jueves, 17 de agosto de 2017

Declaración de la Conferencia Episcopal chilena sobre la despenalización del aborto

Durante esta semana se conocen en el Tribunal Constitucional los requerimientos presentados por senadores y diputados de la Alianza por Chile destinados a que el proyecto que despenaliza el aborto en tres supuestos sea declarado inconstitucional y, por consiguiente, no pueda ser promulgado como ley. 

En ese marco, el pasado lunes 14 la Conferencia Episcopal de Chile hizo público un documento donde hace presente a dicho organismo sus observaciones al así denominado “proyecto de ley que despenaliza la interrupción voluntaria del embarazo en tres causales” presentado por el gobierno de la Presidente Michelle Bachelet. En dicho texto, el Episcopado recuerda que “desde el anuncio del proyecto y durante su tramitación ha insistido en la enseñanza reiterada y constante de la Iglesia acerca de la defensa y promoción de la vida en toda circunstancia”. Ella, condensada en el Catecismo de la Iglesia Católica, consiste en la invariable reiteración de "la malicia moral de todo aborto provocado [...] El aborto directo, es decir, querido como un fin o como un medio, es gravemente contrario a la ley moral" (CCE 2271). De ahí que "la cooperación formal a un aborto constituye una falta grave. La Iglesia sanciona con pena canónica de excomunión este delito contra la vida humana" (CCE 2272). Sobre el punto, reproduciendo la declaración hecha en 2010 por la Conferencia Episcopal, tratamos en esta entrada

El texto con las observaciones de la Conferencia Episcopal de Chile puede ser consultado aquí

Feto de 10 semanas de gestación. El proyecto chileno permite el aborto hasta la duodécima semana

Asimismo, resulta recomendable la lectura los otros documentos recientes del episcopado chileno sobre la materia:




(d) El derecho humano a la vida, a una vida digna para toda persona. Mensaje de la Conferencia Episcopal de Chile en torno al proyecto de ley sobre despenalización del aborto (25 de marzo de 2015).

miércoles, 16 de agosto de 2017

Introducción a Magnificat. Manual litúrgico-musical en preguntas y respuestas (II)

Ya hemos señalado en la primera parte de esta serie que, como parte de los preparativos del IV Congreso Summorum Pontificum de Santiago de Chile, fijado para 2019, dedicaremos cada cierto tiempo alguna entrada a tratar diversos aspectos relacionados con la música sagrada, tema al cual se abocará dicha versión. Con ésta cerramos la reproducción de la introducción de Magnificat. Manual litúrgico-musical en preguntas y respuestas escrito por el Rvdo. Milan Tisma Díaz, capellán de nuestra Asociación, y publicado en 2004 por la Editorial Cor Salvatoris. 

Francesco Bergamini, Frailes franciscanos en el coro
(Imagen: Pinterest

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Introducción

Un canto veraz

Esta es una cuestión de capital importancia: el canto y la música en la liturgia deben estar al servicio de la verdad cultual. Es decir, han de estar verdaderamente orientados a establecer la comunión de los hombres con Dios. El canto y la alabanza son respuesta amorosa a Dios que se revela. Esa respuesta requiere una disciplina que incluye la paz, la reverencia y el rechazo a todo elemento que impida la adoración en espíritu y en verdad. El canto debe expresar nuestro sitio y postura ante Dios y brindar elementos básicos para entrar en comunión con el misterio celebrado y con los hermanos en la fe. El canto es un medio y no un fin en sí mismo; con sus acentos graves o alegres –pero siempre religiosos- nos debe conducir al asombro y al respeto y transmitirnos con nitidez el sentimiento de lo sagrado.

Otro aspecto de la veracidad es el referido al contenido textual de los cantos. La Iglesia ha entendido tradicionalmente que su modo de hacer música difiere sustancialmente de la forma profana, puesto que esta es autónoma y la suya remite directamente al contenido recibido por medio de la Revelación. Es Dios mismo, ya desde el Antiguo Testamento, quien en los salmos inspira y revela los contenidos de la plegaria que le es grata. Esto significa que la alabanza, cantada como respuesta humana a la manifestación de Dios para ser correcta, debe incluir las expresiones que el propio Dios ha enseñado. Es por esto que en el vocabulario litúrgico resuenan casi siempre, a manera de eco, los modos de hablar de la Escritura. Es el lenguaje con el que Dios-Esposo se dirige a la Iglesia-Esposa. Un verdadero canto litúrgico será, por tanto, un canto referido a la Palabra de Dios y al itinerario celebrativo de la Iglesia. Es decir, un canto de la Iglesia, para ser veraz debe estar asociado al canto eterno del Verbo Divino en el seno del Padre.

Cristo es ese himno sublime que Dios se canta a sí mismo eternamente y que brota en inenarrables armonías desde las profundidades de su propia divinidad. El Padre Eterno encuentras sus complacencias en este canto ya que expresa cabalmente sus infinitas perfecciones. Pero desde el momento de la Encarnación, el Verbo asoció a toda la creación a ese himno grandioso de alabanza y, una vez terminada su misión redentora en la tierra, Cristo dejó a su amadísima Esposa -la Iglesia- el encargo de perpetuar a través de los tiempos ese canto que, incoado por Él aquí en la tierra, ahora dirige vivo y glorioso desde el cielo como Cabeza del cuerpo místico. Esa es la liturgia y esta es la esencia misma del canto sagrado: cantar, por boca de la Iglesia, las alabanzas del mismo Cristo ofrecidas a Dios Padre en el Espíritu Santo.

Un tercer aspecto de la veracidad es el de la adecuación de los recursos musicales a ese contenido objetivo de la vox sponsae (voz de la esposa). Un contenido noble requiere un continente igual o proporcionalmente noble puesto que hay que tratar santamente las cosas santas. Este es un principio elemental de la liturgia cristiana y uno de los aspectos más distintivos de nuestro rito romano. El canto y la música deben ser nobles ya que están al servicio de contenidos tremendos y misteriosos.

