se encontraron con una nueva sorpresa: había recopilado 11 cuentos en un pequeño volumen, intitulado Cuentos de Navidad de siempre, que le di como obsequio a cada uno. Esa noche acabamos leyendo uno de los cuentos incluidos en el libro. 

 Celebración de la Navidad de la Asociación de 2015
(Foto: Asociación Magnificat)

Nuestra congregación ha crecido lenta pero continuamente y sería de esperar que, ahora que hemos vuelto al lugar de origen, 50 años más tarde, pudiéramos permanecer por un tiempo dilatado, en tanto buscamos algún sitio adecuado para comprar o edificar una iglesia propia. Quiera Dios ayudamos en esa difícil tarea, pero en el intertanto seguiremos rindiéndole culto en la forma más antigua y solemne de que dispone la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Nos ha sostenido durante 50 años y nos ha permitido dar un testimonio constante, en medio de las dificultades, incomprensiones y descalificaciones, haciéndonos sentir Su Presencia y la ayuda de Su Providencia. Por ello, le estamos profundamente agradecidos. Por otro lado, nunca pensamos que la celebración de la Misa tradicional podía desaparecer. Esto habría sido poner en duda al Espíritu Santo y haber perdido la virtud teologal de la Esperanza. El tiempo nos ha acabado dando la razón en el buen combate de todos estos años por mantener la celebración litúrgica con el rito de siempre y la solemnidad que merece el culto divino. Si Dios así lo quiere, poco a poco, como Asociación iremos reuniendo y coordinando a los que necesitan la dignidad en las celebraciones litúrgica, la disciplina y el esfuerzo espiritual, tan perdidos en el mundo de hoy. Por encima de todo, la continuidad de la Misa de siempre está asegurada, por lo menos en términos puramente humanos.

Creo que este resumen puede servir para detallar nuestra existencia con todos los altibajos que nos ha tocado vivir, dejando un testimonio para la posterioridad. Gracias a Dios y a la contribución y perseverancia de tantos, nuestra existencia futura aparece mucho más promisoria que antes. Luego de cumplir 50 años podemos comprobar que Dios no abandona a los que esperan en Él en todos los aspectos de la vida sobrenatural. Sólo Él conoce el futuro, pero “los suyos sí le recibieron” y esperan presentarse ante Él con la conciencia de una tarea cumplida, con Su ayuda y con el esfuerzo nuestro. Tras medio siglo de defensa de la Misa tradicional en este apartado lugar del mundo, sólo puedo decir como síntesis: Laus Deo.

martes, 18 de julio de 2017

Recordatorio III Congreso Summorum Pontificum

Les recordamos a todos nuestros lectores que el próximo jueves 27 comienza el III Congreso Summorum Pontificum de Santiago de Chile, el que se extenderá hasta el sábado 29 y concluirá ese día con una Misa solemne. El Congreso tendrá lugar en el mes en que conmemoramos diez años desde la promulgación por S.S. Benedicto XVI del motu proprio que da nombre al Congreso (2007). Más abajo, al final de esta entrada, encontrarán el afiche y el programa (actualizado) del congreso, con los detalles de los expositores y las conferencias y servicios litúrgicos.

Se ruega a todos los interesados en participar en el congreso, tanto seglares como sacerdotes, inscribirse lo antes posible al correo electrónico magnificatunavocechile@gmail.com. De manera especial, a los sacerdotes se les anima a participar en los talleres litúrgicos prácticos sobre la celebración de la Misa tradicional que se realizarán la mañana del segundo día de congreso.  

Se ha fijado una contribución voluntaria para ayudar a solventar los altos costos que significa el congreso. La contribución asciende a 15.000 CLP por todo el congreso u 8.000 CLP por día (sábado 29 entrada liberada); para matrimonios 25.000 CLP por todo el congreso o 15.000 CLP por día; y niños hasta 14 años gratis.

 
Según lo adelantamos, el congreso contará con la participación de nuestro Presidente, el Dr. Julio Retamal Favereau (PhD Oxford University), del Prof. Augusto Merino Medina (MA University of Essex) y del Rvdo. Pedro Félix Salas (párroco del Santísimo Redentor de San Bernardo). Nos sentimos honrados también por la distinguida presencia de dos expositores internacionales.