Esta nobleza significa que, llevados por un espíritu de genuina reverencia, tratamos de ofrecer a Dios lo mejor, reconociendo que Él es la Belleza suma, que merece de nuestra parte una alabanza armoniosa y que nuestra naturaleza redimida está orientada a la bienaventuranza eterna.

El canto debe ser bello para reflejar el esplendo de la verdad y anunciar a todos los hombres el triunfo de la Resurrección. No puede hacerse cómplice de un modo musical trivial o pueril que incapacite gradualmente para escuchar y expresar los contenidos de la fe.

Para que el canto y la música no se emancipen de la liturgia o se prostituyan ante contenidos ajenos a ella, resulta conveniente tener en cuenta otros principios elementales.

 José Gallegos y Arnosa, El coro

La continuidad de nuestra tradición litúrgico-musical

Desde la tradición continua y homogénea de la Iglesia se nos recuerda que la Sagrada Liturgia es participación en el diálogo trinitario: no es primariamente un hacer nuestro, sino ante todo un “opus Trinitatises decir, acción de Dios en nosotros y con nosotros. Un énfasis en la acción sagrada tal como es propuesta y ordenada por la Iglesia libera a la liturgia, y en particular al canto, del verbalismo desatado que todo lo quiere explicar racionalmente. De este modo los cantos, cuando son verdaderamente sagrados, dejan a la liturgia hablar por sí misma y animan a los fieles en el verdadero espíritu litúrgico evitándoles la divagación por zonas imprecisas de la expresión religiosa.

La continuidad de nuestra tradición litúrgico-musical supone también dar un sitio de honor a la herencia de la música sagrada, la cual constituye un tesoro de valor estimable. Cantar y tocar la buena música del pasado es una manera en la que los creyentes permanecen en contacto con su rica herencia y la preservan. Hoy los encargados de la música tienen un desafío sin precedentes: deben realzar la celebración con nuevas creaciones llenas de variedad y riqueza, compaginándolas con aquellas composiciones del tesoro litúrgico. Más aún, han de incorporar aquellas nuevas formas musicales que se hayan desarrollados orgánicamente a partir de las ya existentes. Como prudentes administradores, los músicos de Iglesia deben sacar de su arca lo nuevo y lo antiguo.

Mantener esta continuidad con nuestras tradiciones va más allá de una simple restauración del pasado, puesto que la continuidad siempre supone un desarrollo. Este desarrollo es, en la liturgia de la Iglesia, un proceso delicado, análogo al que se da en la progresiva comprensión de las verdades doctrinales. De modo que hacer o concebir hoy la música litúrgica sin tener en consideración la riquísima tradición precedente sólo conduce a soluciones transitorias, de poca calidad y culturalmente insignificantes.

 Miniatura medieval que muestra al canto gregoriano como un acto de culto verdadero a Dios

La fidelidad a la Iglesia

La fidelidad es mejor entendida en términos de "comunión", un concepto de la naturaleza eclesial muy estimado en nuestros días. La fidelidad a las normas litúrgicas es un signo concreto de la comunión con nuestro obispo y de nuestra comunión con la sede de Pedro. La fidelidad en la liturgia es una cuestión de caridad, unidad y, en último término, de fe. Como ministros de la Iglesia cada uno debería valorar la Sagrada Liturgia como algo que nos supera por ser más grande que nosotros mismos. Es cierto que supone una labor humana fruto de una experiencia multisecular, pero ese itinerario eclesial ha sido inspirado continuamente por el Espíritu Santo que ordena con su sabiduría lo grande y lo pequeño.

La fidelidad también requiere un profundo “sensus Ecclesiae (sentido de Iglesia). Es decir, una comprensión de la liturgia como “Mysterium” que, confiado por la Iglesia a sus ministros, se debe celebrar para el bien de todo el pueblo de Dios según la mente de la misma Iglesia. Puesto que la Sagrada Liturgia es un bien peculiar de toda la Iglesia debemos, con espíritu de profunda fe y obediencia, dejarnos guiar por el sentido de una responsabilidad verdaderamente cristiana frente a ella. Sería muy triste que el canto, servidor tan efectivo de la comunión con Dios y con los hermanos, por estar tan estrechamente vinculado a la celebración donde “congregavit nos in unum Christi amor”, se hiciera instrumento de divisiones y graves distorsiones en el seno de la comunidad a causa del olvido o ignorancia de las normas establecidas por la autoridad de la Iglesia.

La fidelidad a las normas trae consigo muchas ventajas para la vida litúrgica de la comunidad, tanto en el plano espiritual como ritual. Entre todas estas ventajas deseo resaltar aquí una especialmente significativa: la fidelidad a la Iglesia nos libra del tribalismo litúrgico-musical. Comparando el modo de ejecutar la música y el canto en las diversas comunidades cristianas, se advierte enseguida la ausencia de un repertorio mínimo en común y la falta de unidad en torno a los textos del gran patrimonio litúrgico. Es por esto que la fidelidad a las prescripciones se transforma en una ayuda para tomar clara conciencia de que un canto, para que sea plegaria de la Iglesia, es necesario que supere el ámbito puramente personal o local y tenga un matiz verdaderamente eclesial o comunitario en el significado más pleno de la palabra. Dicho de otro modo, el canto debe abarcar, por su contenido y forma de ejecución, no simplemente a la pequeña asamblea reunida, sino que debe expresar la plegaria de la Iglesia Católica.

 Jean Georges Vibert, El coro conventual

El sentido pastoral de la Liturgia

La fidelidad a las normas litúrgicas supone también una fidelidad al pueblo católico ya que el canto mientras se afana en dar gloria al Señor busca la santificación de los fieles. Un ejercicio auténticamente pastoral del ministerio musical debe estar conformado por los principios más arriba expuestos.

-        (i) La música y el canto deben ser veraces y poner a Dios en el centro de la celebración.

-        (ii) Estar dotados de las cualidades que los hagan aptos para el culto divino.

-        (iii) Mantener la continuidad con la tradición litúrgica; y 

-        (iv) Ser fieles a las normas de la Iglesia.

Estos principios nos invitan a dar al pueblo creyente lo mejor, para que su participación en la acción sagrada con canto sea cada vez más digna, más profunda y penetre en la vida personal trayendo el gozo de la alabanza y el esplendor de la gracia.

El sentido pastoral incluye también una preocupación constante por la promoción de la participación plena, consciente y activa del pueblo en los oficios divinos, la iniciación gradual en formas musicales más perfectas y logradas y el cuidado en procurar los medios catequéticos y pedagógicos para que la participación cantada sea espiritualmente provechosa a todos.

Un modo auténticamente pastoral de hacer música sacra debe hoy tener en consideración lo que los pastores indican sobre este delicado ministerio, sin dejar por ello de tener en debida cuenta el respeto a los valores humanos, a la sensibilidad y a la capacidad de cada comunidad. Así entendida, la “sapienti libertate (sabia libertad) litúrgica, que legitima y ordenadamente se puede dar en materias musicales –cuando la Iglesia así lo permite- debe respetar estrictamente las exigencias de la acción litúrgica y las características distintivas de la música sagrada, teniendo presente la comunidad concreta de vida, su cultura musical y su modo peculiar de expresar la fe.

En el exordio del tercer mileno no deberíamos subestimar la enorme fuerza evangelizadora del culto católico cuando éste es auténtico. Hace siglos un canto veraz fue capaz de disponer el corazón de San Agustín a su conversión definitiva. Hoy la música sacra sigue poseyendo esta enorme virtualidad en la medida que conserva su originalidad y personalidad propia. En nuestros días la tentación es utilizar la música en la liturgia disponiendo de las melodías y textos autónomamente, como de un bien propio, imprimiéndoles un estilo demasiado personal y arbitrario, buscando el recurso fácil y entretenido. A esto, que parece en algunas ocasiones producir efectos mayores y más inmediatos, se le ha dado erróneamente el apelativo de “pastoral”, cuando en realidad un tal modo de proceder denota una piedad subjetiva, un gran individualismo y una confianza excesiva en la capacidad del simple esfuerzo humano en detrimento de la fe en la eficacia santificadora de la plegaria oficial de la Iglesia.

Si queremos tocar el corazón de nuestros contemporáneos con la belleza increada, si queremos de verdad cantar un cántico siempre nuevo; cantar a Dios y encantar al mundo, atrayendo a muchos a la fe de Cristo, será necesario acallar nuestro propio canto y asociarnos a aquel himno que por virtud del Espíritu continuamente el Verbo entona ante el Padre eterno. Dejemos que nuestro canto litúrgico se convierta en auténtico opus Dei (obra de Dios). Ese será el canto más hermoso, el más grato al Señor, el más útil para la santificación de los hombres y, por lo mismo, el más pastoral.

lunes, 14 de agosto de 2017

Los libros litúrgicos (VI): el Breviario

En esta entrada trataremos del Breviario Romano, cerrando con ello la serie dedicada a los libros litúrgicos. 

El Breviario Romano (Breviarium Romanum) es un libro litúrgico que contiene el rezo eclesiástico de todo el año. En síntesis ahí se recogen las oraciones, lecturas bíblicas y salmos que deben ser rezados o recitados en las diferentes horas del día y según el correspondiente período del año litúrgico. Su finalidad es acompañar la Santa Misa con la manifestación pública de la fe en forma de plegaria, por lo que existe sincronía en la progresión de las lecturas.  

Canto del oficio divino
(Ilustración: Divinum Officium)

Los orígenes del Breviario Romano

En latín clásico, breviarium significa el índice, el extracto o el resumen de una obra. Entre los Santos Padres, el término se emplea usualmente en este sentido, y también se observa en ciertos documentos de carácter profano (por ejemplo, el Breviario de Alarico). En el uso litúrgico de la baja Edad Medida designaba muchas veces el folio o fascículo que contenía brevemente las normas para la exacta recitación del Oficio o de la Misa. De ahí que el título de breviario haya servido para designar al código del Oficio Divino (llamado Liber horarum), sea porque representaba el extracto o, mejor dicho, la fusión de varios libros litúrgicos necesarios para su rezo, o también porque, habiendo incluido el fascículo (breviarium) de las normas rubricales, éste, por sinécdoque, acaba por dar el nombre a todo el volumen. Por ejemplo, el Liber horarum en uso en la diócesis de Augsburgo, impreso en 1489, dispone cada una de sus partes siguiendo este orden: Calendarium, Psalterium, Hymnarium, Breviarium, Commune, etcétera. 

La formación del Breviario como libro litúrgico canónico no va más allá del siglo XI y tiene sus comienzos en Italia. Se origen se debió, por una parte, a las exigencias de la recitación privada del Oficio, que se iba extendiendo cada vez más, y por otra parte, a cierta necesidad de coordinación y simplificación de la liturgia, que por esa época se iba abriendo paso. Se sabe que el Oficio fue creado y compuesto para la recitación pública, en coro. Tal fue la forma general en la Iglesia, tanto entre los monjes como entre los sacerdotes seculares, hasta después del siglo XI, aunque en ciertos casos particulares se permitía la recitación privada, siempre de manera reducida (por ejemplo San Pacomio y San Benito la autorizaban para los monjes que están de viaje o tienen otras dificultades). A esta exigencia de celebración se sumaba el hecho de que para el rezo del Oficio era necesario contar con diversos libros, todos ellos difíciles de transportar debido a su gran tamaño. Para su recitación era necesario contar con el Salterio, el Leccionario (integrado por el Antiguo y el Nuevo Testamento), el Homiliario, donde se recogían los escritos de los Padres de la Iglesia, el Martirologio para la vida de los santos, el Antifonario, el Responsorial, el Pasionario o Legendario, el Himnario y el Oracional o Colectario. Estos libros eran diferentes para cada período especial del año litúrgico (Adviento y Navidad, Cuaresma y Pascua) y para el hoy denominado "tiempo ordinario", siendo tal aquel en que no se celebraban las festividades centrales del nacimiento, pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor. Estos libros formaban, en toda iglesia de cierta importancia, una verdadera biblioteca, tanto por el número como por sus proporciones. Incluso más, para sostenerlos fue diseñado con el tiempo el facistol (término que proviene del occitano antiguo), el cual es un atril grande en que se ponen el libro o libros para cantar en la iglesia y que, en el caso del que sirve para el coro, suele tener cuatro caras que permiten colocar varios volúmenes simultáneamente, cada uno de ellos correspondientes a una voz. 