El primero de ellos es el Rvdo. Ángel Alfaro Riveros, sacerdote español de la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro y que ejerce desde años su ministerio en Colombia. Sobre la intensa labor que allí realiza nos hemos referido ya en una entrada anterior

El segundo invitado extranjero es el Dr. Rubén Peretó Rivas, Profesor titular de filosofía de la Universidad Nacional de Cuyo (Mendoza, Argentina) e investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). El Profesor Peretó es Doctor en Filosofía por la Pontificia Università San Tommaso d´Aquino (Roma) y cuenta con un Diploma Europeo de Estudios Medievales otorgado por la Federación Internacional de Institutos de Estudios Medievales (FIDEM). Actualmente enseña Historia de la Filosofía Medieval y su área de investigación se centra en el pensamiento medieval pre-escolástico. Ha sido científico invitado del Albertus-Magnus Institut (Bonn) y de las Universidades de Oxford (Inglaterra) y Notre Dame (EE.UU.). Es autor de numerosas publicaciones aparecidas en medios especializados de gran prestigio de Argentina, Chile, México, Brasil, Alemania y Portugal.


domingo, 16 de julio de 2017

Los libros litúrgicos (III): el Pontifical Romano

Siguiendo con la serie dedicada a los libros litúrgicos, en esta entrada abordaremos el Pontifical Romano (Pontificale Romanum). 

Recibe este nombre el libro que contiene las fórmulas y rúbricas de las funciones litúrgicas reservadas a los obispos y a quienes tienen la facultad de celebrar pontificalmente (prelados y abades mitrados). Comprende los ritos de confirmación, las órdenes sagradas, la dedicación de una iglesia y las demás consagraciones y bendiciones que no están concedidas al simple sacerdote como tal. 

La historia de este libro litúrgico está dividida en dos partes, siendo el Pontifical de Egberto de York († 766) el que sirve de división para ambos períodos. Antes de esa fecha, los elementos relativos a estos ritos se encontraban repartidos en los sacramentarios y los ordines, sin que hubiese surgido la idea de reunir en un solo libro las fórmulas y rúbricas necesarias para la celebración de las funciones litúrgicas por parte de un obispo o del Papa. La presentación del Pontifical como un libro separado fue una consecuencia de la unión de los ritos romano-galicanos.

 Pontifical Romano de 1485

Cuando a finales del siglo VIII los carolingios concibieron el plan de componer, conforme a la orientación de la liturgia de Roma, el amplio ritual galicano preexistente y pusieron manos a la obra, fue necesario no solo disponer de sacramentarios con los formularios romanos, sino también de ordines que indicaran las ceremonias correspondientes según la costumbre romana en la celebración de la Santa Misa y en las demás funciones pontificales. Con esta finalidad se prepararon dos colecciones anónimas de ordines, uno casi puramente romano y otro mezclado con elementos galicanos. Estas dos colecciones, junto con otros elementos de diversa procedencia, fueron recopilados hacia mediados del siglo X con la finalidad de formar un único libro para el servicio de las celebraciones pontificales. El trabajo fue realizado en Maguncia, Alemania, por un monje de la abadía de San Albano, quien no le dio ningún nombre. La obra tuvo mucha aceptación, no obstante su falta de cuidado en algunas partes, y se difundió por toda Europa. Su uso se extendió, siempre con algunas correcciones, hasta el siglo XIII, cuando Guillermo Durando (1230-1296), obispo de Mendo, publicó su Pontifical, el cual circuló como oficial hasta el siglo XV. Se trata de un libro calcado, en cuanto a sus elementos esenciales, al que se usaba en la corte pontificia, lugar donde Guillermo Durando pasó casi toda su vida, aunque con las adaptaciones necesarias para hacerlo adecuado a las necesidades de un obispo diocesano. 