 Facistol de coro (catedral de Sevilla)

Primero se comenzaron a reunir todos estos volúmenes en uno o dos, dividiéndolos según las estaciones de invierno o verano. En un segundo momento se fundieron juntos de forma ordenada, distribuyendo los distintos elementos (himnos, responsorios, etcétera) en cada oficio y presentándolos en el orden en que debían cantarse. En cambio, cuando el volumen se compilaba para el rezo privado, se limitaba a poner el incipit de los salmos, himnos, antífonas, etcétera, suprimiendo toda notación musical y dejando las lecturas reducidas a pocas líneas. Estos breviarum portatilia, o de cámara, en uno o dos volúmenes, se encuentran ya poco antes del siglo XIII. En los viajes se llevaban sujetos con anillas a la cintura y muchas veces, en las iglesias, se fijaban mediante pequeñas cadenas al atril del coro (de ahí su nombre de breviari incatenati), para comodidad de los sacerdotes que debían trasladarse de un lugar a otro. 

Un tipo de estos breviarios de cámara fue el que se formó en Roma, durante los siglos XII y XIII, en la corte pontificia de Letrán, bajo el auspicio de las tormentosas vicisitudes que no dieron tregua y le obligaron a moverse de un lado a otro de Italia. Inocencio III (1198-1216) lo aprobó y, poco tiempo después, San Francisco de Asís (1181-1226) lo hizo adoptar en la Segunda Regla (1233) por los hermanos menores que eran clérigos, recibiendo sanción del papa Nicolás III (1277-1280). Con el título de Breviarium secundum consuetudinem Romanae Curiae fue ampliamente difundido por los franciscanos y sirvió de base para aquel sancionado por San Pío V. 

La razón de la proliferación de estos breviarios de cámara proviene de la creación de numerosas parroquias rurales, atendidas muchas veces por un solo sacerdote, y de las ordenes mendicantes (franciscanos, dominicos, agustinos, carmelitas, mercedarios, etcétera), donde el recorrido de largas distancias para predicar la fe imposibilitaba el rezo del Oficio en coro. De ahí que se hacía imperioso fijar y simplificar los textos a fin de poder recogerlos en algunos volúmenes fácilmente transportables. La invención de la imprenta facilitará todavía más su composición en pequeños formatos. 

 Breviario romano en formato pequeño (Ratisbona, 1936)

El Breviario Romano promulgado por orden del Concilio de Trento

Como ocurrió con todos los libros litúrgicos, el Concilio de Trento ordenó componer un Breviario común para todas las iglesias de rito romano. Hasta entonces, cada obispo tenía autoridad para fijar el texto que debía rezarse en su diócesis, y lo mismo ocurría con las órdenes religiosas. En cumplimiento de ese mandato, San Pío V (1566-1572) terminó la reforma comenzada por el Concilio y promulgó la primera edición típica del Breviario Romano (Breviarium Romanun ex Decreto Sacrosancti Concilio Tridentini Restitutum Summorum Pontificum Cura Recognnitummediante la bula Quod a nobis, de 9 de junio de 1568, permitiendo el uso de todos aquellos otros breviarios que tuviesen una antigüedad probada de al menos 200 años. 

El Breviario tridentino está compuesto de ocho oficios repartido durante la noche y el día: Maitines (antes del amanecer), Laudes (al amanecer), Prima (primera hora después del amanecer, sobre las 6.00 de la mañana), Tercia (tercera hora después de amanecer, sobre las 9.00 horas), Sexta (mediodía, justo después del Ángelus durante el año o el Regina Coeli por Pascua), Nona (sobre las 15.00 horas, Hora de la Misericordia), Vísperas (tras la puesta del sol, habitualmente sobre las 18.00 horas, después del Ángelus durante el año o el Regina Coeli por Pascua) y Completas (antes del descanso nocturno, las 21.00 horas)Cada hora está compuesta por los siguientes elementos: (i) invocación inicial; (ii) himno; (iii) salmodia (a la que se añaden en las horas mayores textos bíblicos no sálmicos llamados cánticos); (iv) lectura bíblica (y lectura patrística en Maitines); (v) responsorio (cántico evangélico, preces y Padre Nuestro en el caso de Laudes y Vísperas); (vi) oración final y despedida. La forma habitual de editar el Breviario era en cuatro tomos o partes, uno para cada estación del año: pars verna, pars aestiva, pars autumnalis y pars hiemalisTambién existía el Diurnal (Diurnale), en un solo tomo, en el que se reunían todas las horas canónicas menos Maitines: Laudes, Prima, Tercia, Sexta, Nona, Vísperas y Completas.


Con posterioridad, el Breviario fue ligeramente modificado por Gregorio XIII (1572-1585) en 1582 para adaptarlo al nuevo calendario, y por Sixto V (1585-1590), quien reintrodujo en  algunas fiestas suprimidas por San Pío V (por ejemplo, la Presentación de la Virgen María). La obra de este último fue continuada por Clemente VIII (1592-1605), quien promulgó una nueva edición típica a través de la bula Cum in Ecclesia, de 10 de mayo de 1602. En ella se corrigieron muchas lecturas hagiográficas y patrísticas, se aceptó la nueva Vulgata, y se aumentó el santoral y el común. Poco después, y a diferencia de sus predecesores, Urbano VIII (1633-1644) decidió reestructurar completamente el breviario desde el punto de vista estilístico por la bula Divinam psalmodiam, de 25 de enero de 1631, con el propósito de adaptar el conocimiento del latín a la época, especialmente en los himnos. Aunque estos himnos se publicaron en 1629, el Breviario recién fue publicado tres años después. Clemente X (1699-1676) también hizo algunas modificaciones, como aumentar las fiestas del calendario y su categoría litúrgica, aunque en 1671 promulgó un decreto, a través de la Congregación de Ritos, que prohibía hacer nuevas reformas por los próximos 50 años, el cual fue confirmado por Clemente XI (1700-1721) y Benedicto XIV (1740-1758).