El libro de Guillermo Durando, por el orden lógico con que se había dispuesto la materia, por la cuidadosa selección de los ritos y de las fórmulas, y por la estrecha relación que el autor mantenía con Roma, fue enseguida muy apreciado. De hecho, ya Clemente V (1305-1314) apelaba a su autoridad. Fue así adoptado por muchos obispos de la curia, se realizaron un sinnúmero de copias de él y se extendió, durante los siglos XIV y XV, con la categoría de oficial. La estima pública dada al pontifical de Durando movió a Inocencio VIII (1484-1492) a proponerlo como el libro pontifical para todos los obispos de la Iglesia latina. Con este fin, este Papa dio instrucciones a Augusto Patrizi Piccolomini, obispo de Pienza, para que preparase una edición destinada a recibir sanción pontificia. Éste, con la colaboración de  Johannes Burcardus, aunque adoptó sustancialmente el texto compuesto por Durando, eliminó ciertos ritos antiguos (por ejemplo, la expulsión de los penitentes el Miércoles de Cenizas) y le añadió otros tomados de los ordines romanos. El texto fue finalmente publicado en Roma en 1485, sucediéndose muchas ediciones en los años siguientes. 

Sin embargo, el nuevo pontifical, aunque había sido reconocido por el Papa, no tenía todavía una aprobación formal de la Sede Apostólica. Ésta recién llegó con Clamente VIII (1592-1605), quien, tras una revisión de poca importancia, a través de la bula Ex quo in Ecclesia Dei, de 20 de febrero de 1596, dio su sanción oficial al libro, el que desde ese momento llevaría el nombre de Pontificale RomanunEsta edición típica substituyó obligatoriamente los diversos pontificales que venían siendo usados en la Iglesia, los cuales recibían los nombres más variados (Liber Pontificalis, Liber Sacramentorum, Liber Officialis, Ordinarium Episcopale e incluso Bendicionale). 

 Extracto del Pontifical de Płock (S. XIII)

En los siglos siguientes, el Pontifical fue objeto de algunas modificaciones menores bajo Urbano VIII (1944) y Benedicto XIV (1752). León XIII publicó una nueva edición típica en 1888. El 20 de febrero de 1950 se incluyeron las reformas correspondientes al rito de la ordenación que proveían de la constitución apostólica Sacramentum Ordinis (1947), merced a la cual  el papa Pío XII precisó la materia y la forma del sacramento del orden sagrado. San Juan XXIII promulgó en 1962 una tercera edición típica, que es la que se debe usar actualmente conforme al motu proprio Summorum Pontificum y la Instrucción Universae Ecclesia.

El Pontifical está dividido en tres secciones. La primera comprende el rito de la confirmación, de las ordenaciones (desde el ostiario al episcopado), la bendición de los abades y abadesas, la consagración de las vírgenes, y la coronación de los reyes y de las reinas. La segunda contiene los ritos relacionados con la dedicación de las iglesias. La tercera está destinada a algunas funciones especiales, como el anuncio de las fiestas anuales, la reconciliación de los penitentes el Jueves Santo, la bendición de los santos óleos, la degradación y rehabilitación de clérigos, las procesiones solemnes y el rito de absolución sobre el cadáver del Papa y de los obispos. Después sigue un apéndice en el que están incluidos, para comodidad del obispo, los ritos pontificales del bautismo, del orden para la consagración de varios obispos, del matrimonio, de la bendición apostólica y un suplemento que se refiere a la consagración de los altares y la coronación de las imágenes de la Santísima Virgen. 

Después de Concilio Vaticano II, el Pontifical fue completamente revisado para adaptarlo a los nuevas orientaciones litúrgicas y su contenido comenzó a publicarse en volúmenes separados, uno para cada sacramento. Para la forma ordinaria, por tanto, el Pontifical se compone hoy de los siguientes fascículos: el ritual de ordenación del diácono, del presbítero y del obispo (1968); el ritual de la consagración de vírgenes (1970); el ritual de la bendición del óleo de los catecúmenos y enfermos y de la consagración del crisma (1971); el ritual de la confirmación (1972); el ritual para instituir acólitos y admitir candidatos al diaconado y al presbiterado, y para la promesa de observar el celibato (1973); y el ritual de dedicación de iglesias y altares (1973). 

 El Patriarca ortodoxo de Moscú lee del Archieratikon  (2008)

En las Iglesias orientales, el equivalente del Pontifical es el Archieratikon. Este libro se edita habitualmente con un gran formato y contiene los ritos de ordenación y de consagración de una iglesia, pero también algunas partes de las Vísperas, los Maitines y la Divina Liturgia que corresponden de forma exclusiva a los obispos.

jueves, 13 de julio de 2017

50 años de Magnificat: la historia de nuestra Asociación (segunda parte)

Les ofrecemos hoy la segunda parte de la crónica histórica escrita por nuestro Presidente, el Dr. Julio Retamal Favereau, con ocasión del quincuagésimo aniversario de la Asociación Magnificat celebrado en 2016.