Sin embargo, todas estas reformas fueron muy tradicionales y respetaron la estructura general del Oficio Divino según la liturgia romana de los siglos IX y X. Por el contrario, la reforma llevada a cabo por San Pío X (1903-1914), merced a la bula Divino afflatu, de 1º de noviembre de 1911, supuso una verdadera revolución en cuanto al desarrollo orgánico del rito. Ella revalorizó el oficio dominical y temporal (casi completamente desplazado por el santoral en el curso de los siglos) y redujo el número de salmos en ciertas horas. Pese a los cambios que efectivamente se concretaron, la reforma tenía un alcance mucho mayor: la propia bula anunciaba el nombramiento de una comisión que debía preparar una revisión más amplia del Breviario y del Misal, la cual no llegó a concretarse por la muerte del Papa en 1914.

El relevo reformista fue tomado Pío XII, quien  hizo publicar en 1956 una nueva edición del Breviario, en la cual quedaron incorporados: (i) el Salterio piano [elaborado por Agustin Bea (1881-1968), creado cardenal en 1959, y promulgado por el motu proprio In cotidianis precibus, de 24 de marzo de 1944], (ii) una simplificación de las rúbricas (a través del decreto de la Sagrada Congregación de Ritos De rubricis ad simpliciorem formam redigendis, de 23 de marzo de 1955) y (iii) las reformas de la Semana Santa (puestas en vigor por el decreto de la Sagrada Congregación de Ritos Maxima redemptionis, de 16 de noviembre de 1955). En 1962, San Juan XXIII publicó una nueva edición típica del Breviarium Romanum para conformar éste al nuevo código de rúbricas (promulgado con el motu proprio Rubricarum instructum, de 25 de julio de 1960). Fue la última edición típica antes de la introducción de la reforma litúrgica postconciliar, de suerte que tal es el texto que debe seguirse hoy en la forma extraordinaria. 

 (Foto: Catholic Quotes)

El Concilio Vaticano II y el Oficio Divino reformado

Pese a la reforma de Pío XII, todavía subsistía el deseo de simplificar más el Oficio Divino, conservando lo esencial del Breviario Romano y quitando todo aquello extraño que se había agregando con los siglos. El Concilio Vaticano II recogió esta inquietud y el Capítulo IV de la Constitución Sacrosanctum Concilium dispuso la completa revisión del Oficio Divino. Es más, ya desde antes del Concilio el término "Breviario" se había vuelto impropio, pues la Liturgia de las Horas no es (como antaño) un resumen de ninguna otra cosa, sino ella misma la oración colectiva de la Iglesia. Conjuntamente con la promulgación del Misal reformado, el beato Pablo VI promulgó el nuevo Oficio Divino (Officium divinum ex decreto Concilii Oecumenici Vaticani II instauratum) mediante la Constitución apostólica Laudis canticum, de 1° de noviembre de 1970. La Liturgia de las Horas, como se denomina habitualmente, se edita en cuatro volúmenes, ya en latín, ya en lengua vernácula. También existe una versión impresa en un volumen único, donde no se incluye el Oficio de Lecturas. 

Se distinguen en general dos niveles de celebración en la liturgia, las llamadas horas mayores o principales (el Oficio de Lectura, que reemplaza a Maitines, Laudes y Vísperas) y las horas menores (las horas intermedias, vale decir, Tercia, Sexta y Nona, y Completas). Las primeras son de rezo obligado, pudiendo situarse el Oficio de Lectura en cualquier momento del día; de las segundas, en tanto, se cumple la obligación canónico con el rezo de una sola de ellas. 

Cabe tener presente que el rezo del Oficio Divino es obligatorio para quienes llevan alguna forma de vida consagrada, siendo para ellos obligatorio su rezo sub gravis. Esto significa que su omisión voluntaria equivale a materia de pecado mortal, según la respuesta de 15 de noviembre de 2000 dada por la Congregación para el Culto Divino y la Congregación del Clero (véase aquí su texto). Por cierto, el Concilio Vaticano II animaba a rezar esta liturgia a todos los fieles, pues en ella se condensa la forma más perfecta de oración pública de culto a Dios.

 (Foto: Lisa Graas)


Para comprar el Breviario Romano tradicional

Para quienes deseen rezar el Breviario Romano tradicional, la asociación española Sapientiae Sedei Filii ha preparado una edición bilingüe latín-castellano. El Breviario contiene: Laudes I, Laudes II, Prima, Tercia, Sexta, Nona, Vísperas y Completas, para todo el año litúrgico tradicional. Está dividido según costumbre: (i) Introducción y Ordinario; (ii) Salterio para cada día de la semana en castellano y latín en traducción paralela; (iii) el Propio del Tiempo en castellano y latín en traducción paralela; (iv) el Propio de los Santos en español y latín en traducción paralela; (v) el Común de Santos en castellano y latín en traducción paralela; (vi) las Letanías Mayores en castellano y latín en traducción paralela; (vii) el Oficio de la Bienaventurada Virgen María in Sabbato en castellano y latín en traducción paralela; (viii) el Oficio de Difuntos en castellano y latín en traducción paralela. La edición incluye además: (i) el Oficio Parvo de la Bienaventurada Virgen María para cada día de la semana y según el tiempo litúrgico, con las siguientes horas: Laudes, Prima, Tercia, Sexta, Nona, Vísperas y Completas; y (ii) el Martirologio Romano completo, según la versión de Pío XII, siendo así el único Breviario en toda la historia que facilita ese anexo para el rezo de la Hora Prima en coro, o para su rezo en privado. El Breviario puede adquirirse aquí

viernes, 11 de agosto de 2017

50 años de Magnificat: libro conmemorativo

En el III Congreso Summorum Pontificum, según relatamos en su oportunidad, fue presentado el pequeño libro que preparamos como Asociación para dejar testimonio de nuestro quincuagésimo aniversario celebrado en 2016. Fueron meses de trabajo y edición para preparar este recuerdo de nuestra trayectoria de servicio a la Iglesia de Santiago y a la Tradición. 