Julio Retamal Favereau lee un discurso durante un almuerzo en homenaje del P. Osvaldo Lira (2° de der. a izq.). En la foto también Mons. Ramón Munita Eyzaguirra (3° de der. a izq.)  y Julio Philippi Izquierdo (1° de der. a izq.)
(Foto: Asociación Litúrgica Magnificat)

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Breve relación histórica de la Asociación Magnificat

Julio Retamal Favereau

En la capilla de las Verónicas estuvimos hasta 1984. El 3 de octubre de ese año apareció una circular del proprefecto de la Congregación del Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos a los presidentes de las Conferencias Episcopales, intitulada Quattuor abhinc annos. Este documento confería a los ordinarios del lugar la posibilidad de conceder un indulto a los sacerdotes que deseasen celebrar según la edición típica del misal romano de 1962 y a los fieles que seguían vinculados al llamado “rito tridentino” de poder participar en esa celebración, con el solo cuidado de que este permiso no ocasionase perjuicio a la reforma litúrgica en la vida de cada una de las comunidades eclesiales. Este texto, avalado por el papa Juan Pablo II, fue muy importante porque autorizaba oficialmente la celebración de la Misa tradicional. A la vez, se recomendaba a los obispos que no fueran desfavorables a los fieles que reclamaban el derecho a usar la Misa antigua, ya que ésta jamás había sido abolida, ni por el Concilio ni por los Papas sucesivos. Este fue un importante respaldo a nuestra causa, ya que ahora teníamos un deseo expreso del Papa de apoyarnos. Sin embargo, salvo excepciones, sobre todo en Europa, nuestra situación en torno a la Misa de siempre no mejoró ostensiblemente.

En esas circunstancias y gracias a la intervención de uno de nuestros antiguos adherentes, Claudio Ferrari Peña, que había sido decano de la Facultad de Arquitectura de la Pontificia Universidad Católica de Chile entre 1975 y 1976, conseguimos el uso de la Capilla del Campus Lo Contador de dicha Universidad, situado en una antigua casona del barrio de Pedro de Valdivia Norte, a los pies del Cerro San Cristóbal. Comenzamos las celebraciones en 1985, con el permiso tanto del Cardenal Juan Francisco Fresno (1914-2004) dado verbalmente como de las autoridades de la Universidad. Desde entonces y hasta 2008 estuvimos ahí, funcionando solamente una vez al mes, cada tercer domingo, por falta de sacerdotes. A esto se agregó, después de la salida de Claudio Ferrari de su Facultad, un cobro en dinero por parte de la Universidad por el uso de la capilla, que fue subiendo con los años hasta llegar a estabilizarse el último lustro en 60.000 pesos cada vez. Ese gasto se sumaba a los otros propios de la celebración y al aviso que se publicaba en el diario El Mercurio para recordar a la gente cuándo había Misa.

 Grupo de jóvenes junto al sacerdote celebrante luego de la Misa en la capilla de Lo Contador
(Foto: Asociación Litúrgica Magnificat)

En el intertanto, en junio de 1988 y a raíz de las consagraciones episcopales que realizó monseñor Lefebvre, vino una nueva tensión entre la Sede Apostólica y la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X. El arzobispo celebrante, el asistente Obispo de Campos (Brasil), monseñor Alfredo de Castro Mayer (1904-1991), y los cuatro obispos consagrados, fueron excomulgados. La disputa en tomo a estos hechos se agudizó en el mundo del tradicionalismo católico. Magnificat decidió mantenerse en la plena unidad canónica con la Sede Romana y se benefició de un nuevo motu propio, el cual nos permitió hacer conocer y mantener abiertamente el culto antiguo. El motu pontificio, de Juan Pablo II, por supuesto, titulado Ecclesia Dei afflicta, creaba una Comisión Pontificia con el mismo nombre para ayudar a la mantención de la Misa tradicional en el mundo. Si bien la reacción de los obispos no fue muy acogedora en muchos lugares, lentamente se autorizó el uso de la Misa antigua con mayor liberalidad. De esta manera, se fueron creando otras asociaciones nacionales destinadas a este fin en más de 40 países, incluyendo los Estados Unidos, Australia y países que giraban en la órbita de —a la sazón ya difunta— Unión Soviética, como Estonia, Polonia y la República Checa. También comenzaron a aparecer institutos religiosos tradicionales y se regularizaron otros ya existentes, como ciertas comunidades benedictinas y dominicanas.

El 30 de marzo de 1990, el papa Juan Pablo II nombró como arzobispo de Santiago a monseñor Carlos Oviedo Cavada (1927-1998), un mercedario que hasta ese momento era arzobispo de Antofagasta. Su gobierno corresponde a la última década del siglo y del milenio y fue nuestro mejor momento como Asociación, pues monseñor Oviedo nos dio bastante apoyo. Apareció más de una vez espontáneamente en nuestras celebraciones y nos autorizó para celebrar la Misa tradicional, una vez al mes, en la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, antigua iglesia del Seminario de Santiago, además de darnos el permiso para celebrar semanalmente en otros lugares si así lo deseábamos.

Durante el mismo año en que asumió el gobierno de la arquidiócesis recibimos una visita sorpresiva de su parte en plena celebración de la Misa mensual en Lo Contador. Era el mes de diciembre y el arzobispo venía de una celebración en el santuario de la Inmaculada Concepción del Cerro San Cristóbal. Cuando bajaba, y enterado por los avisos que publicamos El Mercurio de que había Misa en el campus, quiso pasar a saludar a los fieles reunidos en torno a la Misa tradicional. El celebrante, el P. Antonio Grill sdb., estaba pronunciando la homilía cuando llegó nuestro arzobispo. Después de unos minutos, monseñor Oviedo tomó la palabra y dirigió una breve pero afectuosa alocución exhortando a todos a continuar con este hermoso apostolado de preservación del tesoro litúrgico de la Iglesia.

 S.E.R. el Cardenal Carlos Oviedo Cavada
(Foto: Arzobispado de Santiago)

Hacia fines de 1991 comenzamos a celebrar la Misa, autorizados por monseñor Oviedo, en la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, situada en el corazón de la comuna de Providencia. El propio arzobispo celebró ahí para nosotros, si bien según la forma prelaticia y no pontifical del antiguo rito romano, por falta de sacerdotes y monaguillos que conocieran el elaborado ceremonial. La Misa fue oficiada el 10 de noviembre de 1991 y tuvimos una muy buena asistencia de fieles. El arzobispo celebró con gran decoro y corrección y, al finalizar, se detuvo en la puerta de la iglesia para saludar a cada uno de los asistentes. Después nos acompañó a un almuerzo con la directiva de la época, el que fue servido en la casa parroquial. 

Al año siguiente, el 12 de octubre de 1992, cantamos un solemne Te Deum para celebrar los 500 años de la llegada del cristianismo a este nuevo continente, gracias a la cual recibimos la Misa que tantos santos ha dado a la Iglesia.

La Misa en la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios duró algo más de un año. En un comienzo fue bien acogida por el párroco de la época, Pbro. Juan Díaz. De hecho, era habitual que mientras se cantaba la Misa el párroco confesara, algunas veces en compañía de monseñor Ramón Munita Eyzaguirre (1901-1992), quien falleció hacia mediados de 1992. La situación cambió radicalmente cuando el P. Juan Díaz debió ser reemplazado por graves motivos de salud. Su sucesor, el P. Marcial Umaña Ávila, antiguo rector del Instituto de Humanidades Luis Campino, de inmediato adoptó una actitud opuesta. El Domingo de Ramos de 1993 correspondía cantar la primera Misa del año, pero semanas antes había tomado posesión el nuevo párroco, quien nos impidió continuar con la celebración, tal y como había ocurrido quince años antes en el Monasterio de la Visitación. Ese día quedamos en la puerta de la iglesia sin poder ni siquiera ingresar. Para subrayar su mala disposición, el nuevo párroco levantó el altar exento hasta ocultar la visión del antiguo altar mayor, como manera de impedir algún nuevo intento de reponer la Misa tradicional en esa iglesia. Desde entonces seguimos celebrando la Misa de siempre en la Capilla del Campus Lo Contador de la Pontificia Universidad Católica de Chile una vez al mes. 