En un lugar destacado, y acompañado de un álbum fotográfico, en dicho volumen se recoge la relación histórica escrita por el Dr. Julio Retamal Favereau de los cincuenta años de vida de Magnificat, no exentos de dificultades, pero siempre guiados por la perseverancia de la misión que intentamos cumplir desde 1966: conservar en la Arquidiócesis de Santiago de Chile la Misa tradicional, esa que ha nutrido la fe de tantas santos a lo largo de los siglos. Acompañan ese texto una biografía de los dos Presidentes que ha tenido nuestra Asociación (Alfonso Letelier Llona, de 1969 a 1994, y Julio Retamal Favereau, de 1994 a la fecha), la transcripción de los objetivos fundacionales (1969) y actuales (2014), una crónica del I Congreso Summorum Pontificum (2015) y otra de su segunda versión (2016), las homilías predicadas por el Rvdo. Milan Tisma Díaz en la Misa solemne de clausura del II Congreso y en la Misa de aniversario, y el facsímil de la carta de felicitación recibida del Presidente de la Federación Internacional Una Voce.  La mayoría de esos contenidos ya habían sido publicado antes en esta bitácora. Un ejemplar del libro fue regalado más tarde a los asistentes.


martes, 8 de agosto de 2017

Introducción a Magnificat. Manual litúrgico-musical en preguntas y respuestas (I)

Concluido con éxito el III Congreso Summorum Pontificum de Santiago de Chile, que tuvo como propósito celebrar el décimo aniversario del motu proprio que le da el nombre, cumple hacer planes para su próxima versión. La Asociación de artes cristianas y litúrgicas Magnificat ha decidido programar el IV Congreso para 2019 y dedicarlo a la música sagrada, a quien el papa Benedicto XVI también dio especial atención durante su pontificado. Desde ya comenzaremos a trabajar para preparar un congreso que esté a altura de los tres anteriores. 

Como parte de estos preparativos, dedicaremos cada cierto tiempo alguna entrada a tratar diversos aspectos relacionados con la música sagrada. En esta y la siguiente, por ejemplo, queremos ofrecer a nuestros lectores la introducción de Magnificat. Manual litúrgico-musical en preguntas y respuestas escrito por el Rvdo. Milan Tisma Díaz, capellán de nuestra Asociación, y publicado en 2004 por la Editorial Cor Salvatoris. 

 Simon Vouet, Santa Cecilia y el ángel (S. XVII, Museo de Bellas Artes de Budapest)
(Imagen: Wikimedia Commons)


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Introducción

Música Missae, non Missae 
musicae famulare debet[1]

Un canto exprese la fe

Entre los muchos signos y símbolos utilizados por la Iglesia para proclamar y celebrar su fe, la música y el canto ocupan un sitio de singular importancia y honor, ya que el canto sagrado, unido a las palabras, forma parte necesaria e integral de la liturgia solemne. Pero debemos recordar que la función de la música es ministerial, es decir, no se puede emancipar de la Liturgia olvidando su espíritu o desconociendo sus leyes internas, como tampoco puede oprimirla con aires o contenidos foráneos. La música tiene vocación de servidora, no de dominadora.

La música debe ayudar a los creyentes reunidos a expresar y compartir el don de la fe y a nutrir y fortalecer su compromiso interno. Debe realzar los textos de modo que hablen más plenamente y más efectivamente a todos y cada uno de los congregados. La calidad y veracidad del gozo que la música añade al culto de la Iglesia no pueden ser obtenidos de otro modo.

La música sagrada es intrínseca a la liturgia, es decir, constituye una parte sustancial de la misma. No es sólo una sierva humilde y obediente, no tiene simplemente una finalidad práctica o estética como puede ser el templo donde se celebran los sagrados misterios, o las flores que embellecen el altar, o las campanas que anuncian las fiestas y congregan a los fieles. Todo esto, aunque útil y precio, es estrictamente extrínseco a la celebración litúrgica, mientras que el canto sagrado está incorporado a la misma celebración y forma parte integral de la misma.

La Iglesia siempre ha admitido el canto sagrado en su liturgia. Y esto no sólo por costumbre sino por razones fundadas en la Revelación y la Historia Sagrada. Desde los tiempos de Moisés consta el canto entre los hijos de Israel. Después del paso del Mar Rojo entonaron llenos de júbilo y entusiasmo un canto a Yahvé, y Mara la profetisa, hermana de Aarón, tomó en sus manos el tímpano (Ex. 15, 1-22). También consta en la Sagrada Escritura cómo David, gran restaurador del culto litúrgico, se preocupó de establecer un servicio de bien regulado de música sagrada. Salomón, por su parte, en la dedicación solemne del Templo de Jerusalén, dispuso que durante el traslado del arca los cánticos y música tuvieran gran resonancia. En los libros de la Sagrada Escritura aparece con frecuencia la invitación a cantar, sobre todo en los salmos esta invitación se hace constante e insistente.

También en el Nuevo Testamento aparece claramente la importancia del canto y la música. Numerosas citas atestiguan la existencia del canto en la liturgia y nos transmiten exhortaciones a la alabanza y preciosos textos de himnos y cantos de la comunidad primitiva que expresan la fe de los tiempos apostólicos. En los evangelios aparecen cantos bellísimos como el Magnificat, el Benedictus y el Nunc dimittis. El nacimiento del Salvador es anunciado a los pastores con una inmensa alegría que desemboca en el canto de los ángeles y allí nace uno de los himnos más antiguos y venerados del cristianismo, el Gloria in excelsis Deo, que una vez formulado y utilizado en la oración matinal en Oriente fue incorporado a la celebración de la Santa Misa en toda la Iglesia.


 Jan de Bray, El Rey David tocando el arpa (1670, colección privada)

Durante su vida oculta, el Niño Jesús, tanto en casa como en la sinagoga de Nazareth, debe haber cantado los salmos que luego aparecen tan citados en su predicación. Subiendo a Jerusalén habrá entonado, en medio del entusiasmo de la peregrinación, los graduales y los cantos de la subida. En su vida predicación varias veces se hace referencia a la música y al canto como cuando toma de un juego infantil aquellas palabras llenas de ironía: “os hemos tocado la flauta y no habéis bailado. Os hemos cantado lamentaciones y no habéis llorado” (Lc. 7, 32). O cuando en la parábola del hijo pródigo alude al gozo de la fiesta mencionando que el hijo mayor, mientras volvía a casa, “oyó la música y los cantos” (Lc. 15, 25).

Ciertamente Cristo y los Apóstoles entonaron los salmos del “Hallel” (cfr. Mt. 26,30) ya que se atuvieron al ritual que prescribe el canto y la recitación. Es verosímil que, según la costumbre, Cristo cantara también la bendición y acción de gracias de la Cena Pascual, en cuyo ambiente instituyó la Eucaristía. Por eso, la Plegaria Eucarística, cumbre de la celebración de la Santa Misa, es normalmente cantada en todas las Liturgias orientales. De este modo queda de manifiesto que, por voluntad expresa de Jesús, el canto está inseparablemente unido a la Liturgia desde sus orígenes, constituyendo un gesto sublime de alabanza y acción de gracias.

Por su parte, San Pablo exhorta a los fieles de Éfeso a que se edifiquen mutuamente con salmos, himnos y cánticos espirituales (Ef. 5, 19). Lo Hechos de los Apóstoles nos narran como Pedro y Silas, presos en Filipos, “hacia la medianoche estaban en oración cantando himnos a Dios, los presos los escuchaban” (Hch. 16, 25). También aparecen nuevas creaciones propiamente cristianas donde abundan los himnos bautismales (1ª Pe. 2, 21-25; 1ª Pe 1, 3-5) y los dirigidos directamente a Cristo (Fil. 2, 2-11; 1ª Tim. 6, 15-16).

Entre todos los escritos del Nuevo Testamento sobresale el Apocalipsis, que nos presenta el canto y la Liturgia del cielo con rasgos descriptivos tomados de las asambleas cristianas. El canto tiene capital importancia en esas visiones litúrgicas centradas en la alabanza. Los himnos y aclamaciones constituyen la esencia misma de ese culto celeste en el que culmina la historia.

La asamblea cristiana cantó desde sus orígenes. Por Clemente Romano, por ejemplo, sabemos que a fines del siglo I ya se canta el Sanctus en la Liturgia. San Ignacio de Antioquía utiliza frecuentemente imágenes musicales para exhortar a sus fieles y hasta Plinio el Joven, en la famosa carta que escribió al emperador Trajano, dice que los cristianos se reunían “ante lucem” para cantar himnos a Cristo, como a su Dios, a coros alternos. Los testimonios de los escritores antiguos son abundantes. Bástenos aquí con agregar el de Eusebio de Cesarea, tan expresivo por sí solo: “A través del orbe del universo, en todas las iglesias de Dios, tanto en medio de las ciudades como en los pueblos en la campiña, los pueblos de Cristo reunidos de todas las gentes, cantan himnos y salmos […] al único Dios anunciado por los profetas, a alta voz, de tal forma que el sonido del canto puede ser escuchado hasta por aquellos que están fuera del templo” (Commentarium in Ps. 65, 7-9).

La práctica del canto en la liturgia cristiana es una gozosa realidad constante, obvia y natural a la que el pueblo fiel siempre se ha entregado con fervor y agrado. Por eso, cuando en los siglos IV y V se manifestó en algunos lugares, sobre todo entre los monjes orientales, una corriente repulsiva contra el canto en las celebraciones litúrgicas, porque, según ellos, no armonizaba bien con la austeridad de la vida cristiana y por creer que halagaba a los sentidos y que la oración no había de tener esas manifestaciones, sino que debía ser realizada en lo más profundo del corazón, inmediatamente se levantaron  los pastores de la Iglesia defendiendo contra esos extremismos la opinión de que el canto no era un elemento profano, sino un gran factor de la gloria de Dios y de la edificación de los fieles. Así lo hicieron San Basilio, San Ambrosio y San Juan Crisóstomo, entre otros, San Atanasio, por ejemplo, se expresa así: “Recitar musicalmente los salmos no es cultivar el placer de los sonidos, sino traducir una armonía interior. La recitación rítmico-melódica es la señal de un pensamiento apaciguado, eurítmico y sereno” (Ep. Ad Marcellinum).

Max Scholz, Concierto coral 
(Imagen: Wikimedia Commons)

Un canto objetivo

El canto litúrgico no es otra cosa que la plegaria oficial de la Iglesia hecha melodía. No se trata de cantar en la liturgia, sino de cantar la liturgia. Esta oración es objetiva precisamente por ser la oración oficial de la Iglesia en la que interviene todo el cuerpo místico de Cristo con su divina Cabeza al frente. Es objetiva porque por su propia naturaleza es estimada por Dios como la más excelente, ya que le glorifica de manera perfecta y constituye la expresión más completa de la religión. Pero también decimos que es objetiva porque se encuentra más allá de los estados anímicos de quien la realiza, más allá del sentimiento personal o de las estrechas coordenadas de la pequeña comunidad. Gracias a la oración litúrgica Cristo mismo ora a su Padre y nosotros somos vinculados como miembros de la Iglesia a esa alabanza apoyada en Cristo. Esa es la diferencia fundamental que la distingue de las demás oraciones: es obra de Dios realizada juntamente con Cristo y en su nombre por la Iglesia.