 Fachada e interior de la iglesia de los Ángeles Custodios

En 1994, con la ayuda de monseñor Cristián Caro Cordero, entonces Obispo Auxiliar de Santiago, obtuvimos permiso para celebrar la Santa Misa en la Iglesia San Pedro de Alcántara en la céntrica calle Mac-Iver. Reunía muy buenas condiciones, aunque resultaba un tanto pequeña para nuestra feligresía. Sin embargo, las religiosas del Buen Pastor, propietarias de la iglesia, me escribieron una carta al mes siguiente de la concesión dada por el arzobispado, denegando la autorización para utilizar ese templo. 

El 8 de septiembre de ese mismo año, poco antes de ser creado cardenal por San Juan Pablo II, don Carlos Oviedo publicó una carta pastoral intitulada Un solo rebaño, un solo pastor dedicada a los fieles católicos vinculados a la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, que desde hacía una década contaban con un creciente apostolado en nuestra ciudad cuya sede era una iglesia comprada en 1986 y situada en Avenida Chile-España, en la comuna de Ñuñoa. Si bien sus palabras resultan hoy superadas por los acontecimientos posteriores, allí invitaba a los fieles a permanecer en comunión con la Iglesia jerárquica, viviendo según la Tradición viva, como ya había exhortado en 1988 el Cardenal Ratzinger durante su visita a Chile. En dicha carta existe una referencia a nuestra Asociación a propósito de la Misa de San Pío V:

También hay fieles católicos atraídos por el rito romano de la antigua Misa llamada de San Pío X, y en latín, tal como la celebrábamos antes de la reforma litúrgica originada en el Concilio Vaticano II (el nuevo rito comenzó entre nosotros el 7 de junio de 1964). A este respecto debe advertirse que la Santa Misa es una sola y la misma, tal como la instituyó Nuestro Señor Jesucristo en la Última Cena: “Haced esto en memoria mía” (cfr. Lc 22, 19-20). ¿Cómo celebran la Eucaristía los Apóstoles, cómo los cristianos de los primeros siglos? Ciertamente su rito era distinto del que formalizara San Pío V después del Concilio de Trento, y del que estableciera San Pío X a comienzos de este siglo, y del que instituyera la reforma postconciliar del Vaticano II.

En la tradición latina también se han tenido diversos ritos, por ejemplo, el ambrosiano, el mozárabe y el de algunas órdenes religiosas, como también son muy variados los ritos en la Iglesia católica oriental aún hoy en día. Pero, la Santa Misa es, en todos esos casos, esencialmente la misma, la que instituyera Nuestro Señor. ¿Por qué, entonces, privilegiar hoy 
un solo rito y hacer una cuestión de principios algo que obviamente no lo es?

Ahora bien, la Santa Sede, con el ánimo de allanar todos los obstáculos en materias que no fueran estrictamente doctrinales, autorizó que, según la petición del Ordinario del lugar, se celebrara la Santa Misa del rito de San Pío X. Mi antecesor, el Cardenal Fresno, autorizó esa Misa en un lugar determinado una vez al mes; y yo, aconsejado por la Santa Sede, extendí ese permiso a todos los domingos del año. No ha sido fácil para los fieles agrupados en la asociación “Magníficat”, que se encarga de dicha celebración, mantener esa frecuencia, por la falta de sacerdote oficiante. Para apoyar esa iniciativa y expresar mi comprensión hacia ella, yo mismo les celebré una vez la Santa Misa en ese rito, porque soy Pastor de todos y a todos debo hacer crecer en la comunión de la Iglesia.

En agosto de 1996, celebramos modestamente los treinta años de existencia de la Asociación con una Misa en la Parroquia de Santa Ana, la que tuvo por oficiante a monseñor Polidoro Van Vlierberghe, obispo-prelado emérito de Illapel. En aquella ocasión el Nuncio de la época, monseñor Piero Biggio, hizo llegar una afectuosa felicitación. Ese mismo año visitó Chile el P. Josef Bisig, a la sazón Superior General de la Fraternidad de San Pedro, quien celebró una Misa también en la Iglesia de Santa Ana y dictó una interesante conferencia.

 El P. Josef Bisig durante una conferencia en Sarasota, Florida (EE.UU.)

El 4 de enero de 1997 fue ordenado sacerdote Milan Tisma Díaz, un joven que participaba de nuestra corporación desde 1987 cuando acababa sus estudios secundarios en el tradicional Colegio San Ignacio de calle Alonso de Ovalle. Fue la última ordenación sacerdotal de don Carlos Oviedo. El cardenal le concedió autorización verbal e inmediata para celebrar la Santa Misa y los demás sacramentos con los libros litúrgicos de 1962 cada vez que hubiera necesidad pastoral. Pocos días después, el P. Milan celebró su primera Misa de siempre en la Parroquia de Santa Ana, en compañía de varios fieles de la Asociación. Desde entonces ha permanecido como nuestro capellán prestando un servicio invaluable por unas ya largas dos décadas. Un año después, el cardenal Carlos Oviedo presentó su renuncia como arzobispo de Santiago debido a la grave enfermedad que lo aquejaba. Falleció el 7 de diciembre de 1998, víspera de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción, cuya imagen preside nuestra ciudad desde las alturas del Cerro San Cristóbal.

Durante toda la siguiente década seguimos celebrando la Santa Misa en el Campus Lo Contador de la Pontificia Universidad Católica sin mayores novedades. Así las cosas, llegamos al 7 de julio de 2007. En aquella fecha el Papa del momento, S.S. Benedicto XVI, proclamó el motu proprio Summorum Pontificum, mediante el cual reconoció la igualdad de los ritos nuevo y antiguo de la Misa —llamados ahora formas ordinaria y extraordinaria respectivamente— y autorizó el uso libre de ambos a todos los sacerdotes católicos. Los fieles tienen derecho a pedir la celebración de la Misa tradicional y las autoridades eclesiásticas no se lo pueden negar. Mi primera manifestación como dirigente de Magnificat por este texto fue la publicación de una carta en el diario El Mercurio, la que apareció en su edición del día jueves 12 de julio de ese año. En ella explicaba el significado y la alegría que la restauración de la Misa tradicional debía tener para todo católico.

Inmediatamente, fuimos en grupo a saludar al Cardenal Francisco Javier Errázuriz a nombre de Magnificat, quien nos recibió en audiencia el 31 de julio de 2007. El grupo estaba compuesto por el R.P. Milan Tisma, Augusto Lecaros, Miguel Zauschkevich, Claudio López, a la sazón estudiante de medicina y representante del grupo Juventutem, que por entonces funcionaba, y por mí. Monseñor Errázuriz nos recibió con gran sencillez y simpatía y le explicamos nuestro proyecto de futuro, a saber, conseguir una iglesia o capilla en la cual pudiéramos celebrar la Misa tradicional de manera regular, todos los domingos del año. El Cardenal quedó de ayudamos en este propósito.

 Misa solemne celebrada con ocasión de la entrada en vigencia del motu proprio (7-IX-2007)
(Foto: Asociación Litúrgica Magnificat)

La siguiente actividad fue la celebración de la Misa solemne que presidió el P. Milan Tisma el día 14 de septiembre de aquel año de 2007, en la iglesia del Colegio de los Sagrados Corazones (vulgo: Padres Franceses) de la Alameda. Esto resultó un éxito, acudiendo a la iglesia alrededor de 400 personas, pese a que ese mismo día se celebró una Misa pontifical con monseñor Bernardino Piñera Carvallo, arzobispo emérito de La Serena, en la Iglesia de San Isidro donde asistió más de un centenar de fieles, incluidos algunos de quienes frecuentan nuestro apostolado. A la vez, en distintos lugares se logró recoger más de 400 firmas para elevar un mensaje de agradecimiento al papa Benedicto XVI por su motu proprio sobre la liturgia tradicional. Por desgracia, si bien se redactó la carta dirigida a Su Santidad, nunca pudimos entregarla al Nuncio Apostólico, monseñor Aldo Cavalli, porque éste estaba terminando su misión en Chile y no tuvo tiempo de recibimos. De esta manera se perdió ese primer efecto positivo de parte nuestra.