El canto litúrgico, si de veras quiere ser tal y acceder a esta categoría con pleno derecho, debe asumir esta objetividad del culto católico. Su contenido y forma de expresión debe pertenecer a toda la Iglesia y no sólo a un grupo de ella. Este contenido debe responder al misterio de la salvación y no sólo a un aspecto de él. No puede dar cabida a excesos unilaterales o a exageraciones o a devocionalismos. No puede estar al servicio de expresiones personalistas, olvidando las comunitarias.

El canto, para ser litúrgico y superar el rango de oración subjetiva, debe estar conectado íntimamente al lenguaje de la Sagrada Escritura y de la Tradición. Esto no significa que la oración sea mala. Simplemente ella tiene su lugar bien determinado y no debe confundirse con la propiamente objetiva ni suplirla. Ambas formas de plegaria (y de canto) no sólo no son incompatibles entre sí, sino que se complementan y benefician mutuamente. Pero la liturgia y su canto requieren esta fidelidad estricta al contenido objetivo dado por la Revelación y las fuentes litúrgicas tradicionales.

La objetividad del canto litúrgico tampoco quiere decir que este sea frío, distante o incapaz de expresar al creyente concreto, ya que cualquier persona puede encontrar en él lo suficiente de sí mismo, de su propio estado anímico, de su propia situación personal y de sus propios gustos. Gracias al canto auténticamente litúrgico todos pueden, mientras beben de las fuentes de la salvación y acogen la inigualable gracia santificadora del culto oficial, encontrarse a sí mismos en Dios y darle gloria con las mismas palabras que Él inspira a su Iglesia.

 Representación de un coro en la Legenda Aurea


Un canto litúrgico [2]

La música sacra nunca ha sido un “arte por el arte”, es decir, un arte sujeto únicamente a sus propias leyes inmanentes. La música sacra es un arte en servicio, un arte subordinado al culto a quien ella sirve; pero, por ello, la música sagrada no ha sido nunca ni es menos arte.

Es un arte noble y como tal debe acomodarse absolutamente en todo a las exigencias estéticas y técnicas que debe cumplir todo arte digno de tal nombre. Debe tender, en cuanto esto es posible a la capacidad humana, a ideales siempre nuevos de perfección estética puesto que, entre los muchos medios de expresión artística, el canto y la música son los más íntimamente vinculados a la naturaleza de la liturgia. Para que esta forma tan noble de arte sea verdaderamente religiosa ha de someterse, sin dejar de ser arte, al fin de la religión de un modo formal. Esto sucede siempre que el placer estético, fin propio del arte, está efectivamente ordenado y subordinado al fin superior de la actitud religiosa.

Pero no todo arte religioso es arte litúrgico. Para acceder a esta categoría, la obra, además de ser bella y capaz de producir un placer estético que disponga a una actitud religiosa en general, es necesario que sea apta para producir precisamente la actitud religiosa exigida por la liturgia. Así, el canto y la música deberán estar en perfecta consonancia con la dinámica de la acción sagrada, con su modo propio de expresarse y comunicarnos los contenidos celebrativos. Dicho de otro modo: el canto y la música, fundidos en consonancia total con el espíritu de la liturgia, se han de ordenar de manera que expresen con mayor claridad las cosas santas significadas en la misma acción sagrada respondiendo así a la naturaleza íntima del culto divino.

En los últimos tiempos, los Romanos Pontífices, empezando por San Pío X, se han esforzado en exponer cada vez con mayor precisión la función ministerial de la música sacra en el servicio divino. El mismo Concilio Vaticano II nada nuevo dice al respecto, sino que reafirma la doctrina y la práctica de la Iglesia. Sin embargo, un principio fundamental de la reforma litúrgica arroja importantes luces sobre la naturaleza del canto sagrado.

Uno de los principios directivos de la Constitución Sacrosanctum Concilium es el de revisar los ritos buscando que los signos litúrgicos contengan la mayor expresividad posible. El pan y el vino, el agua y el aceite, y también el incienso, las cenizas, el fuego y las flores han de ser signos verdaderamente significativos por sí mismos. Deben ser veraces y manifestar con noble sencillez su propio valor y significado. Pues bien, si esto se pide a todos los signos litúrgicos, incluso a los extrínsecos, con cuanta mayor razón se ha de pedir al canto, signo intrínseco tan estrechamente vinculado a la Sagrada Liturgia.

Si hoy, conforme a esta mentalidad, juzgamos inconvenientes y antilitúrgicos unos signos contradictorios o artificiales, debemos consecuentemente aplicar la misma lógica y los mismos criterios para con la función del canto y la música en la liturgia. ¿Cómo es que admitimos en ella cantos absolutamente desvinculados del contenido cultural, o melodías inapropiadas para el momento celebrativo o textos carentes de nobleza y significación? ¿No estaremos haciendo todavía, transcurridos cuarenta años, una aplicación demasiado superficial o improvisada de la reforma conciliar? ¿Tal vez con un modo demasiado conformista y minimista, complacido con simples cambios exteriores pero ignorante de sus alcances y significaciones más profundas?

Si la Sagrada Liturgia está impregnada de palabra y canto, no es exagerado afirmar que cuando estos signos constitutivos se corrompen o emancipan se oscurece gravemente la naturaleza del culto cristiano y se ponen en serio riesgo su validez y virtualidad santificadora.

Es por esto que el Concilio Vaticano II, deseando fomentar el canto sagrado y la activa participación de los fieles en las acciones sagradas celebradas con canto, determinó en la Constitución sobre la Sagrada Liturgia que, además de que se completase la edición típica de las melodías gregorianas, se estimulase la creación de coros –aun en las iglesias más modestas– y se diese una genuina y esmerada formación musical a los fieles. Esta formación se ha de impartir de una manera particular, a los ministros encargados de la música sagrada, para que ejerzan su oficio penetrados íntimamente del espíritu de la liturgia y así puedan enriquecer la celebración según la verdadera naturaleza de cada de sus elementos.



[1] La música debe servir a la Misa y no la Misa a la música.

[2] Cfr. Dom Manuel Garrido, Comentarios a la Constitución sobre la Sagrada Liturgia (Madrid, BAC, 2a ed., 1965), cuyas principales ideas, recogemos aquí casi textualmente.