Enseguida comenzó la búsqueda de una iglesia que pudiéramos usar en permanencia, ofreciéndose entonces tres posibilidades: (i) la Capilla del Liceo Alemán, antigua iglesia de las Clarisas de la Victoria, en Bellavista, cerca de Pío Nono, donde habíamos comenzado nuestras actividades públicas hacía más de 41 años, sin culto desde ese año debido a la desaparición del colegio, reemplazado por el nuevo Colegio del Verbo Divino de Chicureo; (ii) la Capilla de la Congregación de las Monjas de la Providencia, sita en la avenida del mismo nombre, entre Condell y Salvador; y (iii) la Capilla de la Congregación de las monjas de La Visitación, también sede nuestra hacía varios años. En los tres casos hubo gestiones y buena disposición por parte de quienes nos recibirían. Pero se produjeron algunas dilaciones por razones de redecoración y acondicionamiento de los templos. Al final, mediante el apoyo que nos dio el propio Cardenal Errázuriz, a comienzos de 2008 pudimos instalarnos en la capilla de las Hermanas de la Providencia. En el intertanto, continuábamos celebrando una Misa al mes en la Capilla del Campus Lo Contador. Cuando nos instalamos en La Providencia, esa Misa se suspendió y no ha vuelto a celebrarse allí la liturgia tradicional.

En 2008 participamos, como en varias otras ocasiones, de la tradicional procesión de la Virgen del Carmen que se celebra, desde hace algún tiempo, el último domingo de septiembre. Ella recorre las principales calles del centro de nuestra ciudad acompañando la imagen de Nuestra Señora que alguna vez estuvo en la Basílica del Salvador, destruida por el terremoto de 1985, y que hoy se venera en una restaurada Capilla del Sagrario, a un costado de la Catedral metropolitana. Esa vez fue muy especial por la cantidad de gente —sobre todo jóvenes— que logramos congregar bajo nuestro estandarte y por el decidido canto de la Salve que entonamos en latín cuando avanzábamos por calle Agustinas en dirección a la Iglesia de San Agustín, en la esquina con Estado.   

 Misa cantada en la capilla de las hermanas de la Providencia
(Foto: Asociación Litúrgica Magnificat)

Durante nuestra permanencia en la capilla de las hermanas de la Providencia, tuvimos la suerte de realizar una Misa Pontifical, que celebró el 14 de septiembre de 2009, a petición nuestra, el Cardenal Jorge Medina Estévez, Prefecto emérito de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, para dar gracias por el segundo aniversario del motu proprio Summorum Pontificum. Resultó un acontecimiento mayor, de gran ayuda espiritual para la buena cantidad de fieles que asistió. Esta forma de celebración solemne no se llevaba a cabo casi nunca en Chile, por lo que fue una feliz excepción para todos.

Nuestra “congregación” ha oscilado mucho a lo largo de sus 50 años de existencia. En sus épocas de esplendor hemos contado con unos 300 fieles, y en las épocas de receso, sólo con algunas decenas o incluso menos, como en esa primera Misa de 1966. En la actualidad, el promedio se sitúa alrededor de las 100 a 120 personas. Además, gracias al P. Milan Tisma se ha ido desarrollando un grupo juvenil importante, que ha mostrado bastante dedicación a la causa y que permite contar con un cuerpo estable de monaguillos que asegure el servicio del altar. De ahí han salido incluso algunas vocaciones al sacerdocio. En la medida en que disminuye sensiblemente el número de fieles católicos en Chile, algunos encuentran en Magnificat un refugio seguro frente al caos de la fe en general y a la crisis del catolicismo en particular. Siempre hay jóvenes que aprecian lo sacral, lo mistérico (en el mejor sentido de la palabra) y lo bello. Sobre la dimensión cultural de este fenómeno, que comporta un verdadero suicidio anunciado de nuestro entorno, he tratado en mi libro Y después de Occidente, ¿qué?, publicado por primera vez en 1983, y en su secuela intitulada ¿Existe aún Occidente?, aparecida en 2007. 

 Misa pontifical celebrada por S.E.R. el Cardenal Jorge Medina Estévez (14-IX-2009)
(Foto: Asociación Litúrgica Magnificat)

Esta es la razón por la cual siempre hemos defendido como Asociación la celebración de la Misa antigua, no como una mera defensa del latín y el canto gregoriano, sino como una expresión integral y plena de la fe católica. Pero, al mismo tiempo, nunca acusamos a la nueva Misa de ser inválida. De hecho, la inmensa mayoría de los sacerdotes que nos ayudaron han celebrado siempre las dos Misas, buscando poner en el rito reformado toda la piedad que rezuma el antiguo. Siempre hemos querido transmitir la idea de que la Santa Misa, declarada por el Concilio como la fuente y culmen de toda la vida cristiana, es como una sinfonía, donde no hay improvisaciones ni variantes.